Al rincón de pensar



John Calipari, University of Kentucky basketball headcoach
El tipo se llama John Calipari y ayer le han puesto de rodillas y de cara a la pared. Para abundar en el escarnio, la canallesca le ha ataviado con las pertinentes orejotas de burro. Toda una lección, a mi entender bastante merecida. Lo cierto es que este infausto destino llevaba semanas cocinándose en los fogones de los expertos y de alguna manera no ha pillado desprevenido ni siquiera al interesado. Aunque lo viniera venir, el castigo habrá dolido una barbaridad.

Calipari es un individuo que se maneja en el mundo de las élites deportivas, con un despacho enorme, un equipo de trabajo superprofesionalizado y a su servicio y capricho, comodidades dignas de jefe de estado y una cuenta bancaria en la que regularmente entran toneladas de dólares (5,2 millones por año). Y los yanquis, habiendo pasta de por medio, ya sabemos cómo se las gastan: bromas, las justas. No bullshit. Así que lo están atizando de lo lindo ahora que se ha caído con todo el equipo.

Los penosos resultados del conjunto de la universidad de Kentucky, una suerte de Real Madrid en el baloncesto universitario americano, han dejado en evidencia el penoso trabajo llevado a cabo por este individuo que ha fallado a la media América, tal es el tirón deportivo de esta prestigiosa universidad, que venera a los Wildcats, sobrenombre de los deportistas que defienden su pabellón.

Ayer fue, además de San Patricio, patrón de Irlanda y, si me apuran, de medio planeta (¡cuán verde y hermosa habrá lucido mi amada Baile Átha Cliath!), un día muy, pero que muy especial en el mundo del deporte de la canasta: Selection Sunday. El día en el que se reúne el comité de expertos que deciden la disposición final de los 66 equipos que lucharán por obtener el triunfo en la competición por equipos más exigente y despiadada del universo: el título nacional de la NCAA. Baloncesto puro y duro, en estado primigenio, lucha a muerte sin tregua ni clemencia -si ganas el partido sigues, si pierdes, a casa-, en pos de una serie de 6 victorias consecutivas que garanticen una gloria desmesurada. Y en el torneo de este año no estarán los actuales campeones: la UK de Calipari. El calificativo más suave que, para describir semejante fiasco, se ha visto estos días en la prensa ha sido “ignominioso”. Hagan el favor de imaginar la magnitud del asunto.

Resulta que, echando mano de la fiebre estadística que se gastan allende el océano para esto del deporte, desde que se implantó el sistema de 64 equipos para decidir el título allá por 1985, encontramos que hasta ayer sólo cuatro campeones habían sido excluidos del baile al año siguiente de obtener su título. El primero de ellos, para regocijo de la ingente afición de Kentucky, fue en 1986 su archirrival y vecino estatal Louisville (ya saben, la ciudad que vio nacer a Cassius Clay) y el último, el año pasado, la prestigiosa North Carolina, cuyo técnico, el caduco Roy Williams, hizo el ridículo más espantoso avergonzando, de paso, la memoria del mítico Dean Smith (a quien muchos recordarán todavía de sus asiduas presencias en el desparecido torneo de navidad madrileño). Este cuadro de horror de los peores entre los perdedores lo completan otros dos ilustres como Kansas y Florida.

Pues bien, el inefable Calipari se ha apresurado a devolver no ya la risa sino la carcajada a los seguidores de Louisville y a mancillar el honor de uno de los banquillos más respetados del deporte americano, no en vano en él se sentó nada menos que el gran Adolph Rupp. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de quien estamos hablando, ahí van unos pocos datos: Rupp jugó 4 temporadas en la UK, a la que dirigió posteriormente durante ¡42 años! Estableciendo el actual record de victorias en porcentaje (82,2% de partidos ganados), hizo que bajo su dirección el equipo llegara a 6 final-four y que consiguiera 4 títulos. Su fama fue tal que actualmente dos de los más prestigiosos premios que se conceden en el baloncesto universitario llevan su nombre: el trofeo Rupp premia al mejor jugador de la competición y en la lista de ganadores figuran nombres tan conocidos como Bill Walton, Michael Jordan, Tim Duncan o Kevin Durant, sólo por citar a los más importantes; la copa Rupp premia al mejor entrenador del año. Toda esa carga de apabullante y legendaria gloria se le ha venido encima al ínclito John Calipari (quien, como si de una burla del destino se tratara, fue galardonado con la Copa Rupp en 2010) ayer a estas horas, cuando el comité de selección le propinó una sonora colleja educativa, dejó a su equipo fuera de la competición y le envió alto y claro el mensaje de su estrepitoso fracaso. Tanto dinero en las alforjas para ni siquiera empezar el viaje.

Calipari recaló en Kentucky allá por 2009, después de haber entrenado 8 temporadas a la Universidad de Massachusetts, 3 años a los New Jersey Nets y 9 años a la Universidad de Memphis, al frente de la cual alcanzó el poco decoroso mérito de haber perdido una final que ganaba por nueve puntos a falta de dos minutos, un ejercicio de torpeza sin precedentes en la historia de la NCAA. Mientras medio mundo sigue preguntándose aún cómo semejante hazaña pudo catapultarle hasta el banquillo de Kentucky, lo cierto es que sus cuatro temporadas al frente de los Wildcats dan para una enciclopedia: nada más llegar, y con un equipazo en el que destacaba un primera ronda del draft NBA llamado John Wall, se vio apeado a mitad de camino por un equipillo de segunda fila (West Virginia); en la temporada siguiente, con una banda de jovenzuelos inexpertos liderados por Brandon Knight (el rival de nuestro Jose Calderón en los Detroit Pistons), perdió, en un lance de novatos, la semifinal por un único punto; y ya en 2012 consiguió, de la mano de Anthony Davis, y con un elenco de jugadorazos que ahora hace las delicias de la NBA, el título nacional en un paseo militar a lo largo de todo el torneo, demostrando una superioridad insultante sobre todos los rivales a los que tuvo que enfrentarse.


Dicen que días de mucho, vísperas de nada. Parece no sólo que la subida de sueldo que recibió Calipari tras su título del año pasado se le ha atragantado, sino que además la gestión de un equipo sin figuras, pero con bastantes veteranos del curso pasado, le ha venido excesivamente grande y ha terminado por convertirse en un reto inalcanzable. Ha cosechado un lamentable récord de 21 victorias y 11 derrotas, con un penoso bagaje a domicilio (algo que penaliza sobremanera a la hora de ser elegido para el baile de fin de curso), y se ha quedado cuarto en su liga y derrotado en su primera intervención por la poderosa universidad de Vanderbilt (que dejó a los Wildcats en unos vergonzosos 48 puntos) en el torneo del KO de la liga Southwestern. Ni cohetes ni champán, sino sonrojo en abundancia.

Efectivamente, a la vista de estas credenciales el calificativo ignominioso parece casi un piropo y cabe preguntarse si otros adjetivos como ridículo, penoso o lamentable no resumen mejor el enorme borrón que Calipari ha dejado en el cirrículum de la UK. Desde luego, para los seguidores de esta universidad, la crueldad de la situación va a ser humillante, pues los próximos días 21 y 23 su enorme pabellón, el Rupp Arena (23.000 espectadores), se llenará de seguidores de la rival Lousiville que, a buen seguro, disfrutarán de lo lindo viendo triunfar a su equipo en casa del enemigo mientras éste se come hasta los muñones pensando en la ocasión perdida.

Ya en su día cuestioné, en este mismo blog, si a este entrenador no le pasaría lo mismo que a Roy Williams (North Carlina), otro membrillo con aspecto de intentar entender cómo se juega a esto; es decir, que son de los que necesitan tener en su equipo a cinco All-American (los mejores jugadores de cada año) para tener posibilidades de acercarse a la victoria. Con muchos menos mimbres y diez veces menos sueldo algunos otros están haciendo virguerías: Self (Kansas), Pitino (Lousiville) o Stevens (Butler), por poner algunos ejemplos. Lo peor del caso es que, en lo que respecta a mi corazoncito baloncestístico, son precisamente Kentucky y North Carolina los equipos con los que más simpatizo. Y resulta que están en poder de unos manazas portentosos, que, entre otras cosas, están poniéndole en bandeja al antipático coach K (el que nos birló de aquella manera dos juegos olímpicos) una fama que no sé si merece.

Por cierto, puestos a merecer, Calipari ya está teniendo lo suyo por ahora. Le esperan unos cuantos meses en el rincón de pensar. Esperemos que sepa aprovecharlos.

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