GRAZIE TANTE, PIETRO



Recuerdo que, siendo niño, uno de mis programas televisivos favoritos era Los Teleñecos. Y dentro de aquel elenco de simpáticos muñecos, sentía verdadera pasión y mucho afecto por la entrañable pareja de ancianos que, desde la comodidad de un palco, no cejaban en el empeño de criticar todo cuanto sucedía. Bien es cierto que aquellos dos cascarrabias utilizaban técnicas depuradas en sus ácidos comentarios, tales como la sorna o la ironía, y sus apariciones resultaban sumamente divertidas.



Inconscientemente no he parado de imitarles en el sentido de que siempre me ha gustado, en cuestión de opiniones, transitar por caminos solitarios y, preferentemente, a contracorriente. Y en esas estoy ahora mismo, recordando, mitad indignado, mitad sorprendido, cómo la gente se ha entregado a la imagen del archiconocido Usain Bolt con una devoción inusitada después de sus recientes apariciones olímpicas. La voracidad comunicativa de los medios, y la desquiciada necesidad que muchos parecen tener a la hora de abastecerse de ídolos, sea cual fuere la naturaleza de éstos, han hecho agotar los adjetivos en materia de hazañas atléticas. Sin embargo, y manteniéndome fiel a mis dos viejecitos teleñecos, he desdeñado sistemáticamente todas esas muestras de fervor (experto o inexperto, eso es lo de menos) porque, por fortuna, he tenido ocasión de contemplar hazañas atléticas tan buenas o mejores que las del jamaicano.



Una de ellas, imborrable, adherida indeleblemente a mi memoria, inigualable en el Olimpo de mi catálogo deportivo, tuvo lugar el 28 de julio de 1980, en el estadio Olímpico de Moscú, en la final de los 200 metros lisos, la prueba que ahora domina Bolt. En aquella carrera corrían el flamante campeón olímpico de los 100 metros, el británico Alan Wells, y el todavía campeón olímpico de la especialidad, el jamaicano, qué casualidad, Don Quarrie. Andaban ambos sumidos en la gresca por el oro, pasada ya la mitad de la prueba, cuando, apareciendo de la nada por la invisible calle 8 (calle maldita en esta prueba porque por motivo de la compensación en la curva de llegada uno no ve a qué distancia le persiguen los rivales), y después de alcanzar la recta final en sexta posición, surgió un pequeño atleta italiano que, en uno de los mejores finales de la historia del olimpismo, se apropió de una victoria sumamente trabajada y merecida.




Hoy traigo aquí este pequeño homenaje a uno de esos ídolos de juventud, uno de esos impagables héroes que nos hicieron soñar y recordar, las dos acciones más humanas que tenemos a nuestro alcance. Su nombre es, bueno hasta hace unas horas era, Pietro Mennea. Era originario de la Italia profunda, de un lugar del sur llamado Barletta y sus condiciones físicas le obligaron a trabajar muy duramente para conseguir sus objetivos, ya que, a diferencia de Bolt, Mennea no nació con un cuerpo preparado específicamente para el atletismo; al contrario, siempre fue un joven flacucho y en absoluto dotado para las exigentes condiciones de una prueba de velocidad. Aún así todo, consiguió ser el primer atleta en bajar de los 20 segundos en una pista a nivel del mar, mérito al que sólo han llegado un par de privilegiados.



La noticia de su muerte me ha dejado particularmente triste, tal era la admiración que sentía hacia él. Permítanme, mis imaginarios lectores, depositar a continuación, como testimonio de mi respeto y pleitesía hacia la figura de Pietro Mennea, las imágenes de su victoria en la final de los 200 metros de los Juegos de Moscú en 1980. Si tienen ustedes 20 segundos de paciencia y se dejan llevar por los últimos compases de dicha carrera, no digo que lleguen a compartir mi devoción por Mennea, pero a buen seguro conseguirán entender el por qué sigo siendo un viejo teleñeco cascarrabias cada vez que oigo a alguien hablar de las hazañas de Usain Bolt.


Grazie tante, Pietro. Ni mil Bolts nos harán olvidarte.

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