LOS INTOCABLES DE RAJOY

     El actual gobierno de este país, con su presidente a la cabeza, ha dado reiteradas muestras de tener muy claras dos cosas: sobre quiénes han de recaer las consecuencias de la tan cacareada crisis y quiénes han de encargarse de reponer, euro a euro, los números rojos del estado. Nadie puede dudar ya que la respuesta a ambas cuestiones es la misma: el ciudadano de a pie pagará la factura íntegra y, si da la casualidad de que ese ciudadano es funcionario, entonces pagará el doble que los demás. La reciente subida del IVA y la apropiación indebida de nuestra paga de Navidad –una tradición tan longeva que hace inadmisible que un gabinete de iluminados tome decisiones arbitrarias sobre ella- suponen, junto con la dura subida del IRPF a las rentas medias y bajas, una declaración de intenciones del gobierno absolutista que sufrimos: intenciones que, al final de todo el proceso, van a servir para establecer, vía decreto-ley, quiénes pueden vivir bien y quiénes no. Como en la Edad Media, las clases privilegiadas y las no privilegiadas, sólo que ahora con una pátina de cada vez más dudosa democracia.      
     Los brutales recortes (ahora ya nadie se cree aquella milonga de los ajustes) y estas medidas de choque, supuestamente exigidas desde la tríada (BCE, FMI y CEE, organizaciones a las que hemos dejado que nos agarren por donde menos nos gusta), no parecen encajar bien con la tarea de hacer frente a la crisis y se antojan más bien una medicina excesivamente agresiva para reactivar nuestra economía. ¿Se puede, acaso, devolver la vida a un moribundo a base de bofetadas? 
     Lo tenía fácil el Sr. Rajoy porque antes de tener que tomar decisiones hubo un par de puntos de inflexión que deberían haberle ayudado: Grecia e Islandia. Mas no debió de andar muy avispado el jefe cuando le tocó decidir (o quizá tuvo demasiadas presiones inconfesables por parte de las verdaderas fuerzas de la nación) porque se decantó por la cobardía de la solución griega –la que castigaba a los ciudadanos económicamente inocentes- desdeñando la ejemplaridad y valentía de la solución islandesa, la misma que puso a cada cual en su sitio. Al Sr. Rajoy ya se le ha visto el plumero y a nadie le cabe la menor duda de que se ha alistado, sin reservas, en el bando de los poderosos. ¿Que hay que ahorrar? Pues claro, eso lo sabemos todos, pero además hay varios, muchos tal vez, millones de ciudadanos que sabemos que los auténticos agujeros negros del gasto ni se han tocado ni se van a tocar, sencillamente porque no les interesa a los protegidos del gobierno, a los intocables de Rajoy. 
     ¿Qué precio o sanción van a pagar las grandes empresas causantes de la crisis, bancos y cajas de ahorro principalmente, cuyas prácticas especuladoras nos están llevando al abismo? Ninguna, antes al contrario, a los ciudadanos de a pie nos toca dar dinero (de nuevo) a los bancos. Lo dicho, como en la Edad Media cuando un rey tenía problemas de solvencia y machacaba a impuestos al pueblo llano. ¿Cómo se ha atacado y perseguido la evasión de capitales y el fraude fiscal? Pues con una ley de amnistía fiscal, recurso original donde los haya, que ha permitido que los que siempre hemos pagado nuestros impuestos continuemos pagándolos y que quienes hasta ahora no los pagaban sean perdonados por ello. Una extraña forma de ver y aplicar la justicia fiscal. ¿Cómo se está intentando reducir el déficit público? Pues enviando al paro a miles de funcionarios interinos, pero manteniendo, en cambio, costosísimas administraciones autonómicas, diputaciones e innumerables ayuntamientos llenos de personal contratado por vía política (o sea, a dedo). ¿Por qué hacer insostenible la vida diaria de muchas familias con subidas masivas de impuestos y el encarecimiento de los productos energéticos y los servicios básicos, pero permitir el mantenimiento de una veintena de canales autonómicos de televisión? Si tuviésemos que decidir entre comer cada día o ver la tele, la elección parece clara. ¿Por qué se amplía la vida laboral del trabajador y se endurecen las condiciones de su jubilación pero se mantienen las pensiones vitalicias de los diputados y los senadores? La respuesta es demasiado obvia. 
      Podríamos extendernos sine die en el listado de ámbitos y sectores en los que meter la tijera para reducir el gasto y no tener así que machacar a los funcionarios. Desgraciadamente, no hay en el actual gobierno voluntad de seguir por este camino ya que el Sr. Rajoy y sus secuaces tienen muy claras, por un lado, sus prioridades y, por otro, el listado de las personas privilegiadas e intocables: banqueros sin escrúpulos, políticos pesebreros y, por supuesto, el ejército de urdangarines que se lo lleva calentito. 
     Viene a la mente el tan cacareado gobernar con responsabilidad que proclamaba el candidato Rajoy: ¿es acaso responsable dividir a la sociedad en función de sus capacidades económicas, o denigrar socialmente a los funcionarios públicos (médicos, jueces, profesores…) haciéndoles pasar por culpables de los desmanes de la enorme tropa de especuladores, corruptos y demás mangantes? Jamás, desde que vivimos en ¿democracia?, ha sido tan grande el abismo que separa las clases privilegiadas del pueblo llano. 
     Jamás hasta ahora había habido una lista tan prolija de protegidos por el poder, por muy costosa que esa protección resulte. Como jamás sospecharon millones de ingenuos votantes el pasado 20-N que finalmente se quedarían fuera del grupo de los elegidos, de los intocables de Rajoy.

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