UN AÑO DESPUÉS LA DEPRESIÓN PERSISTE

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (A. Monterroso) 

     (Este es un escrito sombrío como una larga noche de invierno. Que nadie espere, por favor, el más mínimo destello de optimismo porque los tiempos no invitan a ello. Como es lógico, la asistencia a la actividad lectora no es obligatoria ni obligada y quien lo desee puede apearse en marcha). 
     Lleva tiempo nuestro pequeño mito robinhoodiano desaparecido, nuestra esperanza eliminada, diríase aniquilada, en todo caso devorada por los pícaros más pícaros que han conocido los siglos venideros, por las sucesivas traiciones de gobernantes incapaces o déspotas, que no acierta uno a dilucidar cuál de las dos poses es más canalla y nociva. Qué desengaño por parte de quienes en su día ascendieron a lo más alto de nuestra política enarbolando el estandarte de la responsabilidad y la sensatez, que finalmente han resultado ser falsos. Cómo se han mofado de la plebe, engatusado al personal, fingido. No han tenido reparo alguno en someternos a la ignominia de tener que presenciar un espectáculo dantesco en sesión continua: como si de una pesadilla se tratara -como un grotesco retorno al infierno medieval- estos presuntos demócratas, disfrazados de políticos con el título de gobernantes, se han pasado un año entregados a la apropiación indebida del estado del bienestar que nos había costado muchos, demasiados, años obtener y disfrutar. Todo ha sido y es un quitar a los pobres para dar a los ricos y a los poderosos, y no ya sólo en lo económico, sino también en lo social. Los ricos robando a los pobres, ¡qué espectáculo tan poco edificante! ¿Dónde lo habremos visto antes? 
     Llegaron hace un año ya, autoproclamándose responsables, salvapatrias, envueltos en la aureola de rescatadores de las causas mancilladas y de las honras ajadas, pero resultaron ser los de siempre, aquellos que llevan toda la vida rindiendo culto y pleitesía a la biblia y al dinero a partes iguales, los mismos que tras abducir a la ciudadanía y conducirla por entre las barricadas del miedo, bajo el ideal de desalojar la Moncloa a toda costa y a cualquier precio, llevan ya un año dedicados a la horrible tarea de someternos y a hacernos pagar, euro a euro, ese “a cualquier precio”. 
     ¿Apreciaciones desmesuradas? Nos basta con contemplar, atónitos y escandalizados espero, la obscena entrega de miles de millones de caudales públicos a banqueros multimillonarios, o a empresas semiprivadas que no eran capaces de obtener beneficios de más de ocho cifras; por no hablar del saqueo desvergonzado de las arcas públicas a manos (llenas) de rufianes sin escrúpulo alguno. No, no cabe admitir que estemos argumentando exageración. 
     La sensación más cruda y desnuda que nos asalta tras un año infausto desde que se produjo el desembarco del mayor grupo de reaccionarios que ha conocido la democracia no es otra que la involución, la vuelta al estado feudal, en la que el señor era el dueño de todas las cosas y el siervo vivía para trabajar y pagar impuestos. A buen seguro que los dirigentes podrán pretender disfrazar la realidad con términos políticamente correctos (son maestros en el arte del birlibirloque ideológico y sus manifestaciones expresivas) pero ello no servirá para ocultar el verdadero rostro de este abyecto atropello que continúa día tras día: aquellos que disfrutan de privilegios inimaginables para la inmensa mayoría de los ciudadanos de a pie, esos que han convertido el erario público en un páramo yermo, insatisfechos e insaciables en su codiciosa ebriedad de pasta gansa, han decidido, instigados y aplaudidos por orondos banqueros, nacionales e internacionales (supuestos centinelas de la economía mundial y, por lo general, gente rica también) y por organizaciones extranjeras supranacionales (que, al parecer, temen que nuestra ruina resulte infecciosa cual peste negra), que van a seguir demandando más de nosotros, que nos van a seguir exprimiendo. ¡Más aún! Parece ser que en nuestra cultura están muy de moda últimamente las historias de vampirismo y que la tendencia es altamente sensible al contagio. 
     El panorama resulta desolador. Y será todavía peor, ¡ay!, si agachamos la cerviz y nos dejamos uncir por estos perversos y talibanizados zombis y su pérfida estrategia mercantilista. Si persistimos en la indiferencia les estaremos lanzando el peor de los mensajes: que somos capaces de tragar con todo. Si permanecemos omisos les haremos saber que aprobamos su estatus de seres privilegiados, que toleramos su derecho a la pernada salarial, que aceptamos sus extorsiones pomposamente llamadas impuestos, que sancionamos su hollywoodiense ritmo de vida, que consentimos su desprecio hacia nuestros desempleados, hacia nuestras viudas y hacia nuestros jubilados. Y entonces, con sus ojos inyectados en sangre, su siguiente andanada será mucho más cruel. 
     El pensamiento productivista, no sólo nos ha metido de lleno en una crisis profunda, sino que no ha cesado de ahondar en la ruptura de la cohesión social, separándonos en ricos y pobres sin más y alejándonos respectivamente de manera irrevocable, empujando a la convivencia pacífica hacia la frontera de lo tolerable, hasta el borde mismo de una sima sin fondo. Ya es hora de que la preocupación por la ética, la justicia y la estabilidad duradera sean lo que prevalezca y no la insensata aspiración de la avariciosa acumulación de riquezas.
    Del genial Thomas Pynchon humildemente tomamos prestada nuestra última imagen. Duele decirlo, pero una vez alcanzado el averno, hundidos en el abismo, no nos queda otra que reconocer que, a estas alturas, un año después, si Europa fuera un cuerpo y acertara a sentarse, España quedaría sumida en la más profunda oscuridad. En eso nos han convertido estos vampiros. 
     No podemos dormirnos o corremos el riesgo de despertar y que el dinosaurio continúe ahí, frente a nosotros. Ya es hora de plantarles cara.

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