NUESTRO REFLEJO EDUCATIVO EN EL ESPEJO FINLANDÉS: ESTO SÍ QUE ES PARA ECHARSE A LLORAR




Un extenso y concienzudo artículo recién publicado por un medio especializado en educación (Magisterio, 24 octubre 2012) acaba de destapar cuáles son las claves para el éxito del sistema educativo en Finlandia, uno de tantos paraísos sociales y económicos europeos que cada día nos quedan más a desmano. Y, oh, sorpresa, dichas claves tienen que ver con el carácter sagrado de la educación y con el profesorado, más concretamente, con la capacidad y el reconocimiento social que tiene el conjunto de los profesores finlandeses. En las líneas del artículo encontramos manifestaciones tan elocuentes como que en aquel país “no existe otro tipo de escuela más que la pública” (la privada apenas escolariza al 4% del alumnado) o que el estado proporciona a todos los alumnos material escolar, comedor y transporte gratis desde Infantil hasta la Enseñanza Superior. Por eso hemos dicho antes que allí la educación es sagrada: porque invierten el 6,2% del PIB en formar ciudadanos de calidad, mientras que aquí apenas llegamos al 4,7% (suponemos que la diferencia la empleamos en televisiones autonómicas que casi nadie ve, en faraónicas aventuras de aeropuertos que casi nadie usa, en megaestaciones de AVE que pillan demasiado lejos, en ayudas a blanqueadores de dinero amarillo, y en subvenciones a equipos deportivos profesionales o a confesiones religiosas cuyo mantenimiento chirría en un estado aconfesional sumido en crisis económica).
En ese mismo artículo hay varios pasajes que merecen una lectura detallada y reflexiva y que nos proporcionan una buena guía para entender la profundidad del abismo que nos separa. En primer lugar, cualquier gobierno finlandés, sea del signo que sea, considera la Educación como “la clave para una economía sostenible en el tiempo”, de ahí que la base que la sustenta se mantenga inalterable en el tiempo. En nuestro país la Educación es, para los diferentes gobiernos, una mera arma arrojadiza con la que vengarse de los predecesores en el cargo, lo que se ha traducido en el establecimiento de varias plusmarcas en el Libro Guinness de los récords: 5 leyes educativas en 22 años, todas fundamentadas en el fracasado modelo logsiano y cada una de ellas peor que la anterior, porque se basaban simplemente en meros borrones sobre la norma previa. Insuperable.
Sin embargo, donde más marcadamente apreciamos las diferencias entre uno y otro sistema es en el apartado del profesorado y los tres pilares en los que debe consolidarse su figura: selección, praxis y consideración. Veamos cuán lejanos estamos unos de otros.
La selección del profesorado finlandés se lleva a cabo por el propio estado y supone que para acceder a los estudios universitarios de Magisterio los aspirantes, con las mejores notas después del Bachillerato, además de un examen propio de la facultad correspondiente, son sometidos a una muy exigente entrevista para evaluar sus perspectivas profesionales. El resultado de este proceso conduce a que de los 3000 aspirantes anuales a cursar la carrera docente, sólo 120 consigan el acceso. Por desgracia para nosotros, todos sabemos bien que en España los alumnos con las mejores notas en el Bachillerato se encaminan hacia otro tipo de estudios con mejores expectativas profesionales y retributivas, y que apenas un porcentaje minúsculo de estos buenos estudiantes se decanta por la carrera de profesor, a la que se puede acceder sin restricciones y en la que, en muchos casos, terminan alumnos que no han conseguido entrar en las facultades deseadas. Además, reza la noticia, “la formación del profesorado finlandés se compone de cinco cursos, con los dos últimos en modalidad máster, lo que fortalece la imagen social del docente como un profesional altamente cualificado, igual que un médico”. Sobran comentarios y comparaciones, por odiosas y evidentes, y no ahondaremos más en ellas.
Con respecto al ejercicio profesional, el profesorado finlandés participa directamente en la elaboración de los programas educativos de cada escuela y tiene una independencia que para un docente español debe resultar, cuando menos, envidiable. No existe la figura de la inspección educativa y, de hecho, la administración de la educación se basa en la confianza que el gobierno muestra hacia sus profesores. Más aún, reza la noticia que “ante la adversidad, el apoyo profesional al docente es pleno. Éste siempre se siente respaldado.” Aquí sí que convendría detenerse a reflexionar sobre el grado y el tipo de confianza que los gobernantes españoles tienen y manifiestan hacia el profesorado. Para empezar, ninguno de los diseños de nuevas leyes educativas aparecidos recientemente ha sido elaborado directamente por profesores en activo, de los que entran cada día en el aula, vaya. Antes al contrario, todos los gobiernos se han asegurado de que esa tarea la llevaran a cabo, desde sus despachos, los pedagogos afines a su cuerda, ya saben, para tener atado y bien atado el sombreado político, ético y religioso que se esconde detrás de cada ley. Más aún, en el total de las cinco últimas leyes educativas españolas un manco podría contar con los dedos de su mano las medidas previstas para la mejora de las condiciones laborales y el reconocimiento social del profesorado. Además, los docentes españoles conocen muy bien el papel -quasi comisarios políticos- que los servicios de inspección educativa desempeñan actualmente y su férreo control e influencia en el ejercicio profesional de cada profesor.
Pero si nos adentramos en el capítulo de la muestras de confianza hacia el profesorado, hay que referirse obligatoriamente a tres de los ministros de educación que hemos tenido la desgracia de padecer a lo largo de estos últimos años, a los cuales no les han dolido prendas a la hora de calumniar públicamente al docente mediante expresiones que deberían haberles producido, amén del sonrojo, un impulso imparable por abandonar sus puestos: a) los profesores son unos vagos (E. Aguirre -antaño dirigente político, ahora, qué casualidad, funcionaria- “ah, no, perdonen, que me equivoqué, que es verdad, que trabajan 35 horas semanales”); b) los profesores tienen que ganarse el respeto de sus alumnos (Á. Gabilondo -como decía el chiste popular, el listo no, el ministro-, olvidando, ¿olvidando?, que el respeto, como dicen la Declaración Universal de los Derechos Humanos o la propia Constitución Española, se tiene por derecho); y c) que los profesores solo trabajan 18 horas semanales (J. I. Wert, a sabiendas de que eso es falso y cocinando un caldo de cultivo propicio en el que justificar un ERE masivo). Si traemos a la mente el refranero popular, podríamos concluir que para esto exactamente se inventó la expresión “echar a los pies de los caballos”.
Las diferencias siguen creciendo y son cada vez más obvias: mientras en Finlandia logran que todo el mundo respete al profesor por lo que su profesión implica y conlleva (cultura, experiencia, creatividad, independencia, ejemplaridad), en España, en cambio, se ha buscado y conseguido justamente lo contrario, es decir, cultivar oficialmente la falaz y difamatoria imagen de un funcionario perezoso e indolente, agarrado en la memoria del ciudadano menos culto –estereotipo éste cada vez más abundante gracias a los somníferos televisivos y los alienantes gadgets que gestionan nuestro ocio moderno- como alguien gris de aspecto, pero vividor en esencia, protagonista de la insidiosa leyenda urbana de las vacaciones permanentes. Esto es así quizá porque al gobernante le resulta sumamente conveniente tener siempre a mano un grupo, bien nutrido, de chivos expiatorios sobre los que descargar responsabilidades que, de otra manera, les cupiera asumir a ellos.
Volviendo al espejo finés y el reflejo español, cabe resumir que de los polvos de cada uno de los respectivos modelos vienen los lodos del éxito educativo de unos y el fracaso de otros, traducidos, una vez consolidado su poso en la gran masa social, en sociedades de muy distinta calidad, cada una de ellas regida por gobernantes de muy diferente ralea y cimentada sobre ciudadanos cuyo grado de formación social, cultural y personal es diametralmente opuesto.
Permítaseme terminar haciendo alusión a una anécdota real, que ilustrará perfectamente la situación actual de los docentes españoles. Hace unos pocos años, quien ahora les habla tuvo el infortunio de presenciar uno de los más despiadados ataques hacia un profesor que la memoria alcanza a recordar. La tutora y una profesora del grupo de 2º de Bachillerato de cierto Instituto de una zona rural recibían a la madre de una alumna de 20 años de edad y se aprestaban a desengañarla acerca de las verdaderas posibilidades académicas de su hija, a la vista de la catastrófica cosecha de suspensos que la alumna había obtenido en la primera evaluación del curso, suspensos que se unían a las materias pendientes del curso anterior y se antojaban una barrera infranqueable para las escasas posibilidades de una estudiante que sólo había conseguido superar la etapa obligatoria por el atajo de la diversificación curricular. Hecha por parte de la tutora la oportuna recomendación de que la niña olvidara el difícil camino hasta los umbrales de la universidad, la madre, aunque visiblemente aplastada por la contundencia de los hechos, rechazó el consejo y confesó, en absoluto ruborizada, que en su fuero interno todavía albergaba la esperanza de que su niña pudiese llegar a la universidad y cursar con éxito una carrera. “Mi hija quizá no valga para ingeniera o arquitecta”, aseveró valiente y gallarda aquella señora, “pero seguro que puede llegar a algo elemental y sencillito, algo así como vosotras”, en alusión a las profesoras que tenía delante. Secretamente todos sollozamos aquel día.
Es triste (y vergonzante) reconocerlo, pero en materia educativa, y eso incluye el reconocimiento social -o la falta del mismo, según cada caso- hacia quienes cada día entran en la jungla de las aulas y con homeopática precisión nos curan la peor de las enfermedades humanas, (la ignorancia, ese mal que causa más muertes que el cáncer), Finlandia nos da mil vueltas; aunque posiblemente eso nos importe muy poco a los moradores de la piel de toro a estas alturas de la historia. De hecho, tengo la sensación de que estamos pero que muy tranquilos al respecto, porque si hay algo que hemos aprendido todos los españoles al unísono es que el día que les pillemos en el campo de fútbol se van a enterar.

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