EL NUEVO ANTEPROYECTO DE LEY EDUCATIVA (I): LAS PROMESAS INCUMPLIDAS Y LA LEY DE HUBBLE



Como seguramente ya sabrá todo el mundo, acaba de ser presentado en sociedad el anteproyecto de la cuarta ley educativa española en los últimos veintidós años, lo que supone, además de un enorme reto para los responsables del Libro Guinness de los Récords, una declaración de intenciones por parte de un gobierno que, en materia de educación, continúa empeñado en dar más importancia a lo económico que a lo formativo: gastar menos, reducir profesorado, apelotonar alumnos en las aulas, y mejorar los resultados. En otras palabras, la quimérica cuadratura del círculo.
A caballo entre el escepticismo que provoca el tradicional estigma de que la última ley ha resultado ser siempre peor que la anterior y la decepción de gran parte de los entendidos por la ocasión, otra más, perdida, la sensación final es la de una operación de maquillaje (ni siquiera cirugía estética) del corpus normativo plasmado en la actual LOE. A lo que parece, más ruido que nueces y demasiada alforja para tan poco viaje.
 Ya en el mismo preámbulo del anteproyecto nos encontramos una pincelada ideológica sumamente inquietante, con sucesivas -y nada tibias- alusiones a la subordinación de la educación al devenir económico del estado y una cita textual que no deja lugar a dudas acerca de que el dinero, el vil metal, puede acabar por cegar y desnortar a nuestros gobernantes: “La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro (…) lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.” En definitiva, el aprendizaje pasa a ser subsidiario de la rentabilidad económica. Mal, muy mal vamos por ese camino y con estas intenciones. Además de este enfoque meramente pecuniario, en el que más que la formación de personas preparadas y juiciosas parece que se persigue el fomento, con todos los respetos, de muchos tenderos y negociantes -la denominación políticamente correcta es emprendedores-, en el documento encontramos una cierta obsesión por cumplir a toda costa con los objetivos marcados por la Unión Europea para 2020: reducción del abandono escolar hasta el 10% (¿cómo retener a quien no quiere quedarse?) y obtención del 40% de población con estudios de formación superior o equivalente. Ni que decir tiene que el objetivo fundamental de cualquier reforma educativa debe ser la mejora de la formación académica del alumnado por encima de cualquier cosa, y no la simple reducción del porcentaje de abandono escolar, entendido como mero dato estadístico.
En cuanto al fondo, hay varias cuestiones que llaman poderosamente la atención. Unas tienen que ver con lo que se dice en el documento y otras, muchas, por desgracia, con lo que se echa de menos porque se ha quedado en el tintero. Por ejemplo, ¿dónde está la reforma, hacia un mayor grado de exigencia, de las etapas de Primaria y Secundaria? ¿Qué se hizo de la tan cacareada e incumplida promesa electoral -y parte importante del discurso de investidura del Sr. Presidente del Gobierno- de un bachillerato de tres años, como medida ineludible para la óptima formación de nuestros estudiantes preuniversitarios? ¿Por qué se persevera en el mantenimiento de la infracualificación académica, una de las características más negativamente sobresalientes de nuestro sistema educativo actual? ¿Por qué se insiste con la promoción automática? ¿Por qué no se imita a los países europeos punteros en resultados y se reduce drásticamente el número de alumnos por aula? ¿Qué se va a hacer, en definitiva, con los aspectos académicos –apuesta por el esfuerzo personal, especialización científica, etc- cuya ausencia constituye la parte verdaderamente sustancial del repetido fracaso de nuestro sistema educativo? Son demasiados interrogantes cuya respuesta no parece suscitar suficiente interés entre quienes tienen la obligación moral de arreglar el desaguisado actual.
En cuanto a las formas, se hace preciso enmendarle la plana al futuro firmante de la ley, el Sr. Wert, ya que su documento expresa (bien podía habérselo ahorrado) que “esta ley orgánica es el resultado de un diálogo abierto y sincero con toda la comunidad educativa”. ¿Abierto y sincero? Falso por imposible, ya que la tremenda penalización que va a sufrir el colectivo docente en el desempeño de sus funciones hace inverosímil la teoría de que los profesores hayan podido ser partícipes de una norma tan lesiva hacia su profesión. Si la paciencia de nuestros lectores lo permite, en próximas entregas detallaremos hasta qué punto van a empeorar las condiciones de trabajo del profesorado y el modo en que esta futura ley provocará su desnaturalización profesional. Nada que ver, pues, con la consideración social y profesional que el profesor tiene desde el punto de vista normativo, como debe ser, en los países en los que los resultados académicos son mejores. Y aquí llegamos a donde más nos duele.
A la vista y lectura de este anteproyecto light, no hay motivos para pensar que el sistema educativo español vaya a regatear, tampoco por esta vez, los presupuestos establecidos en la ley de Hubble. En 1929 este astrónomo norteamericano postuló una ley, que lleva su nombre, que venía a confirmar la expansión de nuestro universo. Su teoría quedó plasmada en la ya famosa constante de Hubble, que estipula que todas las galaxias se alejan unas de otras y que la velocidad de su alejamiento es mayor cuanto mayor es la distancia que las separa. Pues bien, según los indicadores más precisos y las pruebas de evaluación externa más exigentes, la eficacia y los resultados del sistema educativo español -profusamente parcheado por leyes educativas de muy breve duración- llevan ya bastantes años alejándose cada vez más de aquellos que son propios de los países punteros en materia educativa (recordemos que Finlandia sigue siendo el paraíso académico). Y ha quedado claro que, a semejanza del movimiento de las galaxias, cuanto mayor es la distancia que nos separa de los resultados de esos países, más rápidamente nos alejamos de ellos. ¿Será, quizá, porque ellos se toman la educación como una cuestión de estado y, además, no le regatean medios humanos y económicos?

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