LA ISLA (II): Afterword



    Desde niño había el lector caminado aquella larga extensión de arena, arriba y abajo, kilómetros de pisadas que quedaban brevemente marcadas en el suelo, a merced de la voluble voluntad de un oleaje que, mitigado, cansado, diríase exhausto por el denodado esfuerzo de arrancarse de las entrañas una fina línea de espuma con la que embellecer su esencia líquida, caía suavemente desplomado sobre la orilla. Y siempre, en cada periplo, en cada paseo, ella, la isla, había estado allí, quieta y serena, pero a la vez intrigante y, sobre todo, desafiante, arrojándole altiva el invisible dardo, susurrándole tentadora las palabras de su venenoso conjuro: ¿vendrás algún día?


Transcurrieron los años y en aquella relación extraña e intensa entre dos desconocidos de mundos y esencia tan dispares, dos entidades que en tantas ocasiones se habían mirado mutua y silenciosamente, ofreciéndose mil palabras sin tener que pronunciarlas, muchas cosas se fueron y algunas otras permanecieron. Pasaron de largo las expectativas de llegar a aquella hermosa ínsula y permaneció, punzante y terco, el convencimiento de que jamás -¡jamás!- encontraría una forma de acceder a ella: de tal certidumbre sólo podía nacer aquella claudicación incondicional y subyugante a la que se había entregado de un modo inerme, una rendición forjada a fuego lento en la fragua de la evidencia más contundente, moldeada por el martilleo aniquilador de la desesperanza, y anunciada en aquella novela del náufrago que, como un augur de mal fario, le había mostrado el camino del fracaso. Había aprendido muy pronto que en muchas ocasiones con el deseo no basta.

Y a pesar de haber visto a osados nadadores y atrevidos visitantes surcar el mar hasta la cala de aquella isla por medios humanos o mecánicos, bien sabía que para él, temeroso bañista e imposible navegante, no quedaba alternativa a la decepción pues su oportunidad ya se había desvanecido del todo, hurtada por un destino cruelmente socarrón. Tenía por cierto aquel lector empedernido que al igual que el náufrago de la novela acabaría sus días a bordo del Daphne, él permanecería en su playa de tierra firme, su galeón imaginario, sometido eternamente al desencuentro, limitándose a soñar las maravillas que nunca acertaría a contemplar...

AFTERWORD

Afterword es el término inglés que el autor utiliza en cualquier obra literaria para, al final de la misma, ofrecer a sus lectores una explicación clarificadora, sobre todo cuando el texto ha podido resultar demasiado indescifrable, tal vez por efecto de una profusión de personalismo e introversión sentimental, quizá porque el relato ha cabalgado en exceso a caballo entre la realidad y la ficción. En todo caso, es el lugar en el que se suelen dar, con el desenlace ya consumado, las claves para comprender del todo lo que se ha querido comunicar. Pues bien, ahí va mi afterword.

En esto de la literatura (y en el cine también) creo que todos partimos de la ineludible premisa de que la realidad supera siempre a la ficción, lo que supone que por mucho impacto que en nosotros tenga un libro o una película, esa misma historia acaecida en el mundo real nos impresionará todavía más. Y tal condición no sirve únicamente para la trama de los sucesos relatados, sino también para los personajes y el desenlace. En este punto hay que explicar que, por norma general, las historias ficticias suelen tener un final más o menos feliz y los sucesos cotidianos están más reñidos con el típico "...y comieron perdices". En el caso que nos ocupa -la historia del náufrago cuyo resumen acaban ustedes de leer- cabe decir que la mayor parte de lo tocante a su relación con la isla inalcanzable, salvo el desenlace final, es aplicable a la realidad, aunque se ha maquillado con una gruesa pátina de pasión, emoción y figuras literarias, con el fin de componer un determinado cuadro imaginativo. La novela citada existe realmente (pueden ustedes encontrar una referencia a la misma en la parte superior derecha de este blog, en el apartado correspondiente a Umberto Eco, pues él es el autor de la joya literaria referida), y dentro de ella el náufrago, por supuesto. Y es una obra de tanta magia y envergadura que cuando conseguí cerrar el libro tras la lectura de la última línea, en lugar de terminarse el mundo (que es lo que le sucede a los buenos lectores) yo sentí que se había creado otro en mi interior. En cuanto al lector playero, ya habrán imaginado que no es otro que quien esto suscribe; la playa es un lugar hermoso de la costa cantábrica; y la isla ha estado, está y, por los siglos de los siglos, seguirá estando ahí enfrente, en la misma línea del horizonte si se mira hacia el nordeste, próxima pero distante, bien protegida de los intrusos por apenas unas brazas de agua. Así que todo ello, aunque ficticio, es auténtico. La paradoja es un recurso que siempre da buen juego.

Sin embargo, llegados a la resolución del asunto, el final de la historia, de mi historia, en la vida real es diferente. Resulta que cuando quien esto escribe, eterno penitente en la cofradía del santo fracaso, se daba ya por rendido a la imposibilidad de satisfacer su sueño de poner pie en la orilla de esa isla de verdad, aparece, llovida del cielo, un alma caritativa con una embarcación de remo y se ofrece a solucionar el problema, sin conocer siquiera la profundidad de la cuita que durante tanto tiempo me había atenazado. Profundidad tan insondable como el mismo mar que me había estado separando de ese ansiado paraje. Así pues, el pasado 28 de agosto, a bordo de una canoa y acompañado por el intrépido e inquieto amigo leonés José Luis, pude por fin, con el único impulso que nuestros brazos impelían sobre las palas de los remos, poner no sólo los pies en aquella hermosa playa de la isla, sino también punto y final a casi cinco décadas de espera, rabia y zozobra. Y en el preciso instante de la conquista, y, por supuesto, a partir de entonces, sucedió algo parecido a cuando terminé la lectura de la novela que jamás se fue: el mundo no se terminó, ni mucho menos, sino que apareció, allá en el horizonte, otro espejismo de la imaginación. ¿Volveré algún día?

     Convendrán conmigo en que se trata de un final feliz. Lo cual, tal y como están los asuntos existenciales, no es poco, ¿verdad?

2 comentarios:

  1. Desde luego que no es poco. ¡Y enhorabuena!

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  2. gracias por lo de intrépido, con tu prosa parece que hemos descubierto un nuevo mundo!!.
    Seguiremos descubriendo la costa cantabra.

    Me ha encantado la entrada.

    saludos

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Muchas gracias por tu aportación.