LA ISLA (I): La ficción y la realidad.



    El lector se había sumergido en las profundidades de mil y un libros; había saboreado la lectura de intrincadas novelas y hermosos relatos, ya fueran largos, ya breves; cándidamente se había dejado hechizar por entrañables cuentos y por ficciones fantásticas; se había asomado tímidamente al mundo de la erudición a través de divulgaciones científicas y sesudos ensayos. Sorbo a sorbo, paladeando las infinitas texturas y aromas del saber, como un sumiller en ciernes, había ingerido el elixir de toda una pléyade de obras literarias cuya presencia en su interior vital le proporcionaba un gratificante estado anímico -a caballo entre la euforia y el sosiego- y cimentaba el edificio que daba cobijo a su intelecto, a la esencia más humana. Sentía la literatura como un vigoroso propelente para sus ideas y, fundamentalmente, para su imaginación, a la que consideraba la ganzúa con la que doblegar todas y cada una de las puertas del laberinto de los sueños. La totalidad de su existencia empezaba y terminaba en las páginas de los libros.


De entre tan amplio catálogo sobresalía una novela que desde su ingesta se había adherido indeleblemente en el interminable álbum de los recuerdos; una novela que, como el suave oleaje de las mareas, regresaba una vez tras otra, insistente, indefectible, machacona, a las orillas de la memoria. Se había quedado sorprendentemente atrapada en la sutil telaraña de la ensoñación, eternamente inmovilizada en el ámbar de la evocación debido a una razón tan poderosa como sencilla: en los pocos días que tardó en leerla, él mismo se había no sólo figurado, sino incluso sentido, el protagonista de aquella historia que, negro sobre blanco, conformaban las letras, las palabras, las frases, los párrafos, los capítulos, de un modo semejante a como las estrellas del espacio conforman el firmamento nocturno, comenzando en minúsculas moléculas, concluyendo en gigantescas galaxias. Y apasionadamente él había encarnado el papel de un viajero imaginario a través de tan vasto cosmos literario.

Fabulaba aquel hermoso relato las aventuras de un soldado de fortuna, espía a conveniencia, delator a capricho, intrigante según procediera, un personaje con un periplo vital a medio terminar, curtido en mil pendencias, protagonista de cien batallas, miembro efímero de docenas de ejércitos, quien, una vez prófugo de un puñado de guerras y huyendo del último conflicto en el que había dado en participar, termina su malhadada peripecia en precipitada fuga, la enésima, a bordo de un navío en singladura hacia los mares del Sur. Aventura y emoción en estado puro, envueltas en un lenguaje casi olvidado, diríase incluso perdido. Allá lejos, en los más legendarios paraísos acuáticos, en esos ámbitos que han inspirado miríadas de luminosas ilusiones y fascinantes andanzas, se convierte súbitamente en la víctima de la más excelsa y atractiva odisea que pueda ansiar un espíritu aventurero: llegar a ser el único superviviente de un naufragio. Y en pleno desenlace del siniestro, a duras penas agarrado a unas tablas del navío que lo transportaba, queda a la deriva durante una eternidad hasta que, sorprendentemente, choca contra el casco de un enorme galeón fondeado en la bahía de una isla de nombre sugerente: Salomón.

La existencia del infortunado navegante, que se define a sí mismo como el único ser de la especie humana que ha hecho naufragio en una nave desierta, se complica cuando, trepando al barco recién hallado, conoce su insinuante nombre: Daphne. Tan irresistiblemente atractivo le resulta, tan evocador, que su sonido, repetido hasta que su propio eco alcanza el fondo de su mente, lo colma de esperanza y renacido vigor. Sin embargo, el náufrago encuentra el interior de la nave completamente vacío. O casi, ya que pronto descubre una bodega repleta de animales exóticos, máquinas extrañas y la presencia de un loco científico que le enseña, a través del catalejo, los prodigios que se esconden en esa isla tan próxima como inalcanzable, maravillas tales como un ave misteriosa -la paloma naranjada- de hermosura sin par, o una vegetación exuberante tras la que, a buen seguro, habitan entes fabulosos difícilmente imaginables. Y de inmediato la fantasía del recién llegado, alma de aventurero en cuerpo de náufrago accidental, irrumpe en erupción volcánica, recorre su cuerpo en un respingo y se apodera de cada brizna de su sentido, llevándole a relajar por completo la necesaria vigilia que tan extrañas circunstancias deberían impulsarle a mantener. Le explica el anciano también que la isla es llamada de ese modo porque se trata del único lugar del mundo en el que un habitante, por las cosas propias de la división horaria de los meridianos, podría llegar a vivir a la vez en dos días diferentes. A partir de ahí, el afrodisíaco misterio y la inquieta imaginación inmisericordemente devorarán el descanso, la serenidad y hasta la sensatez del náufrago y sus jornadas se le escaparán como fina arena entre los dedos en busca de un modo de acceder a aquel misterioso lugar, en el que, descontrolado ya de sí mismo, se imagina con medio cuerpo ayer y el otro medio hoy, o mañana, un pie en el año anterior, el otro en un siglo después, según plazca en cada momento. Pero ni ninguno de los dos sabe nadar, ni existe un mísero bote de remos, por lo que todos los intentos por alcanzar la tierra firme de aquel islote de nombre sugerente y mágica promesa, tan próximo a la visión, tan lejano a la posesión, resultarán vanos.

Belleza aparte, ¿cuál era la razón por la que tan hermoso relato se había quedado prendido en la memoria del lector con tan fidedigna viveza? Sin duda el hecho de que lo había leído tumbado sobre la arena de una playa. Su playa. Bueno, sería mejor definirlo como el lugar al que nunca había dejado de volver y con el que se identificaba como si su existencia se hubiera gestado entre los granos de aquella arena fina y templada, la misma arena sobre la que sus pies habían caminado durante tiempo difícilmente calculable, tan estrecha e intensa era su relación con aquel lugar. En ese territorio dotado de una volubilidad apasionante, el calor del sol, la fiereza de las tormentas y el fragoroso rumor de las olas componían una bella armonía sensorial, por lo que en él resultaba sumamente placentero embebecerse en la lectura, transitar por los mil mundos de la imaginación a merced de todo tipo de fantasías, apurar la copa en que se contiene el elixir de la sabiduría y disfrutar cada trago. Sobre todo, disfrutar. Por eso, allí mismo había conseguido adentrarse en las mejores obras literarias de su biblioteca. Y, lo mejor de todo, disfrutarlas plenamente. Sin embargo, ésta de la isla resultaba especial porque, precisamente, desde el lugar en el que se ubicaba para leer podía divisar, más o menos a la misma distancia que separaba el Daphne de la isla Salomón, una isla, esta vez no imaginaria, sino real. Y, evidentemente, ésta había estado ahí delante desde siempre, desde que el mundo era mundo y desde que el sentido y la razón se hubieran abierto paso en su cabeza.


            La ínsula le saludaba burlona, o eso creía él, mediante la sonrisa de una pequeña cala en el frente de su horizonte a modo de único acceso, de puerta de entrada a un paraíso quimérico compuesto por blanca arena que evocaba parajes lejanos y a la que imaginaba suave y cálida. El paralelismo entre la ficción de la novela y su propia realidad se inyectó en su mente con una fuerza insólita: en la soledad de su particular sala de lectura se imaginó a sí mismo embarcado en el Daphne, y cada vez que observaba la isla de enfrente la suponía desierta y misteriosa, como el náufrago de su relato sospechaba la suya, y tan próxima que parecía imposible no lograr acceder a ella. Ahí, precisamente, en el asunto de la accesibilidad, residía todo el nudo gordiano de su tribulación: jamás había ni tenido ocasión ni reunido el valor necesario para cruzar la estrecha lengua de agua que le separaba de ella. Ni nadando ni en una embarcación. El temor a las vicisitudes y los riesgos de la travesía le había dominado, poseído, atenazado, encadenado a un doloroso fracaso, abortando cualquier osado impulso, cercenando toda posibilidad de un encuentro que le resultaría, sin lugar a dudas, el más placentero de los logros. Sí, esa era la magia intrínseca en aquella novela que nunca se había apartado de su recuerdo: relataba una historia imaginaria que le estaba aconteciendo a él mismo en la realidad.

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