E.P.C. A GRITOS



        Salgo al exterior del hospital (ha sido una semana de cirugía familiar) en busca de mi hija, pues a esa hora termina sus clases en el instituto que se encuentra justo enfrente. Mientras espero en la esquina, percibo el característico sonido que produce un mando a distancia en un coche y que precede a la apertura de sus puertas: click-clik. Justo a mi lado observo cómo una familia de lo más típico -dos adultos y dos menores- llegan caminando desde un colegio cercano y se disponen a cargar mochilas escolares en el maletero del vehículo. De pronto, el padre comienza a proferir exabruptos gruesos en voz alta: “pero, ¿qué cojones es esto? ¿Educación para la Ciudadanía? ¿Cómo es qué le han dado este libro?” Tengo la impresión de que el sujeto parece percibir que no hay demasiada gente que le escuche y que, movido por algún secreto afán de protagonismo, decide elevar, aún más, el tono de su voz, al punto casi de gritar y adornar sus expresiones con dosis más altas de contundencia verbal: “Me cagüen la puta, ¿a ti te parece normal que le enseñen esta bazofia a un niño de 9 años? Es para ir y matarlos a todos. ¡Qué sinvergüenzas! ¡Vaya mierda de educación!” Su acompañante intenta aplacarle con femenina serenidad: “¡Pero, no grites de ese modo, hombre, que la gente no tiene por qué oírte chillar así!” Pero es inútil, el sujeto continúa descargando improperios a diestro y siniestro mientras maquinalmente realiza todas las operaciones de acceso al coche: “¡No pienso callarme, como pille al cabrón que le ha dado este libro al niño le mato!” Ahora ya sí, al oír el griterío casi todos los viandantes se vuelven a mirar al energúmeno. Misión cumplida.


Me he comido, impasible y tieso (por si acaso), toda la perorata del ínclito enfurecido, apenas a metro y medio de su indeseable presencia, sin acertar a discernir si el exaltado conocía de antemano o no el listado de las asignaturas escolares de su vástago: si lo sabía, lo suyo era, entonces, puro teatro; si lo ignoraba, el delito es doble, pues la ignorancia en lo tocante a la educación filial es pecado grave. Y aunque he permanecido inmóvil, sin tan siquiera dirigirle un mísero soslayo, mirando fijamente al frente para que mi hija no me pasara desapercibida entre la marea de estudiantes que abandonaban el instituto, no me ha quedado más remedio que percatarme muy bien de todas sus palabras, no solo porque el volumen al que han sido producidas era casi insoportable para mi capacidad acústica, sino también porque me han hecho pensar seriamente en el tema educacional. A la fuerza ahorcan.

Llevo toda la vida defendiendo la salida inmediata de los currículos escolares de aquellas materias o asignaturas de contenido ideológico, tales como la Religión o la Educación para la Ciudadanía, no solo porque su presencia en la formación académica de nuestros alumnos no sirve más que para fabricar monstruos de todos los colores, sino además porque supone restarle tiempo e importancia a las materias científicas, las que son realmente necesarias (en ese sentido, me veo obligado a confesar, no sin cierto rubor, que estoy en el bando del ínclito furioso). A partir de aquí, honestamente pienso que mi beligerancia anti-ideológica me despoja de cualquier etiqueta sospechosa y me permite, en consecuencia, entrar a valorar y opinar con independencia de pensamiento, que, como decía Voltaire, no es sino la más alta de las aristocracias. Pues bien, allá voy.

Quiero creer que la Educación para la Ciudadanía, además de los muchos aspectos censurables y polémicos que se ocultan tras su pomposo nombre, pudo haber tenido un origen bienintencionado, y que inicialmente pretendía convertirse en una asignatura en la que se enseñen los valores cívicos habituales: respeto y tolerancia básicamente, pues ellos constituyen los átomos y moléculas de la convivencia. Al menos eso es lo que he podido colegir después de que mis hijos hayan sufrido las vicisitudes propias de cursar una materia de trato tan arriesgado como los materiales atómicos o nucleares.

Y no obstante mi rechazo hacia todo lo que apeste a ideología y adoctrinamiento, y aunque hay muchas más cuestiones que todavía ignoro acerca de la esencia y el beneficio de esta asignatura, hay una, una sola cosa, que tengo por cierta y segura: que en nuestra sociedad existe al menos un alumno necesitado de instrucción en los valores relativos al respeto que aparecen recogidos en la Educación para la Ciudadanía, un chaval al que bien merece la pena enseñar el concepto de tolerancia, de buena educación, de sensatez, de autodominio y otros mil más que encuentro demasiado prolijo enumerar en estas líneas. No sé si el hecho de que solo haya encontrado un único caso de alguien necesitado de la EPC es argumento suficiente para justificar su presencia en nuestras aulas, como tampoco sé si habrá o no una manera mejor de instruir a nuestros jóvenes en dichos valores que haciéndoles pasar por el aro zapateriano. Lo que tengo por cierto es que sin duda convendrán conmigo, mis imaginarios lectores, en que ese alumno en el que estoy pensando en este preciso momento no es otro que el hijo del vociferante troglodita con el que he dado en coincidir esta mañana, el chaval en cuya mochila viaja cada día el susodicho libro. No me negarán que a ese chico los contenidos del volumen en el que se ciscaba su progenitor le son más necesarios que a nadie en este mundo, más que nada porque la escenita callejera que he presenciado hoy me ha dejado muy claro que en su casa resulta imposible hallar el más ínfimo vestigio o ejemplo, no digamos voluntad o interés, por instruirle en el sano ejercicio del civismo y la tolerancia.

En ocasiones, y como si mi origen fuera completamente extraterrestre, la vida sigue resultándome un medio excesivamente extraño.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo, cuyo fondo comparto sin la más mínima discrepancia. Comparto también, dicho sea de paso, la sensación de sentirme, a veces, extraterrestre o, por lo menos, un extraño como el de la estupenda canción de Sting, la del inglés en Nueva York, esa que decía "Gentleness, sobriety are rare in this society"...

    Un abrazo

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    1. Agradecimiento eterno por tu fidelidad lectora y participativa, querido Alberto. Gracias también por recordar tan hermosa canción: "If Manners maketh man as someone said, Then he's the hero of the day..." Estupenda, sin duda.

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Muchas gracias por tu aportación.