WHISTLEBLOWERS (y II)

          Por muy popular que en las sociedades anglosajonas resulte el asunto ese de tocar el silbato delator, no seré yo quien solicite y/o rellene uno de esos formularios para denunciar sospechas. Y ello por un sinfín de razones, tantas como trabajadores necesitados de cualquier miserable sueldo haya en este país, currantes de esos a los que la asfixia impositiva no dejaría subsistir. No, en modo alguno enarbolaré la bandera de semejante traición. ¿Qué puedo argumentar al respecto? No sé, quizá que en un estado en el que se promueven amnistías fiscales y leyes blanditas para que los grandes defraudadores fiscales puedan seguir haciendo de las suyas y en el que se menosprecia judicialmente (dejándole en libertad) a un suculento pez como el chino aquel que ayudó a centenares de empresarios a evadir toneladas de impuestos; en un país en el que los políticos interpretan el papel de golfos apandadores con una fruición propia de aspirante al oscar hollywoodiense y trincan desvergonzadamente en a, b, c, o z, carretadas de sobres marrones llenos de fajos; en un lugar en donde la inmensa mayoría de los chorizos visten traje y corbata y mutuamente se protegen al modo hampuno, y se van de rositas con su botín intacto, donde muchos ciudadanos pasan hambre y penurias y donde se rescatan bancos a golpe de latigazo oficial y saqueo de la soldada; en un estado, en definitiva, corrompido hasta las trancas por una pandilla de sátrapas avariciosos, que una ministra mística e impresentable nos proponga el ejercicio de siembra de la cizaña como solución a los problemas que ni ella ni sus jefes son capaces de atajar constituye, amén de una desfachatez mayúscula, un insulto desproporcionado que debemos rechazar por obsceno e inmoral. Si es que aún nos queda un mínimo de dignidad allá dentro, donde quiera que se guarden tales tesoros.

              En la ciudad donde vivo se organiza dos veces por semana un mercado en la plaza mayor. Allí acuden, exclusivamente, productores/vendedores de verduras, frutas, hortalizas y demás género del sano y saludable. Resulta sobrecogedor darse una vuelta por allí y contemplar a varios ancianos y ancianas tratando de vender cuatro tomates y media docena de lechugas que acaban de recoger de su propia huerta. Pensar en los cientos de horas que le habrán dedicado al crecimiento de su producto y, especialmente, a las cinco o seis horas que han de pasar allí de pie intentando obtener un par de billetes, produce una sensación a mitad de camino entre la compasión y la indignación. Nadie desea preguntarse si esa gente cotiza a la seguridad social, si cobra con iva o sin factura, si tiene otra actividad (en casi todos los casos da la impresión de que no), si cobra la pensión o el subsidio, o si reza para que la virgencita se les aparezca y consigan vender la caja entera de tomates. Yo al menos no, desde luego. Lo único que apetece al verlos es echar mano a la cartera y aliviarles la indignidad.
            
            Mi pregunta es clara y me parte en dos las meninges: ¿me está pidiendo la señora ministra que rellene un papelito y delate a aquella vendedora de piernas hinchadas -que bien podría ser mi propia madre, o la suya- tratando de no ahogarse en un mar de miseria y que, a duras penas abrigada con su toquilla, apechuga con un catarro con pinta de crónico desafiando al despiadado frío invernal para venderme sus cuatro lechugas a cincuenta céntimos la pieza? ¿Quién se ha creído usted que soy, Sra. Báñez? ¿Acaso le parece que, como usted y casi todos sus amiguetes de juerga de viernes, pertenezco al gremio de los zafios y los infames? ¿O será que, como reza el refrán, cree el ladrón que todos son de su condición?

            Otra más. Hace unos días llamó a mi puerta un señor ofreciéndose a bajarme la basura hasta el contenedor cada día, por treinta céntimos el viaje. Salvo un par de ejemplos de esos que no se nombran y que tienen que ver con ciertas partes de nuestra anatomía, jamás se me habría ocurrido concebir mayor ejercicio de humillación en pos de unas monedas. Decliné la oferta por razones que en este momento no vienen a cuento, pero ahora pienso en él y me pregunto si debería, siguiendo el criterio de esta señora que disfruta de los ostentosos medios humanos y económicos que ofrece el puesto de ministra, denunciarle a él también. Quién sabe, a lo peor es un potentado hombre de negocios que quiere sacarse un sobresueldo en b negro (dadas las características de los servicios que ofrecía, negrísimo sería un término más apropiado) y se hace acreedor a una denuncia. Lo cierto es que, ahora que lo traigo de nuevo a la memoria, los remiendos de sus pantalones y los rotos en los puños de su jersey parecían auténticos y me hacen pensar que no era un ricachón farsante haciéndose pasar por necesitado… La verdad es que, comparando a aquel pobre diablo que aporreaba una puerta tras otra con los Arenas, Cospedal, Bárcenas, Urdangarín, Fabra o Camps, lo que me asaltan no son, precisamente, ganas de chivarme, sino más bien de echarle mano al hacha y cometer un magnicidio revolucionario.
                        
         Haga usted el favor de no equivocarse conmigo, señora Báñez, siquiera porque yo soy uno de aquellos memos que tiene muy claro quién es el primer candidato que debe rellenar uno de esos formularios online para delatar a los practicantes del fraude y el pago-cobro en b. El honor, obviamente, le corresponde a su compañero de fatigas, el señor Bárcenas. Una vez recogido el listado de nombres y delitos, hágase un favor a sí misma y dese, en consecuencia, por obligada a investigar profundamente a todos aquellos cuantos este señor denunciare por fraude, evasión fiscal, cobro en b y cuantas otras tropelías se le ocurra a usted catalogar. Si lo que busca usted son whistleblowers, ha tenido uno en su despacho de al lado durante treinta años. Y encima ahora el muchacho está deseoso de cantar y contar las excelencias de la codicia de los miembros de su partido. No me negará que no es todo un chollo. Proceda, pues.
                     
         Por último, y para que no tenga usted que pasar el ignominioso trance de sucumbir bajo el peso de una montaña de sarcásticos tweets y jocosos comentarios feisbukeros procedentes de esta chusma de siervos que le ha tocado en infortunio gobernar, permítame aconsejarle, con toda la humildad que soy capaz de rebañar del fondo de mis tripas, acudir a cualquier agencia de la propiedad inmobiliaria en busca de un alojamiento acorde con la condición de usted, una suerte de eremitorio en el que poder pasar el resto de su existencia dedicada a la vida contemplativa, sin los agobios propios del duro ejercicio del pensamiento y la reflexión, sin el pesado fardo de la toma de decisiones, tareas éstas que, a lo que se ve, no solo le producen a su merced de usted un sufrimiento insufrible sino acaso un leve atisbo de pavura. 
             
           Ah!, y por cierto, récele a su virgencita todo lo que pueda para que ese momento de gloria y bienaventuranza nos llegue a todos más pronto que tarde.

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