SONADOS



           Llevo tiempo, demasiado, supongo, intentando hacer comprender a algunos miembros del ejército de los abducidos la ya insoslayable perspectiva de un gobierno absolutamente indeseable, ebrio de dinero ajeno y adicto sin remedio al innoble afán de gobernar en contra de los intereses de la mayoría. Negro panorama donde los haya. Mas todo intento resulta vano y muere ahogado, lejos, muy lejos de la orilla. Casi todos ellos resisten cerriles, parapetados tras las trincheras de la obcecación, repitiéndose, repitiéndome, irreflexivamente y como poseídos por alguna suerte de mantra que les susurra desde los tugurios de su oscura mente, la misma excusa machacona, el mismo latiguillo antizapateriano que ya hiede por su marchita caducidad. Inevitablemente, me recuerdan a aquel boxeador que artificialmente fabricó el régimen franquista y que durante algún tiempo obtuvo cierta fama, obligando a buena parte de los españolitos a verle tortearse con otros brutos animales en la pequeña pantalla, posiblemente para que intentáramos sacudirnos el complejo de debilidad que tanto nos acuciaba por entonces. Urtain se llamaba. Cuando a aquel pobre diablo le sobrevino su sanmartín deportivo, concluyó su periplo vital deambulando por esa miríada de laberínticas calles que diseñan la ciudad del fracaso humano, hasta dar con sus baqueteados huesos en el fondo menos agraciado del pozo laboral: portero de discoteca de mala nota. 

En la puerta de una de ellas llegué a conocerle, mientras me veía obligado a realizar el servicio militar, en la capital burgalesa. Recuerdo que cuando el grupo de amigos intentamos acceder al recinto, se nos colocó delante -ya no era ni por asomo la masa de músculos de los días de gloria- y nos espetó, así a bocajarro, un desternillante catochientaschincuenta, que nos hizo sonreir, pues al punto adivinamos que tras su penosa vocalización se escondían los efectos de los mil mamporros mal encajados. Uno de mis compañeros le reconoció al instante y se atrevió a contárselo: ¡Usted es Urtain, el boxeador! A lo que el ínclito, ejemplo de ausencia perenne de buenos modales y de dedicación fiel a su bella profesión respondió, sin asomo de haberse sentido halagado, la única cantinela que su penoso estado mental le permitía articular: catochientaschincuenta.

            Pues bien, todos estos peperazos que estos infaustos días, contra viento y galerna, perseveran en defender lo que la evidencia ha convertido en indefendible, se me acaban asemejando al difunto Urtain ejerciendo de stopper en el oscuro umbral de un antro de baja estofa, recitando monocordemente las dos únicas palabras que su mollera puede procesar, una vez que ésta ha sido poseída y enajenada por el vacío cruel. Hemos visto millones de actores de cuarta fila bordando el mismo papel en las películas de gángsters de los años del blanco y negro.

Los enajenados siervos de la gran causa, por su parte, se aferran a la más minúscula tabla de salvación, por carcomida que la misma se halle, a cualquier resto del naufragio social que su anterior terquedad electoral ha provocado, y se empeñan en repetir la letanía, su rezo monótono, el mismo que imprime en quienes lo escuchamos una enorme sensación de tristeza, si acuñamos el valor necesario para diseccionar el asunto con frialdad. Es la misma retahíla que oyen extasiados en los púlpitos que mansamente visitan; la misma historia que leen absortos en los periódicos del régimen; la misma bazofia que engullen boquiabiertos en el vertedero intereconómico. O se trata de mensajes que portan poderosos sedantes subliminales o debe entonces haber algo sumamente masoquista en los adentros de los receptores como para aceptar tan sumisamente semejante montón de mentiras: todo es un montaje, ese tipo es un delincuente, más robaron los otros, el que venga va a hacer lo mismo… Siempre tuve claro que la medicina más eficaz es la que se inyecta en supositorios.

En un escalafón inferior tropiezo con ciertos marmolillos, cuyo férreo enroque apenas se inmuta por mi infructuosa prédica, aunque en el fondo de sus ojos y sus palabras uno parece querer vislumbrar cierto grado de primitiva comprensión. ¿O es sólo un espejismo, una veleidad de mi subconsciente? Estos zombis se manifiestan algo más receptivos y su diletante silencio les delata como víctimas de una lucha interna de la que, por otro lado, no tienen la más mínima voluntad de liberarse. Está claro que la porfía interior suele resultar extenuante si no se practica a menudo.

De todos, éstos son los peores, sin duda, pues a diferencia de los anteriores, se ejercitan atléticamente en la impúdica tarea del autoengaño, hipnotizándose, a solas o en cómplice compañía, con la infame sensación de que la tierra del conocimiento es medievalmente plana y que tras la línea del horizonte solo se esconde un abismo insondable por el que se despeñan los navíos del atrevimiento. No admiten reparos a la hora de dejar bien claro que aunque su mal tenga solución, ellos prefieren desdeñarla, sistemáticamente, con cualquier excusa. La que sea. Bien sabemos que el peor ciego es el que renuncia a mirar. A estos, su mente les dice que las cosas andan de puta pena, que la pobreza -no sólo la económica- se abre paso triunfal a cada momento, que o esto cambia o nos vamos todos a Siberia sin movernos de casa. Su raciocinio, escasamente una lucecita titilante, les permite percibir el ahogo de apenas llegar a fin de mes y si me apuran, hasta dilucidar que a pesar de la crisis hay muchos que cada vez viven mejor. Y sin embargo, hay algo en su mecanismo cerebral que les impide atar cabos, que les mantiene el intelecto inerte y en perpetuo estado de secuestro, que les tiene averiada la voluntad, la cual utilizan no ya para liberarse de los recelos, sino para fabricarse unos artificiales, a medida. De este pintoresco grupo acostumbro a recibir, no sin relativa sorpresa (es un fastidio conocer a la gente y anticipar por dónde te vienen), una respuesta que últimamente se va prodigando como los bronceados en esta época de sofocos estivales que vivimos: ya, pero entonces ¿a quién votas si no?

Ese es su algo, esa es la clave: instalarse en la opción más sencilla. O estos o los otros. Pero nada más. La jugada perfecta cuando sus malos lo han hecho mal y sus buenos la han cagado hasta la cascajilla. Es la mejor manera de no tener que dar(se) explicaciones, el modo ideal de ocultarle al prójimo los perniciosos efectos que la cobardía propia proyecta sobre sus corazones pusilánimes. Me afano, paupérrimo apóstol de las causas más perdidas, en explicar que más allá de pepé y pesoe, de los gúrteles y las filesas, de los desahucios y los gal, hay vida política y electoral, y mucha, creo; y se lo cuento tratando, eso sí, de disfrazar la indisimulable creencia de que estoy conversando con quienes buscan en ese engendro del bipartidismo la excusa perfecta para no cambiar. Pues en el fondo, a pesar del latrocinio que están presenciando y padeciendo, ellos no desean cambiar nada: siguen cómodos en el papel de pobres que han nacido para sustentar a los ricos. Y les daría igual el regreso de Franco, de los Reyes Católicos o del derecho de pernada; les daría igual casi todo, porque al fin y al cabo ellos no han venido a este mundo para pensar. Y recemos para que nunca tengamos menos, apostillan casi eufóricos.

      Insisto, ingenuo hasta el candor, en explicarles que hay muchas opciones que nunca se han puesto a funcionar y que ya es hora de que tengan la merecida oportunidad, muchos upeidés, equuos, ciudadanos o izquierdas unidas, pócimas cuyo gusto jamás hemos saboreado y cuya esencia debe ser, sin duda, mejor que lo visto hasta ahora, siquiera porque algo peor resulta inconcebible por imposible. Y cuando ya remato la faena es cuando me da por afirmar que lo que falta en esta maldita sociedad no son otros partidos, otras opciones; no, nada de eso, lo que en realidad falta en esta pléyade de botarates descerebrados en que nos estamos convirtiendo es, sencillamente, valentía. Echarle bemoles al asunto de la papeleta. Y en ese preciso instante, el estruendo de la caja de los truenos en plena apertura me hace caer del árbol y darme cuenta de que la música de mi película redentora anuncia ya los créditos finales: en ese preciso momento, la vil cobardía de mis interlocutores me escupe a la cara, silenciosa pero descaradamente, el famoso marchamo de rojeras. En ocasiones -donde hay confianza el asco impera-, su falsa benevolencia les conduce al maquillaje mediante un sociata, que, piensan, duele menos. Ya saben, esa clase de expresiones tan gratuitamente cainitas que no sirven sino para demostrar que quien las expele por su boca no repara en parecer siquiera cívico. De su IQ ni hablamos.

Me produce una congoja infinita la presencia de esta hueste de acémilas voluntarias, de este ejército de soldados lobotomizados que se niegan a sí mismos los más elementales visos de humanidad, alimentos garantes de la supervivencia vital tan cualificados, y en absoluto inaccesibles, como la dignidad, el valor, la reflexión, la razón, el respeto (no ya a los demás, sino incluso a sí mismos); que gustosamente y tan solo para que la conciencia no les pique, se inoculan la peor de las sarnas: la insensatez brutal. Son los miembros de una secta que se regocija en un lento suicidio por agnosticismo.

Cuánto me duele tener que enfrentar su mirada a sabiendas de que nuestros saludos no son más que profundos fosos con los que contener las abismales diferencias que nos separan; conociendo que nuestras palabras vacías sobre los temas más triviales no son sino las piedras y los ladrillos con que construir muros que impedirán agredirnos. ¡Qué difícil e inhóspito me resulta el tránsito por este paraje de la relación humana!, por este maremágnum en el que por doquier tropiezo con almas que se niegan una existencia hermosa al renunciar a la gnosis, al criterio propio, a la valentía y a la sensatez; con personas cuyo empeño más tenaz no es otro que hacerme comprender lo difícil que resulta argumentar con quien ha perdido el sentido de la lógica: tan imposible como resucitar a un muerto.

          Para martirio de mi especie, muchos de mis congéneres han burlado a Darwin y se han metamorfoseado kafkianamente, se han transmutado a voluntad en patéticos remedos de Urtain a la puerta de un horrible garito. Ahora ya no los reconozco, no puedo. Son simples boxeadores sonados. Por lo que a ellos respecta, la evolución puede esperar.

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