PLAGIANDO AL TITANIC



                La belleza encerrada en la tragedia del Titanic no tiene nada que ver, como ha pretendido dar a entender el mundo del cine, con románticas historias de amor que prosperan en paralelo con la zozobra, sino más bien con el legado mítico o legendario que la propia historia del hundimiento ha dejado para la posteridad. Resulta maravilloso contemplar cómo aquel suceso de magnitud gigantesca quedó embebido en nuestro atávico interior, atrapado en el ámbar del subconsciente, siquiera en forma de eterno recuerdo de la fragilidad que se esconde tras la soberbia, además de como figura retórica a la hora de definir catástrofes de gran magnitud. La memoria del Titanic ha encontrado su reposo junto a los grandes mitos del lenguaje figurado: el Rubicón de César, el infierno de Dante, o el caballo de Espartero (que en esto de crear mitología chusca, los españolitos siempre fuimos muy nuestros). Así pues, cada vez que un coloso sucumbe, ya en el mundo de las finanzas, ya en el del deporte, ya en cualquiera de los muchos ámbitos de la vida, regresa a nuestros labios el episodio de aquel naufragio, el colapso de aquellos cientos de miles de toneladas de chatarra y los muchos centenares de animales que solazaban en su interior. Lo más feo del episodio fue, como sin duda ustedes habrán dado ya en pensar, el asuntillo aquel, fruslería sin importancia, de los botes salvavidas y su macabro ritual de clasificación y derechos. Minucias de poca monta en el maremágnum de una hermosa y catastrófica parte de nuestra historia presuntamente humana. Unos meros pelillos a la mar.


Acaba de regresar a uno de los muchos rincones de este espeso puré al que erróneamente denomino mente, el recuerdo de la metáfora titánica, justo al enterarme de la última tropelía a cargo de nuestra impresentable oligarquía política. Solo que, a diferencia de la versión original, en este caso actual la menudencia esa de los botes salvavidas se ha desarrollado conforme a guión inverso. Me explico. En pleno hundimiento de nuestro Titanic hispano, los almirantes, contramaestres, sobrecargos, timoneles, patrones y demás montonera de chusma succionadora y dirigente -la cual atiborra la sala de máquinas adocenada en caótica disposición y descerebrada actitud- ha decidido que, en lugar de seguir el orden lógico y desalojar al pasaje de primera en los botes y después mantenerse ellos en sus puestos hasta el fin de los días, lo mejor era arrojar antes a los pasajeros por la borda para ver si así se conseguía que la nave flotara, presumiblemente para no tener que hundirse con ella. Al fin y al cabo, en su perversa demencia habrán acertado a pensar que la sangre de los esnafrados al caer y las inmundicias de los que se lo hicieron encima ante el panorama desolador, bien podían contribuir a espesar el agua oceánica y aumentar la flotabilidad. A los cobardes, a falta de arrojo y valor, no suele escasearles la imaginación.

Pero dado que, merced a los urdangarines, ratos, gürteles, bárcenas, y el ejército de emprendedores asociados con chinos de mala fusta (la punta, y hasta el alma, del iceberg contra el que hemos chocado), la nao se gasta cuadernas carcomidas, resulta que el barco patrio pinta como los submarinos de Gila: de color bien, pero flotar no flota un pimiento. Y por ello ahora toca echar por la borda a parte de la tripulación. Eso sí, en maniobra con facha de conato y revestida de un presunto sacrificio que, a estas alturas del amaraje, ya no cuela y nadie se traga:

La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría apeló al discurso dramático para defender la reforma de las administraciones públicas, el mayor proyecto político de Mariano Rajoy en esta legislatura. «Ha llegado la hora del sacrificio para los políticos», afirmó en una reunión a puerta cerrada con los presidentes provinciales del PP, a los que encargó que defiendan con uñas y dientes la iniciativa gubernamental.

Ha resultado de todo punto imposible constatar si esa manita que se situaba sobre el rostro de la ínclita en el momento del parto de la notica ocultaba una mueca de sonrisa cianúrica o simplemente un bostezo. Quizá mejor ponerse en lo peor. En cualquier caso, lo dicho, como con el Titanic, pero al revés: en este maldito país los privilegiados no se salvan al principio, sino al final. Por lo demás, la historia es la misma. Alea jacta est.

                Si no fuera porque la capacidad de sorpresa del ciudadano de a pie, especie de la que me considero miembro involuntario y dolorosamente forzado, hace tiempo que se halla sometida a presión tal que nada parece alterar nuestro asombro, se podría decir que asistimos a un notición, una de esas bombas gordas cuya onda expansiva es capaz de tumbar medio mundo con el mismo estilo con que el lobo tumbaba las casas de los cerditos. Pero, desafortunadamente, nuestro mecanismo de estupefacción hace tiempo que se retuerce averiado, sin solución posible, y ya ni se sabe cuándo acaeció aquel último atardecer de cálido sol, el instante fugaz en que perdimos la brújula que señalaba el rumbo de la coherencia y la sensatez. Así que, cada vez que desde entonces nos vemos obligados a ingerir otra milonga de la parejita que tan estoicamente padecemos, acabamos dando en hallarnos transmutados de la esencia misma, apenas bichos deambulantes inexorablemente desnortados, errabundos al son de una suerte de pesimismo escéptico que nos mantiene anestesiados ante los efectos de la ya improbable sorpresa.

Por esos mismos derroteros navego y divago, despojo nómade y náufrago, huérfano y desarrumbado en mi singladura, a merced del espeso oleaje de la incomprensión, mientras trato de rumiar el duro hueso de otra nueva perfidia: que el (des)gobierno ha decidido tener por llegado, al fin, el momento en que los políticos comiencen a sacrificarse. Y me lleva la marea completamente desamurado por los piélagos de la inquina y la malaleche, derrota habitual de este espectro de dignidad en que me voy transmutando a cada paso vital. De repente, siento que a uno no le queda sino preguntarse, rememorando, si acaso no era ese tal sacrificio el trasfondo de cada uno de los juramentos y/o promesas que, mano sobre libro sagrado, fueron pronunciados por los políticos en la irrespirable atmósfera de la solemnidad más falsa. Y es entonces cuando las hieles rompen a hervir en la olla de la furia incontenible.

Más aún, siento que quizá sea el momento de cuestionarse o bien por la catadura moral de estos sinvergüenzas, o bien por su salud mental. Guatemala o Guatepeor. Porque lo cierto es que si han tardado año y medio largo en darse cuenta de que no funcionaba la estrategia de desangrar a todo hijo de vecino de la clase media hacia abajo, entonces a buen seguro habremos de concluir que son unos necios inmerecedores de los cargos que ostentan, por mucho que se les llene la boca con cifras de votos. Si, en cambio, resulta que todo se reduce a que no han querido (como en la canción) darse por enterados de algo que a nadie era extraño (y que la calle les ha gritado hasta desgañitarse) entonces es que son unos botarates de la peor índole, de los que habría que librarse sin la menor contemplación.

Sea como fuere, tenga a bien permitirme mi imaginario lector no caer, por tentador que resulte, en el chistecillo facilón del irónico ¡aleluya! o el ¡a buenas horas, mangas verdes!; nada de eso. Antes al contrario, pretendo perseverar en el ejercicio de mi cada vez más fatigado derecho a la indignación, pues por tan grande siento la mofa; y proyecto persistir en la exigencia, en mayor grado aún, si cabe, de pena de remo forzado en galeras, azote en ristre, ante la desvergüenza con la que ahora, a estas alturas de la película de la crisis, desguazado ya sin remedio el estado del bienestar para quienes no hemos sido incluidos en ninguno de los estamentos privilegiados (ricos, clero, nobles o políticos), se conducen estos botarates con cara y careta de buena gente, tratando de aparecer preocupados y sensibles. En fin, ya que la cosa va de naufragios, no deberíamos deshonrar la memoria de nuestro Titanic castizo: el hundimiento del Prestige en el océano de la peor de las mentiras.

En eso consiste ni más ni menos la desfachatez de los políticos: en fingir que se engañan a sí mismos cuando lo que persiguen en realidad es engañarnos a los demás. Y, como bien se ha podido apreciar últimamente, a estos hemos de tenerlos por grandísimos artistas del noble género de la farsa. Sí, de esos mismos que se atreven, insolentes, hasta con la segunda parte del Titanic. Pero, eso sí, dejando que antes se hundan los demás. Hasta ahí podíamos llegar.

2 comentarios:

  1. Definitivamente, se ríen. Bueno, se ríen no. Se descojonan.

    http://www.youtube.com/watch?v=CmcoDx59y9I

    Enhorabuena por el artículo

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  2. Gracias por el vídeo. Es demoledor y sumamente ilustrativo. Es la imagen que vale más que mis mil palabras.

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Muchas gracias por tu aportación.