LAS FRASES DE HEMINGWAY



             En dos tardes, que es como dicen que se deben hacer las cuentas de los dineros patrios y ventilar las lecturas de cabecera, y entregado como siempre -diríase que nací para ello- a los encantos de su prosa aparentemente simple, pero contundente, como un mazo que sacude inmisericorde las profundidades del alma, acabo de releer (en inglés, claro) al viejo Hemingway, ejemplo inigualable de la existencia en los extremos del vitalismo exacerbado y la depresión subyugante. Ha vuelto a sobrecogerme el final desgarrador de su Adiós a las Armas, con aquella última frase (…y regresé al hotel bajo la lluvia...) compendio de la esencia misma de la derrota más cruel. Me ha emocionado de nuevo su obra póstuma Al romper el alba, plena de una quietud semejante a la calma que precede a toda tormenta, paradigma y oráculo de aquello en lo que iba a convertirse su existencia personal, el último capítulo de la novela de su propia vida. He vuelto a llorar con aquel viejo pescador que soñaba con leones, al que -inútil porfía- los tiburones le despojan de su pieza más codiciada, de su gloria más ansiada, de sí mismo, en definitiva, y he sentido cada rayo de sol, cada embate del mar en la cubierta de este cascarón, más que barco, en el que se mece mi entendimiento. 

             De toda la arrolladora producción de Hemingway, hoy me voy a quedar con una sola frase, Some writers are only born to help another writer to write one sentence, que se encuentra en la hermosa Green Hills of Africa. Siempre tuve claro que Hemingway era un autor de frases, cuanto más breves mejor, y en esta en concreto se puede observar la profunda amargura de su visión, su hábil maestría a la hora de domeñar las estructuras lingüísticas más elementales y el deseo subliminal de echarle un buen montón de tierra al desafiante problema de la separación o distinción entre plagio e inspiración (lo de ridiculizar a algún competidor, también, pero la hipótesis es tan superficial que sin duda irritaría al dueño de la citada máxima).                

          Viene a cuento ad hoc esta apología de las magistrales frases de Hemingway, en primer lugar porque a mí nunca me fue concedido el valioso don de la concisión, como sin duda habrán podido comprobar (y padecer) mis sagaces lectores imaginarios; y en segundo lugar, porque, para regocijo personal, he tropezado con un maravilloso regalo de la diosa Fortuna: el descubrimiento de un brillante post titulado Hermann Tertsch, nazis y comunistas, en uno de los blogs de los que soy ferviente seguidor, Vora la platja, de mi muy admirado Xavier Massó (el listón de su calidad se eleva cada día sin freno alguno). Lo mejorcito, sin duda, de toda la web en lo que llevamos de semana.

             Yo ya había acertado, confieso que por un error de aburrimiento (acaso por ansia de un suicidio a base de asco), a leer el artículo de ese opinador de apellido complicado, publicado por el diario/panfleto ABC, en el que el ínclito se sorprendía, o al menos lo fingía, por la distinta consideración social que se concede actual y socialmente a los términos nazismo y comunismo y, en un alarde de muy refinada desfachatez se descolbaga con una afirmación apocalíptica:

 


El nazismo es autor del mayor crimen de la humanidad. No porque el comunismo, la otra ideología criminal, asesinara menos. Al contrario, asesino más. Las muchas decenas de millones de muertos por el comunismo a lo largo del Siglo XX superan en mucho a las del nazismo en sus 12 años de poder totalitario y guerra genocida. Pero el nazismo fue único por su sofisticación en medios y objetivos. Mientras el comunismo mató con los mismos medios y fines de todo terror invasor o genocida a lo largo de la historia, el Holocausto nazi es un salto cualitativo en la historia. El crimen comunista es primitivo, el crimen nazi fue la modernidad más terrible.


Para sollozar, vamos. 

 

Pues bien, retomando el inicio literario con el que daban comienzo estas líneas, observo que, en un afán por desmantelar el entramado de maldad del lamentable artículo, logra mi amigo Massó desmontar pieza a pieza, con la envidiable minuciosidad que poseen los filósofos, todo el asunto, compendiando su estocada en la contundente sencillez de una máxima lúcida -no ya por obvia, sino fundamentalmente por inevitable-; es decir, con una sola frase, al mejor y más puro estilo Hemingway: quienes matan son las personas, no las ideologías; por más que lo hagan en su nombre

 

Es preciso tener un tino muy ajustado para hundir un navío con un solo disparo, del mismo modo que hay que poseer una lucidez incomparable para destrozar una teoría con apenas una docena de palabras. No sólo la sencillez sigue siendo lo más hermoso del mundo, sino que el talento encuentra en ella su máxima expresión. 

 

        Apenas queda resquicio en mi voluntad para, en primer lugar, agradecer a este maestro de batallas blogueras que, a través del uso magistral de la brevedad, le haya hecho los honores a mi añorado Hemingway; en segundo lugar para, aplicando a la inversa la máxima del escritor norteamericano, reconocer humildemente que a partir de una sola frase suya yo haya podido elaborar todo este largo post; y, por último, para preguntarme angustiado por qué diantres no acabaré yo de aprender tan alta lección, por qué oscuro motivo seguiré cayendo rendido en los brazos de interminables y sinuosas sendas gramaticales que parecen perderse en los horizontes más lejanos y recónditos.


¿Y mi opinión sobre el articulito del ínclito Tertsch? El listón está ya inalcanzable para mí, pero no obstante voy a dar un rodeo para contarle, imaginario y paciente lector, que la visión de este tipo de mente y apellido retorcidos como colmillo de fiera, miembro del sospechoso gremio de los tertulianos, explayándose intelectualmente en los más abyectos lodos de la bajeza humana, me evoca una anécdota (verídica, claro) de cuando realicé el servicio militar (no pretendo frivolizar, sino más bien tratar de manejarme con una sonrisa en un terreno que me eriza los vellos y me arranca los sudores más fríos): el chavalete que, después de una salida vespertina llega tarde a la retreta y es sorprendido por el sargento de guardia accediendo al cuartel, apenas puestos su pies en el interior tras haber saltado por una tapia. In fraganti, vaya. Aquel sargento, de origen canario, un tipo dotado de un sentido del humor propio de su estirpe guanche, teniendo al joven recluta recién capturado allí frente a él, firme como una estaca y tragando saliva compulsivamente a la espera de un arresto de campeonato, de repente se descuelga con un veredicto que aparentemente alivia al soldado: “mañana vasé usté sentinela”. El chaval suspira y repite, mano en la sien, “sí, mi sargento, centinela, a la orden”, para, acto seguido, preguntar: “¿a qué hora me corresponde la vigilancia, mi sargento?” El mando se sonríe con un brillo en los ojos mientras coloca su enorme pistolón sobre una mesa y le espeta un “ya lo buscaré yo; corra usté pronto a la furri (el almacén de suministros) y que le den el material nesesario”. El soldado se despide con el habitual “a la orden” y se aleja camino de su dormitorio, rascándose la cabeza pues no entiende de qué material hablaba el suboficial. A la mañana siguiente lo descubre: en su humor seseante el sargento denomina sentinelas a los soldados que, en cumplimiento de alguna sanción, se ven forzados a limpiar las inmundicias acumuladas en la sentina, que así es como dan en llamar en los cuarteles al pozo negro.

 

Y ahí tengo yo, grabada en la memoria, a buen recaudo del pérfido olvido, la imagen de mi entonces compañero de armas, una vez terminada su sanción, rezumando mierda y repugnantes hedores por sus cuatro costados, las botas marrones –ya nunca más negras-, la cara descompuesta y desencajada después de largas horas de náusea y arcadas convulsas tras haber permanecido hundido hasta la cintura en una marea de excrementos ajenos, saludando, de nuevo tieso y mano en la sien, al sargento canario: “misión cumplida, mi sargento”.


         Efectivamente, en lo profundo de mi mente aquel soldadito que, involuntariamente sometido al rigor castrense, exudaba mugre es hoy este tertuliano, el mismo que intencionadamente no duda en ensuciarse curvando el posible sentido de abyectas ideologías y miserias humanas, concibiendo retorcidas ideas con las que justificar conductas irracionales; el mismo que, creyente ufano y fervoroso de que sus manos se han teñido de tinta y su mente se ha empapado de sentido, no acierta a percatarse de que en realidad todo nos ha resultado una orgía de mierda e inmundicia de lo más depravada. Vamos, que para rubricar el adefesio sólo le ha faltado un colofón apropiado: “misión cumplida, mi sargento”.


Ya ven cómo son las cosas. A veces sospecho que en mi otra vida tuve la suerte de encarnar a la inspiración de aquel Erasmo genial, el mismo que acertó a diseccionar la turbiedad de la mente humana en su Elogio de la locura, pues no me negarán ustedes que no tiene su mérito haber empezado, de la mano de Hemingway, en Las verdes colinas de África y haber terminado en la sentina de un cuartel que ya no existe, pasando por el magistral ejercicio de coherencia y sensatez de un blog personal. Extraños, sin duda, casi esperpénticos, los vericuetos de este mundo mental por el que discurren los pasos de mis cavilaciones. Quién sabe a dónde conducirán… 

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