LA SÁBANA DE CASPER



               Tanto la literatura como el cine nos han ofrecido magníficas muestras de la presunta existencia de seres etéreos, almas en pena que vagan inquietas por los frondosos bosques de nuestra imaginación. Tienen mil nombres, según cada tradición y cultura, o según el grado de escrúpulo de quien los teme y, en voz baja, los menciona: hay fantasmas, trasgos, meigas, aparecidos, espíritus, lémures, manes, y así hasta el infinito. Lo malo de esos espectros es que, una vez abandonan el ámbito del papel o el celuloide y se entrometen en nuestra vida diaria, su presencia se vuelve un insufrible suplicio pues nos los encontramos en las noches más tenebrosas y en los sueños más inquietos. No digamos si se dejan caer por el mundo de la política. Entonces ya se nos aparecen por todas las esquinas, en cada telediario, página web u hoja de periódico, se apoderan de todos nuestros pensamientos, someten cada neurona que portamos y devoran hasta la última brizna de lo que el genial Tolkien dio en llamar el humus de nuestra memoria. Unos coñazos insoportables, vaya.

Hubo quienes, en la lectura profundamente imaginativa de Las crónicas del sochantre, magistral obra de Álvaro Cunqueiro, hallamos un nuevo grupo de héroes en aquella hueste de difuntos que, mientras recorrían los caminos de la Bretaña francesa, allá por el siglo XVIII, a la espera de encontrar la merecida paz en algún rincón del camposanto, secuestraron al famoso Charles de Crozon y se lo llevaron de juerga durante tres largos años. Otros lloraron de emoción y momentáneamente retornaron a sus infancias viendo las travesuras y desventuras del genial y rechoncho Casper (¡Boo!). Ninguno, empero, conseguiremos jamás digerir la presencia de ciertos aparecidos que últimamente, incordiones, odiosos, tercos y contumaces, andan tocando las narices con sus visitas, hoy sí, mañana también.

El asunto de las apariciones de espíritus que creíamos ya olvidados está dando mucho juego esta última temporada de crisis y quizá por ello asistimos atónitos al horroroso espectáculo ofrecido por un par de ectoplasmáticos exjefes de estado que vagan despendolados por ahí, y que como no aciertan a encontrar su mortuorio retiro (políticamente hablando, claro) se empecinan en repartir consejos, recomendaciones, dictámenes y cuantas esencias acierten a expeler desde el interior de sus ajados cascarones. Es lo que tienen las sobredosis descontroladas de experiencia y savoir faire, que suelen provocar indigestas incontinencias.

Pero si los fantasmas de felipín y josemari, por muy pesaducos que se pongan, tienen un pase de muleta torera y un entrañable aroma de abuelos cebolleta encaramados a las vigas del techo, hay un espectro cuya presencia, amén de poner los pelos de punta, irrita hasta el aborrecimiento. Ha sido engendrado en los laboratorios del inframundo mediante un proceso más bien estándar, el típico caso del yo me voy y ahí os quedáis, con puesta en escena impecable, atrezzo de lágrimas de cocodrilo, paso fugaz, acaso fingido, por el autoimpuesto eremitorio –insoportable tanta soledad, claro- y regreso inocente por la puerta de atrás: una cuñita hoy, una frasecita mañana, una perlita pasado, y así, rima rimando, en la escena se nos vuelve a colar la prota. Teatrillo del bueno, oigan.

          Ella, lo habrán adivinado sin duda mis imaginarios lectores, no es otra que nuestra queridísima condesa consorte de Murillo (y grande de España), ese verso suelto reconvertido en poema trágico, cuya alma en pena política ha regresado de su particular más allá, allende la laguna Estigia, y se ha propuesto aterrorizarnos cada día, atragantarnos los cereales del desayuno y, en definitiva, jodernos la existencia. Antes con su abundante presencia, ahora con su hipócrita ausencia, la condesita sigue ahí, armada con el noble afán de seguir ajusticiando a mandoble de sable. Ella a lo suyo, como siempre.

Parece claro que en pleno siglo XXI la nobleza constituye un estado de cosas no ya demodé u old-fashioned (que si ella sabe idiomas no vean el que esto escribe) en el ámbito de lo social; sin embargo, por no menos cierto hemos de tener que, aunque los aristócratas no se ven demasiado favorecidos en la descolorida foto de la política (pues evocan revoluciones sumamente cruentas), su transparente presencia en el limbo de los espectros da un juego magnífico. Siquiera como voces rumorosas -los fantasmas tienen acuñada una bien merecida fama de ruidosos- que colman de susurros los oídos de gobernantes pasmados.

Ahora resulta que por causa de tan fantasmal regreso tiene el nuestro presidente (o lo que sea ya) un problema muy gordo con el espíritu de la Aguirre -cólera de dios en estado puro e ígneo- dando vueltas por nuestras arboledas políticas, lenguaraz y descocada hasta lo absurdo, en busca de una tumba a su medida que parece no encontrar, tal vez porque no se tiene por cierta su existencia (dicen que no ha nacido excavador lo suficientemente hercúleo para tan abismal agujero). Y no da la impresión de saber el jefe cómo hincarle el colmillo a tan etérea y volátil presencia, ya saben, ahora me ves, ahora no, y el inútil sabueso lanzando zarpazos al aire. A lo peor, no es ya una cuestión de incapacidad de nuestro mandamás -aunque esa debería ser la primera sospecha de tan pánfila figura-, sino quizá un atávico crédito hacia las errabundas e inmateriales existencias, secuela de su raigambre galaica, la misma que parece empujar, dicen, a la creencia en santas compañas y otras veleidades fantásticas.

Y así, mientras en los fogones del gobierno pergeñan el modo de hacer cautivo a tan ágil trasgo y librarse de él, ella continúa de acá para allá, ahora entre la sedosa niebla de la pérfida albión, más tarde envuelta en rojo universitario subido, luego en las profundidades de su blog, siempre espolvoreando por doquier el encanto de su ingenio: "Tenemos dificultades inmensas en la economía, es verdad, pero también es verdad que tenemos el doble, o que España está el doble de mejor que la última vez que tuvimos una crisis, por tanto saldremos de esta..." "Muchos de nosotros creemos que si somos capaces de ganar en un deporte que todo el mundo juega, seguramente seremos capaces de salir de la actual crisis económica y crear de nuevo más trabajos que nadie en Europa, como ocurrió durante la presidencia de Aznar..." "La fuga de jóvenes cualificados al extranjero es motivo de orgullo..." Esencia de espanto en frasco grande.

           La última tropelía del espíritu de la señora condesa ha sido descolgarse con otro nuevo reproche a quien tiene por usurpador de un trono que siempre anheló como propio, instándolo a reducir gastos a través de una reforma radical y sin precedentes de las administraciones públicas (sic). Amén de la invectiva, un nuevo embate, una sañuda rebanada al gremio de los funcionarios, esas sabandijas escurridizas, esos incómodos insectos succionadores de los dineros públicos que ella considera suyos, la prescindible chusma a la que hace tiempo demostró su afán por aniquilar sin piedad alguna. Y es que según la graciosa verborrea de su merced, la medicina que arreglaría todos los males económicos de este país consistiría en hacer una brutal escabechina entre los holgazanes peones de la función pública, bajo la premisa ineludible de que el dinero emanado de quienes religiosamente pagamos impuestos acabe en las manos de los empresarios, que han de ser los encargados de generar la riqueza, los elegidos para la gloria. No ha acertado mi bienamada hidalga a explicitar a qué tipo de futurible riqueza hacía referencia, ni tampoco a determinar quiénes habrán de ser los propietarios finales de la misma, aunque barrunto que no hay que ser particularmente espabilado para deducir las respuestas a ambos interrogantes. Ya sabemos bien cómo se las gastan estos aristócratas de rancio abolengo: quitar a los pobres para que los ricos sean más ricos. En pena como en vida, sometiendo a la plebe.

Qué quieren que les diga, que a mí estas apariciones me aterran más que el Poltergeist ese; que me ponen los pelos como escarpias y me producen escalofríos incontrolables. No consigo conciliar el sueño con el fantasma de la señora condesa rondando mis duermevelas, mostrando su porte gélido, su sonrisa tétrica, su huesuda mano guadaña en ristre, el rostro oscurecido por una penumbra impenetrable, un manto negro como noche sin luna; se me aparece constantemente abrigada en música de funeral, repitiendo siniestramente, con un ritmo solemne, horrendo, las palabras de la canción de Branduardi:

Sono io la morte e porto corona,
io Son di tutti voi signora e padrona,
e così sono crudele, cosí forte sono e dura
che non mi fermeranno le tue mura. 
         (Yo soy la muerte y porto corona;
y yo de todos soy señora y patrona;
soy tan fuerte, tan cruel, tan impávida y tan dura,
que no tengo ni compasión ni cura).

Cuentan que los fantasmas no son sino simples reflejos, deformados, de los deseos insatisfechos de los hombres. Con el debido respeto, voy a discrepar de medio a medio: la ínclita condesa nunca será cromo en mi álbum de deseos, ni siquiera en los insatisfechos. No añadamos más terror al que ya provoca su estampa.
              
          Habrán descubierto sin esfuerzo que no me complacen en absoluto estas visiones macabras de aparecidos indeseados, fantasmagóricas figuras de aristócratas entregados a bajas pasiones medievales, anhelantes de un retorno eterno a cavernas penumbrosas que solo buscan emborronar y oscurecer la luz de aquellos ilustrados que consiguieron acabar con el misterio de su arraigada condición social. No sé, mis miedos se basan en una creencia mitad absurda, mitad real: temo que, como en el libro de Cunqueiro, estos entes fantasmagóricos acaben por secuestrarnos y en una orgía de lúgubre alborozo nos paseen en comitiva por un paisaje de vientos ululantes y calvarios de granito enmohecido. Y si hay algo que, por el momento, no deseo es convertirme en espectador de un mundo en ruinas. Gracias, pero declino. 
          
                 Ignoro hasta cuándo habremos de soportar a tan incómoda compañera de viaje, pero por el bien de la humanidad y de nuestra propia cordura, espero y deseo que la fuerza de un vendaval o el torrente de mil lluvias nos liberen de este espectro para siempre. No siendo que a algún torpe presidente de (des)gobierno se le ocurra dejarse cautivar por un ángel caído envuelto en la sábana de Casper.

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