EL VERDADERO ORIGEN



       Recién terminada la lectura del libro Forgotten Founders (puede leerse online en este enlace o descargarse legalmente pinchando en este enlace), me encuentro inmerso en otra de esas encrucijadas en las que la cavilación y el raciocinio tienen a bien, o a mal, ustedes verán, depositarnos de cuando en vez. La obra me ha impreso un marchamo de satisfacción como pocos antes. Su título, desde luego, así en crudo, puede no resultar demasiado atrayente, mas su contenido muestra una verdadera obra de arte en materia de investigación. Se trata de uno de esos manuales de erudición tan propios del scholar americano, plenos de rigor, tesis e ideas, todas y cada una de ellas prolija y meticulosamente documentadas en innumerables citas y notas a pie de página, y argumentadas con una seriedad y una constancia tan solo al alcance de los eruditos que se baten el cobre en un mundo aterradoramente competitivo. Una joya.

El autor, Bruce E. Johansen, es profesor en la Universidad de Nebraska, y a lo largo de las páginas de su obra nos enfrenta a la simiente de un presupuesto que a buen seguro habrá producido un prurito de inquietud en la ortodoxia histórica occidental, tan acostumbrada, por otra parte, a despreciar cualquier argumentación que se atreva a adentrarse en los vericuetos del bosque que se extiende a ambos lados del camino oficial. Su tesis se centra en la existencia de todo un sistema socio-político de carácter democrático en las comunidades indígenas de Norteamérica en el momento en el que los primeros colonos puritanos alcanzaron las costas de los actuales Estados Unidos. La quintaesencia de estos antecedentes democráticos residía en la Liga de las Naciones Iroqueses, una confederación de seis pueblos nativos cuya tradición hunde sus raíces en lo inmemorial de los tiempos.

Considerando que los primeros cien años de asentamientos puritanos en las costas norteamericanas discurrieron por los cauces de la paz y la fraternidad con los pueblos indígenas que allí encontraron (y que en más de una ocasión ayudaron a preservar la pervivencia de aquellas frágiles comunidades de hombres blancos), el autor acierta a entender que el intercambio socio-cultural fue mutuo, si bien la balanza en el input de conocimientos se decantó necesariamente hacia el lado de los recién llegados, siquiera porque estaban mucho más necesitados de los hábitos y rutinas necesarios para su supervivencia en un medio que les había recibido con no poca hostilidad. En definitiva, que lo más lógico, como siempre, fue lo que prevaleció entonces: que los indios resultaron ser unos buenos maestros para el hombre blanco en cuestiones de vida o muerte. A partir de este sencillo planteamiento, Johansen demuestra hasta qué punto el sistema basado en el estado de derecho y pleno de rasgos democráticos (por los que hoy día todavía luchan tantos y tantos países) que regía la vida de los indígenas influyó en la creación de la nación americana, comenzando en el Albany Plan (1754), el plan de unión de las 13 colonias primigenias (para frenar a los enemigos, primero franceses, después ingleses) y culminando en la redacción de la Declaración de Independencia (1776).

La argumentación resulta categórica y difícilmente rebatible y de ella se deduce que sin la influencia necesaria de aquellos indios hoy no habría libertades y derechos en Norteamérica. Y, consecuentemente, en el resto del mundo, especialmente en Europa, dado que parece comprobada la influencia que la revolución americana tuvo en la toma de La Bastilla.

Aparte de preguntarnos insistentemente por las fuentes originales de las cuales tomaron su sistema democrático las naciones iroqueses, (aquí es donde comienza el misterio: ¿de dónde demonios sacaron los indios aquellas ideas?) y teniendo en cuenta que la revolución norteamericana tuvo lugar 13 años antes que la revolución francesa, y que fueron muchos los contactos entre los próceres yanquis y las élites intelectuales francesas, la cuestión casi surge sola: ¿de qué fuentes se abastecieron realmente Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot y compañía, para componer el material ideológico con el que construyeron el pensamiento que alimentó a la revolución de 1789 y que hoy día es considerada el origen de la Europa democrática tal y como la conocemos? ¿Seguro que fue únicamente de sus conocimientos acerca de la tradición grecorromana? Al parecer, la cosa ya no está tan clara.

    Antes de leer el libro mencionado, apenas albergaba dudas acerca de que el origen de estas ideas revolucionarias francesas había tenido mucho que ver con el conocimiento que los ilustrados, tanto franceses como anglo-americanos, habían adquirido sobre las instituciones sociopolíticas y la tradición clásica grecorromana, pues nunca dejaron de ser eruditos ratones de bibliotecas bien surtidas. Y así lo expresé en uno de mis anteriores artículos (Los paletos del 87). Sin embargo, después de haber leído la concienzuda obra de Johansen y reflexionado sobre su profunda y seria argumentación, no me ha quedado más remedio que reconsiderar mi postura. Al fin y al cabo, la teoría de las fuentes clásicas, por muy arraigada que se halle entre la ortodoxia histórico social del viejo continente, tropieza con imponderables muy serios y de difícil solución. Uno de ellos el vasto océano, más de veinte siglos, de animalismo social que separa la existencia y desaparición de la demos griega y la revolución francesa. Dos mil años que no hicieron más que enterrar de manera sistemática, con la inestimable ayuda del pico y la pala del feudalismo y la Inquisición, cualquier vestigio democrático que osara florecer. Ni Atila tuvo tanto éxito devastando praderas.

Supongo que el encaje de las piezas en el puzzle histórico se hace más llevadero si consideramos que una buena parte de esas ideas democráticas observadas en los indígenas fueron exportadas a Francia por los diplomáticos americanos, Franklin, Adams o Jefferson, y por revolucionarios europeos como Thomas Paine, quienes las habían asumido tras muchos años de contacto y aprendizaje. De hecho, Benjamin Franklin, de quien he traído a este blog uno de sus más afamados artículos (Observaciones sobre los salvajes de Norteamérica), ejerció como embajador americano en Europa por espacio de 25 años, muchos de ellos vividos en París, en donde frecuentó con inusitada asiduidad la compañía de los más grandes pensadores de la época, tanto ingleses como franceses. Indudablemente la permeabilidad propia de las mentes abiertas de aquellos filósofos era el terreno abonado para que las ideas democráticas cuajaran y dieran lugar al hecho más relevante de la historia de la humanidad. ¿Debemos, entonces, cuestionarnos el verdadero origen de nuestras democracias y del estado de derecho, unilateral e insistentemente atribuido a la tradición clásica grecorromana? Johansen opina que sí: 

The rationale for revolution that was formulated in Philadelphia during those humid summer days of 1776 threw down an impressive intellectual gauntlet at the feet of Europe’s monarchies, especially the British Crown. Franklin, Jefferson, and the others who drafted the Declaration of Independence were saying that they were every inch the equal of the monarchs who would superintend them, and that the sheep of the world had a natural right to smite the wolves, a natural right guaranteed by nature, by the precedent of their ancestors, and by the abundant and pervasive example of America’s native inhabitants. The United States’ founders may have read about Greece, or the Roman Republic, the cantons of the Alps, or the reputed democracy of the tribal Celts, but in the Iroquois and other Indian confederacies they saw, with their own eyes, the self-evidence of what they regarded to be irrefutable truths.
 

En fin, sospecho que a partir de ahora nada en mi conocimiento de la historia universal moderna será igual bajo el eclipse que supone una duda tan seria como la que Johansen logra implantar en nuestro acervo cultural. De hecho, después de haber leído Forgotten Founders, cada vez tengo más claro que el germen de nuestra democracia europea pudo haberse gestado realmente en el Gran Consejo de las Naciones Iroqueses, tanto o más que en la tradición griega clásica (de la que sin duda tomó, por necesaria proximidad, elementos distintivos), y que viajó hasta el viejo continente en la mente de personajes como Franklin. Es, no obstante, una opinión personal, muy controvertida, por supuesto, a la par que discutible. Pero puede que ahora que la vieja Europa está más achacosa que de costumbre, tal vez sea el momento de desenterrar los viejos secretos y las pociones mágicas para buscar soluciones originales.

El conocimiento, tantos siglos después, sigue siendo una gran virtud.



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