¿Y SI H.G. WELLS TENÍA RAZÓN?

      La última noticia que me deja el alma helada arriba al puerto de mi mente envuelta en una bruma espesa y amenazante, espectral como las sombras en una noche tenebrosa, destilando el asqueroso aroma de esta infecta cloaca -agujero negro sin fin ni horizonte- en la que andamos metidos desde el día en que nos pusieron delante unas urnas acristaladas para que hiciéramos el majadero con ellas. Descubro, atónito y derrumbado, que los dueños de la calle y cuanto la puebla y recorre, han dado orden directa y prioritaria a la policía para que identifique y detenga a todos cuantos participen en manifestaciones cerca de los domicilios de los políticos. Otra piedra en el muro, otra capa de hormigón en el búnker, otra lámina en el blindaje, otra brigada en el ejército de la disuasión. Y el latigazo se me clava inmisericorde hasta el tuétano, duele y escuece lacerante en las espaldas saturadas de cicatrices. Y, de paso, el rebenque se lleva adherido, peaje cruel, un nuevo tasajo de dignidad.

El escalofrío ante la mala nueva es aterrador y, como el gélido aliento de la vieja dama de la guadaña, envuelve hasta el más recóndito rincón del cuerpo, atenaza hasta los sentimientos más nobles. Entonces, tal vez accionado por un mágico e instintivo resorte, el mecanismo de la memoria se pone en marcha, trayendo de inmediato el recuerdo de uno de aquellos maravillosos libros de juventud, The Time Machine (La máquina del tiempo) del genial  H. G. Wells, una de las historias que más fieles se han mantenido en el largo viaje hasta este viejo entendimiento, un relato que me ha acompañado infatigable, tenaz, testarudo, guardado en el fondo de la mochila, a lo largo de mares y desiertos, cumbres y simas, alcores y bajíos, sorteando temporales y bonanzas sin rechistar. Lo tengo siempre presente, y al alcance de la mano en el hemisferio que corresponda, porque contiene una de las imágenes que más me han impresionado desde que tengo uso de razón: el inquietante viaje a ese mundo del futuro en el que una parte de la humanidad vive en la superficie y disfruta feliz en la hermosura de la naturaleza mientras la otra se oculta en el inframundo, miserable, sometida, animalizada, esclava del desprecio y la discriminación, exiliada de cualquier condición. Un panorama aterrador.

     A la misma orilla me llega el oleaje de otras presencias, como las lecciones aprendidas, las sabias moralejas que desde niño he abrazado cual salvavidas existenciales, tablas a las que se aferra el náufrago que porto ahí dentro, donde nadie puede llegar, una de las cuales ha tenido que ver con el enorme tino que siempre han mostrado los escritores del denostado género de ciencia-ficción: Julio Verne predijo los viajes a la Luna y los periplos submarinos en naves tripuladas y Arthur C. Clarke vaticinó las comunicaciones vía satélite y el comercio global. Y nadie parece querer recordarlo o asimilarlo como una certidumbre de olvido imperdonable. Por eso me aterra pensar que acaso H. G. Wells tuviera razón, no porque efectivamente se pueda viajar en el tiempo, sino porque tal vez nos veamos en algún momento obligados a enfrentar un futuro en condiciones tan crueles como las que él mismo predijo.
       
         En mi sempiterno y nunca moderado pesimismo, no acierto a sacudirme el miedo al futuro, quizá porque no dejan de asediarme las evidencias de que nos hallamos inmersos en un verdadero éxodo a través del tiempo, y a paso de cangrejo, eso sí, tal y como expuso Humberto Eco en su obra homónima. Mas el nuestro no es sino un periplo paradójico pues en lugar de avanzar, retrocedemos inexorablemente hacia la Edad Media. Es un viaje a contracorriente, angustioso y extenuante, porque mientras los calendarios y relojes avanzan imparables e indómitos en pos del futuro, nuestras existencias se ven forzadas a emprender un camino en dirección opuesta, hacia el pasado feudal. No creo que nadie pueda negarme que el reciente y enorme listado de privaciones, secuestros y robos de derechos sociales que ya teníamos plenamente adquiridos por aspiración legítima, no sea sino una muestra irrefutable del sentido retroactivo de nuestro destino final. 

            Nos despojaron de la dignidad laboral, escolar, sanitaria, y  judicial, emblemas que hemos enarbolado con orgullo y satisfacción durante mucho tiempo. Demasiado como para permitir que ahora nos sean sustraídas bajo el miserable pretexto de que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. Moriré, si es preciso, antes de admitir semejante falacia, me resistiré hasta el agotamiento antes de cometer la infamia de negar la evidencia de que resulta posible un estado del bienestar con un esfuerzo común, sin poner en riesgo nada. Resistiré, siquiera por decencia, tan solo por ser capaz de poder mirar a mis hijos a los ojos y decirles, con eso que los italianos tan bellamente llaman lo sguardo, que hice cuanto estuvo en mi mano para contener al enemigo. Enloquezco imaginando cómo huestes innúmeras de mentecatos abrazaron tal sinrazón, la creyeron a pie juntillas, víctimas de una enajenación difícilmente explicable y se olvidaron de las otras crisis anteriores, de aquellas a las que finalmente derrotamos sin necesidad de renunciar a cuanto habían logrado nuestros padres. El petróleo, las bolsas, los mercados internacionales y mil y una de esas diabólicas invenciones de los economistas nos sumieron varias veces en el fondo de momentos demasiado duros. Mas nuestra calidad de vida en lo que realmente hemos de tomar por importante (sanidad, educación, justicia) jamás se resintió, lo que viene a demostrar, ¡ay!, que lo que nos toca vivir no es más que una estafa de los poderosos.

       Releo la noticia una vez más y me convenzo de que ahora, después de haber perdido lo más sagrado de la modernidad y, por ende, de la humanidad, es decir, los derechos, los malnacidos de siempre, esos mismos que se golpean el pecho en sus rituales dominicales y fingen ser bondadosos, vienen, homini lupus, a por más: ebrios de sangre y en pleno síndrome de abstinencia se aprestan a hincar las fauces en nuestro derecho a protestar. Lo de la pernada es cuestión de tiempo. 

       Ruego encarecidamente a mis imaginarios lectores tengan la bondad de repasar cualquier manual de historia que a mano alcancen. Escudriñen, por favor, lo relatado en los rincones más medievales de sus páginas en busca de episodios parecidos a los latrocinios que llevamos padecidos durante los últimos quince meses. Suplico hallen vestigios de paralelismos entre la maníaca furia recaudatoria de los monarcas medievales (que despellejaban, a golpe de fusta y látigo, las carteras de la plebe para pagar sus fastos y guerras) y la incesante y cada vez más ansiosa vampirización impositiva que padecemos (IVA, IBI, IRPF, carburantes, sueldos…). Imploro encuentren similitudes en el maltrato que los poderosos privilegiados mostraban hacia el común de los mortales y la infame prohibición recientemente impuesta, por vía económica, cómo no, de nuestro, antaño sagrado, acceso a la justicia. Demando sopesen el parecido entre el absolutismo del antiguo régimen y la actual falta de representatividad, con este Congreso bunkerizado y estos parlamentarios descaradamente entregados al dictado de organizaciones extraparlamentarias, también llamadas partidos políticos. Finalmente, y esto es lo que nos ocupa en esta reflexión, exhorto imaginen, como cara y cruz de la misma moneda, las murallas, los fosos y los ejércitos de guardias en los castillos y palacios reales a modo de defensa, frente a la persecución de quienes ejercen el derecho constitucional a manifestarse por la calle. Como colofón grotesco a su investigación histórica, les aconsejo pongan frente al espejo de su inteligencia el papel deplorable de las sectas religiosas oficiales. Verán que ahí es justo cuando los botones del abrigo encajan perfectamente en sus ojales. 

          Lo único que cada tarde que se escabulle voy teniendo por cierto es que el mundo, al menos tal y como lo conocíamos, y con él el futuro, tal y como nos lo habíamos imaginado, son más oscuros e inciertos. La esperanza se nos desvanece con cada nueva ley, con cada nuevo impuesto, con cada nueva privación, con cada nuevo policía que es enviado a tomar la calle. No me cabe la menor duda de que nuestro punto y final lo marcará, irremediablemente, el silencio: seremos nada cuando enmudezcamos, voluntariamente o a la fuerza. Eso lo saben los poderosos y por eso se esfuerzan en silenciar nuestra voz sea como sea.
 
         En un uno de mis anteriores posts terminaba con una reflexión nada halagüeña: que de seguir por este camino, acabaríamos haciéndonos daño unos a otros. Con mucha tristeza no sólo me reafirmo en ello, sino que barrunto que esta vez yo mismo seré Wells, Verne o Clarke, y que a no mucho tardar algunos viviremos bajo tierra y unos pocos se quedarán con la luz, el agua y el aire que nos sustentan. Ni exagero ni percibo un simple asomo de solución a mis temores desde el momento en el que no acierto a resolver el enigma fundamental, la cuestión clave, la pregunta que no me deja cerrar el círculo de la esperanza: ¿cómo se acaba con la codicia?

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