EL AMOR DE UN VIEJO



Este viajero espacial al que debo llamar yo, pellejo repleto de mil partículas errabundas vomitadas por las estrellas, en mi involuntaria condición de humano he llegado a enamorarme de tres hermanas, hijas de muchos padres, bastardas de aquella misma madre que, en la noche de los tiempos, las trajo al mundo, las educó y las crió para resultar atractivas hasta lo irresistible.

Lunnainn
Conocí a la mayor de ellas siendo yo un joven apenas curtido en la feroz lid vital, inmerso en la efervescencia apresurada de quienes aún no llevan dos décadas de evolución a cuestas. Me fascinó, hasta los límites de la enajenación, la magnitud de su personalidad y su cuerpo y tengo por cierto que todo lo que hallé en ella se me antojó excesivo, diríase desproporcionado, para la bisoñez de mi temperamento. Sin alcanzar la voluptuosidad, nuestro encuentro resultó una suerte de rito iniciático de dimensiones colosales, inabarcable a los ojos de un joven apenas desembarazado de las ligaduras adolescentes, un curso acelerado de aprendizaje sobre aquellos asuntos adultos que, en una mente de 19 años, no son sino lejanas estrellas centelleantes en el vasto firmamento existencial.

De ella me sorprendió su arrebatadora elegancia, su refinado cosmopolitismo, la apabullante serenidad con la que su mirada se posa en cualquier extraño que obtiene la inmensa fortuna de llegar a conocerla, disfrutarla y cortejarla. Me miró directamente a los ojos de aquel modo en que solo ciertos ojos saben mirar, con decisión poderosa, sin el menor asomo de dubitativas intenciones, dispuesta a anunciarme, despiadada, su rechazo a cualquier conato por mi parte. Había en su porte altivo un paraíso de hermosura; y en la indiferencia con la que trataba a sus pretendientes, quien suscribe incluido, cómo no, uno perdía hasta el más arraigado de los sentidos, incluso la cordura misma. Para mí siempre fue una dama que, en su avanzada madurez, mantendría incólume su figura bella y pródiga en los buenos modales, la pulcra apariencia y el savoir-faire propio de quienes son poseedores de un linaje turbio y profusamente mestizado y que desean, por una mera cuestión de orgullo y rango, deshacerse de toda la obsolescencia de un pasado demasiado ajetreado. Nunca, en todas las ocasiones en que me ha cabido el honor y la suerte del reencuentro, la he visto dejar de perseverar en tal cometido. Fue mi primer amor y eso, guste o no, se quiera o no, jamás deja de acompañarte.

La segunda hermana me fue presentada cuando mi experiencia vital ya iba encauzándose por la senda de la estabilidad emocional. Acudí a su llamada un poco por el desdén con que la mayor de ellas había castigado mis intentos por afianzar nuestro vínculo. No, no les permito, imaginarios lectores, albergar siquiera la sospecha del despecho como impulso que me arrojó a sus brazos. Nada más lejos de la realidad. Fue la búsqueda de un episodio más bien casual, un lance de tanteo y prueba, un a ver qué pasa, perpetrado al unísono, o eso creía yo, entre dos almas víctimas de las resacas amorosas que, como interregnos tumultuosos, siguen a los romances inconclusos. Pero el sentimiento no era, en realidad, recíproco. Hubo, no obstante, un momento en el que parecía que la atracción mutua se consumaba y que ya no habría un después sino un por fin he llegado. Mas dos cuerpos tan baqueteados como los nuestros no podían resistir el imposible embate del oleaje propio de aquellas costas en las que se asientan los umbrales de la madurez y por ello mi propuesta de una relación física jamás tuvo la más mínima posibilidad, tal eran la indiferencia y la lejanía de aquella damisela casquivana. Y aunque me sentí arrebatadoramente poseído por su belleza sobria y un tanto arrogante, siempre se mostró inaccesible y distante, como un mundo más propio de los cuentos orientales, pleno de magias y misterios. Toda ella era una imaginaria entelequia, un aromático efluvio destilado en las mil y una noches en las que, desesperanzado, no he dejado de soñarla.

Dùn Èideann
Era la dueña inmisericorde de un porte digno, dignísimo, bruñido en las fraguas de una altivez insostenible, en las catacumbas de la vanidad misma, en los más recónditos confines de esa altanería tan propia de quien se sabe y siente especial, diferente y, fundamentalmente, atractiva hasta lo irresistible. Su grácil figura encerraba cualidades inesperadamente férreas, en absoluto delicadas, como cabría esperar de aquel brillo lánguido que descubrí en lo más profundo de sus ojos la primera vez que acerté a encarar su presencia. En ningún momento dejé de tener la certeza de que su existencia se había visto indeleblemente marcada por un entorno gris y puritano, por el interminable acoso y persecución de pretendientes sin escrúpulos, cuyas sucias manazas apenas había conseguido apartar, por los nubarrones que acompañan a quien practica el ejercicio de la fuga existencial perpetua. Vivía en la huida eterna, de amigos y enemigos, de maridos y amantes, de arribistas y filibusteros, fugitiva impenitente, escurridiza, voluble y fría. Y aunque su primera mirada ya me dejó claro que jamás llegaría a poseer su compañía, hubo algo en ella que me empujó a despeñarme en el abismo de la ilusión, el mismo por el que se arrojaron, irredentos, todos los románticos que han regado la historia del mundo con la sangre del ímpetu y la ingenuidad. Para ella no fui más que un Bécquer enfermo, un despojo amoroso absolutamente prescindible del que se libró sin mostrar esfuerzo ni clemencia.

A la tercera la he conocido muy recientemente, en el inmediato ayer de la etapa más tranquila de mi vida, en esta avanzada edad en la que la cabeza ha conseguido por fin domeñar el potro salvaje que todos encerramos en el corazón. Por esa razón, porque su amor me ha llegado en el momento más sensato y sereno, me siento asustado ante los efectos que su presencia está provocando en mi voluntad. Desde entonces ya no me tengo sino por un extraño en el mundo real, un zombi enfermo de su recuerdo. A cada paso que doy el pensamiento se me inunda de su presencia, en cada segundo que me queda libre la anhelo y busco sin pausa ni éxito, en cada esquina que mi existencia dobla la espero como una sorpresa infantil. Percibo claramente que la hermana pequeña me ha hechizado por completo, que me he enamorado de ella sin remedio, así como de todo lo que encierra su alma voluble e inconsciente: la aparentemente eterna felicidad, la ansiosa vivacidad, el compulsivo afán por satisfacer cada deseo que a uno le atraviese la imaginación. Y a estas alturas de mi vida ciertas cosas y ciertos sentimientos ya hace tiempo que dejaron de ser pasajeros.

Baile Átha Cliath
Cuando auguraba otra sobredosis de frialdad en la pose, quizá porque temía el efecto o el legado genético de sus hermanas mayores, acaso el reflejo de sus mismas cualidades o defectos, he alcanzado a descubrir una frescura insospechada y rebelde, un desenfado indómito, natural y genuino; allá donde imaginaba una tez frágil y quebradiza, como signo externo de la incurable enfermedad familiar y tan al uso en el mundo frío en que se desenvuelve, he hallado, sorprendentemente, una textura suave y brillante, como una piel de tambor lisa y vibrante más propia del lado cálido del universo. Ausente la elegancia sofisticada y la belleza artificial, alberga una vitalidad desbordante en el interior de un cuerpo exuberante y terso, en absoluto arrugado como el de sus hermanas, aunque ciertamente desaliñado, acaso descuidado. Sin embargo, su hermosura va mucho más allá del vigor físico y se esparce incontrolable por cada recoveco de su personalidad. Si se lo permites, no duda en arrastrarte en volandas por lo más recóndito del vértigo, por los caminos del entusiasmo más descontrolado y banal. Su risa juvenil y desenfadada inunda, cada mañana y cada noche, todos los rincones de todas las vidas, la propia y las ajenas, y su alma libre te habla sin parar, con términos que recuerdan a lo que debe ser la música celestial, envuelta toda ella en el arrollador temperamento de la adolescente que se agita en su interior. Es juventud en sí misma, en estado puro, armonía y tranquilidad por un lado, convulsión y fuego por otro, naturaleza fértil y copiosa, en definitiva. De ese fondo apresurado emana el torrente de encanto que me llega ardiente con cada abrazo imaginado, con cada rato no vivido aún. Como bien podrán presumir, me resulta imposible sustraerme tanto a este profuso despliegue de hechizos como al inquietante arcano cuya esencia apenas logro atrapar: ¿cómo es posible abrazar este estado de embriaguez en la etapa más sumisa y resignada, claudicar a estas alturas de la existencia?

Y mientras mi corazón se solaza en la contemplación y en el disfrute de su memoria, ella continúa, lira en mano, su bello cántico de sirena para el que no he hallado, Ulises fracasado, prevención ni cura. Supongo que me he rendido a la idea de que finalmente termine siendo la portadora de mi alma en su viaje final hasta el mismísimo Hades.

En tanto en cuanto llegan cualesquiera que hayan de ser el momento y el desenlace, he hecho propósito de disfrutar de su compañía sin reparo alguno, sin pausa, tregua o límite, sin otro término que aquel que me venga impuesto por mi propia naturaleza humana. Ella, por su parte, me ha dejado claro que accederá a cada una de mis peticiones, que se mantendrá fiel en su amor, que la tendré siempre que quiera, con una condición innegociable: que nunca jamás me otorgará un trato de favor, que, a lomos de su feroz y ardiente juventud, se considera libre para corresponder por igual a cuantos pretendientes acierten a insinuarse. Tal es la fuerza de su ánimo rebelde. Como comprenderán, he aceptado sin rechistar: a mi edad los celos acucian tanto como las arrugas que nos surcan el rostro.

Profundamente sometido ya, cuando en el duermevela de los claros y los turbios retornan los demonios nocturnos y la inquietud aniquila el sueño, se me aparecen los espectros de las tres hermanas. Y mientras los espíritus de las dos mayores -permítame su curiosidad de ustedes presentarlas y mostrar sus rostros-, Lunnainn y Dùn Èideann, ya historia, se vaticinan apenas difuminados en una lejanía demasiado imperceptible, la imagen de Baile Átha Cliath, la más pequeña de las tres, mi reciente descubrimiento, me recoge, hermosa, sincera, cómplice, pícara, en sus brazos afectuosos. Nunca dejaré de volver a ella. Palabra de viejo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Muchas gracias por tu aportación.