UNA ROSA EN EL AVERNO



Johnny Cash, June Carter, Rosanne Cash,
Carlene Carter & John Carter Cash
       Resulta relativamente frecuente encontrar en la música casos de legado genético, episodios de herencias musicales entre familiares, por lo general de padres a hijos o hijas, en los que las habilidades y el éxito del progenitor se transmiten a sus vástagos. No cabe duda de que es un proceso natural bastante lógico en todos los ámbitos de la vida, ya que las posibilidades de un aprendizaje de calidad aumentan exponencialmente cuando se tiene al maestro en casa y cuando dicho maestro es una estrella de fama mundial. Otra cosa diferente es que el aprendiz consiga mejorar el producto que hereda.

Yendo un paso más allá en este proceso puramente genético, a mí siempre me han llamado poderosamente la atención las sagas musicales propias de la música country americana, casos en los que la transmisión de la maestría en la ejecución va más allá del simple paso padre-hijo y se manifiesta también en los hijos de los hijos, creando un vínculo trigeneracional. Estoy pensando ahora mismo en dos de las más afamadas familias de este mundillo del que participo como consumidor compulsivo desde que tengo uso de razón: los Carter-Cash y los Williams. Emparentadas entre sí las dos primeras -y formando un tronco común bastante desnaturalizado si establecemos una comparación cualitativa con los primeros padres de ambas dinastías- voy a centrarme en hablar de estos últimos, cuyos miembros más aclamados en el panorama musical han resultado ser asimismo paradigma de una vida personal plena de truculencias y episodios tan oscuros como autodestructivos. Antihéroes pata negra.

Hank Williams, Sr
El primer día del año que vivimos se cumplieron 60 años de la muerte del padre fundador de la música country contemporánea, título merecidísimo y unánime del que disfruta la memoria de Hank Williams Sr. La abreviatura al final del nombre les dará una pista de por dónde van a ir los tiros. El periplo vital de Hank Senior no fue más allá de los 29 años, edad en la que una brutal sobredosis de morfina, vitamina B12 y whisky se lo llevó por delante mientras viajaba desde Tennessee hasta Ohio en el asiento trasero de un Cadillac. Esta imagen ha servido posteriormente como fuente de inspiración a muchos compositores y artistas (Emmylou Harris, C.C. Catch, Dwight Yoakam…) quienes no han dudado en dedicar una simbólica parte de su repertorio a uno de los sucesos más conmovedores en toda la historia de la música americana.

La vida de Hank Senior fue un magnífico guión para cualquier drama hollywoodiense de calidad, gracias al devastador contrapunto de matrimonios fracasados, hijos extramatrimoniales, borracheras públicas y privadas, drogadicción y accidentes con penosas secuelas físicas, frente a un éxito arrollador, infinidad de números uno en las listas, conciertos multitudinarios y baños de masas, fama y dinero. Todo ello, mezclado con un punto y final en la flor de la juventud, conformó la figura de un icono legendario, un héroe cuyo estereotipo se prodiga por doquier a lo largo y ancho del acervo cultural al otro lado del charco: James Dean, Marilyn Monroe, Heath Ledger, Brandon Lee, River Phoenix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, James Morrison o el inigualable Gram Parsons, por citar solo los ejemplos más conocidos entre actores y cantantes.

La reverencia musical hacia Hank Senior es absoluta e irrevocable en el mundillo country, hasta el punto que ningún artista que se precie de tal calificativo puede pasar por esta vida sin interpretar alguno de sus temas, y todo ello a pesar de las ignominiosas estampas que adornaron su vida, como por ejemplo el infausto día en el que, allá por agosto de 1952, el genio de Alabama fue expulsado del mismísimo Grand Ole Opry en plena actuación, borracho como una cuba. Ni tal deshonor pudo empañar la inmensa calidad de su producción artística.

Hank Williams, Jr
De su primer matrimonio nació Hank Williams Jr, aka Bocephus, un chaval que aprendió (a falta de un padre como dios manda desde los cuatro años) a tocar la guitarra en las calles de una ciudad de medio pelo en Luisiana. Su madre le encaminó desde niño al éxito musical aprovechando el tirón de la figura paterna y a los 11 años ya estaba presto a reparar el orgullo familiar, embutido en un traje blanco de estética bastante hortera, actuando en el escenario más sagrado de Nashville, el archifamoso Rhyman Auditorium, el sancta santorum de la música country, el mismo lugar en el que su padre había arrancado del público hasta seis bises en una actuación memorable en la primavera de 1949.

Hank Junior, por fortuna aún entre nosotros, a diferencia de su padre, no ha seguido el ejemplo de una muerte temprana, pero no se puede decir que no lo haya intentado tras una adolescencia arruinada por la droga y un conato de suicidio al cumplir los 25. Por si ello fuera poco, un accidente mientras practicaba la escalada le llevó a coquetear de nuevo con la vieja dama de la guadaña, aunque salvó por los pelos y gracias al pago de un rostro completamente desfigurado (reconstruido artificialmente) y dos años de penosa recomposición física.

¿Su arte? En líneas generales, se puede decir que nunca superó, ni de lejos, la calidad musical de su progenitor. Bien es cierto que lo intentó hasta la extenuación, pero el éxito no le acompañó hasta que decidió cambiar de registro y coquetear con estilos menos puristas, mezclando el country más gamberro de los intérpretes outlaw (rebeldes heterodoxos e inclasificables en tendencia alguna) con el rock y la corriente denominada southern-rock, un movimiento autóctono de sonidos más bien agresivos para la estética country. Su obra está trufada de himnos subversivos y baladas de contenido ultranacionalista, auténticas apologías del americanismo más aguerrido a cualquier nivel sociocultural, y su personalidad siempre ha sido excesivamente provocadora, alimentada por una ideología terriblemente controvertida. Uno de los azotes más despiadados del actual presidente Obama, frecuentemente se le ha visto enarbolando la bandera del imperialismo más rancio y militante: un tipo pródigo en soflamas a favor de las versiones más recalcitrantes del sistema de la América más profunda y arcaica, nostálgico y añorante defensor de una secesión sureña nunca consumada. Particularmente significativa me resulta su composición If the South Woulda Won (Si el Sur hubiera ganado), en la que, en clave de imaginaria broma (de mejor o peor gusto ya es otra cosa), plantea un hipotético -y bastante esperpéntico- escenario en el supuesto de que el bando confederado hubiera ganado la Guerra Civil americana. Que a los cuatro vientos, en la interpretación de una letra llena de incorrecciones gramaticales y expresada en una suerte de ininteligible dialecto sureño, proponga que el día en que Patsy Cline murió sea fiesta nacional, que en los billetes de cien dólares figure la foto de su padre, que él mismo sea nombrado presidente o que el banco nacional se traslade a Tupelo, Mississippi (la cuna de Elvis), no sólo constituye una chanza burlesca, sino también una declaración de intenciones y un botón de muestra sobre cómo se las ha gastado en lo musical el hijo de la leyenda. Si tuviéramos que resumir en cuatro palabras la vida personal y artística de Hank Junior, no tendríamos otra opción que, al igual que ocurrió con su padre, calificarla como profusamente convulsa, sin término medio entre el cielo y el infierno, y merecedora de un Oscar al mejor drama. Otro pata negra.

Hank Williams III
Pues bien, resulta que de su primer matrimonio Hank Junior tuvo un vástago que, cosas del destino, también anda metido y suelto en esto del guitarreo. Siguiendo la senda de la originalidad familiar, al muchacho se le conoce como Hank III y, de momento, aún en plena efervescencia juvenil, se dedica a alternar la herencia country con nada menos que, agárrense, el punk, el hardcore metal y lindezas por el estilo, haciéndose acompañar de unos modales nada propios de un chico bueno. Vamos, que maneras ya apunta el chaval…

      Como se puede apreciar, la saga se las trae con abalorios y su devenir artístico no conllevaría otra perspectiva más halagüeña que la de un oscuro túnel si no fuera porque en medio de este averno catastrófico ha florecido una rosa llamada Holly. Las mujeres siempre han dominado el bello y noble arte de saber cuándo y cómo rescatar a la humanidad de los peores peligros, quizá por eso la naturaleza las ha premiado con el don de la adaptación a voluntad. Considerémonos afortunados al respecto.

Holly Williams es la nieta de Hank Sr, la hija de Hank Jr y la medio hermana (padre común) de Hank III. Lejos de sentirse devorada por el torbellino existencial y autodestructivo de los varones de su familia, ella ha elegido la senda de la sensatez y, lo que nos enloquece a sus admiradores, el camino de lo natural. Es la gran triunfadora de su estirpe. Y amor a primera vista.

Holly Williams
La he descubierto muy recientemente, en la vorágine de uno de los episodios de actualización musical que acometo de cuando en vez, pantagruélicos atracones con los que acostumbro a saciar mi voracidad de nuevos temas, y, en medio de un par de cientos de discos de variopinta calidad y estética, me ha conquistado sin remisión. He caído rendido a un encanto hasta ahora insospechado.

Después de dos trabajos de excelente clase y un estilo imbuido en las tendencias más o menos propias de la ortodoxia country actual (especialmente brillante su segundo álbum, Here with Me), acaba de caer en mis manos su último trabajo, The Highway, recién sacado del horno, calentito. Y creo que ya nada volverá a ser igual. Muchos mitos y hábitos (de los buenos y de los malos) se me han caído al abismo del que no sé si podré volver a rescatarlos jamás, tal es la fuerza de esta joya cuyo consumo recomiendo a quien quiera experimentar una sensación única de paz y fortaleza interior. En lenguaje de mis alumnos, el disco es una pasada.

El espíritu mismo de Holly Williams, después de destilar los muchos altibajos de su herencia familiar, se ha instalado en todos los temas del disco. La producción del genial Charlie Peacock, limpia y nítida, nos asegura que nada va a interponerse entre ella y la extasiante experiencia con que se recompensará a quienes tengamos la fortuna de escuchar. La composición de los temas es puño y letra de la propia cantante, lo que garantiza un resultado brillante y, por qué no, sublime, de tal modo que, sin necesidad de estridencias, con una acústica refinadísima por su naturalidad y por la ausencia de alambicadas mezclas o acompañamientos orquestales, cada canción emana de la voz y, sobre todo, del alma de esta cantante. Poesía resplandeciente en cada acorde.


Aprovechando la capacidad fónica heredada de sus predecesores familiares, Holly Williams ha sabido encontrar una trayectoria sensata en un ambiente poco proclive para ello, no permitiendo que el hecho de ser portadora de un apellido tan controvertido resulte más una maldición que una fortuna. De eso sabe mucho alguien como Jakob Dylan, uno de sus varios acompañantes en este increíble viaje al fondo de los sentimientos, repleto de voces muy, pero que muy conocidas, tales como Jackson Browne, Dierks Bentley o Gwyneth Paltrow. No, no les voy a permitir, queridísimos lectores imaginarios, ni un ápice de sorpresa ante la presencia de la melancólica actriz en esta obra maestra musical hasta que no tenga certeza de que han escuchado el magnífico tema que cierra el álbum, Waiting on June. Cuando lo terminen, aparte de sentir unas irrefrenables ansias por escucharlo de nuevo, podrán cerrar la mandíbula que el asombro les haya abierto. El mío, más bien estupor, aún no se ha detenido y continúo escuchando el disco sin parar, una vez tras otra, emborrachándome (no con whisky como su padre y su abuelo) con la voz y el empuje de Holly Williams, quien, armada simplemente con la guitarra y con la fuerza de sus sentimientos, me transporta cada vez a lugares emocionales hasta ahora inexplorados. Ello se debe, quizá, a que he encontrado por todos los rincones del disco los ecos de la etapa más personal e intimista de Emmylou Harris, la dama por excelencia del renovador movimiento feminista country, y la voz que más peso ha tenido en mi vicio por este género en ocasiones tan injustamente repudiado. He vislumbrado el más allá en mi música favorita.
                      
          
                   Ningún tema resulta prescindible, más que nada porque ninguno decae en intensidad o se eleva por encima de los demás, por eso no sabría dilucidar cuál de todos ellos es el mejor. Yo, por lo muchísimo que simbolizan y significan su letra y su temática, me quedaría con el primer corte, Drinkin’, un título que, en el seno de una saga como la de los Williams, no habrá dejado indiferente a nadie. Ella misma explicó ajustadamente el origen y el simbolismo del tema:

“This may not be my story at this time in my life (thankfully) but it’s the story of many people around me. Growing up in the south and seeing so many small town tales was really the catalyst for this song. It’s the sad story of a spinning wheel that won’t cease.”

        Ya saben, papa was a rolling stone…

       (letra de Drinkin')
 Algo parecido se puede decir de la canción que da nombre al disco, The Highway, del sublime Happy (el violín, como una lluvia fina y hermosa, cala hasta los huesos), o del casi dueto con Dylan hijo titulado Without You. Para los reticentes un apunte de tranquilidad: country, el justo; banjos y armónicas, defenestrados; dobros y steel guitars, con cuentagotas; ritmos two-step, ni por asomo; fiddle, del que llega hasta el tuétano. Todo es naturalidad, elegancia y mucho, muchísimo sentimiento (pero no del lacrimógeno). Lo dicho, una pasada.



        Les invito a que no dejen escapar la oportunidad de escucharlo: merece la pena (al precio que sea) por lo mucho que recompensa y, especialmente, porque supone, sesenta años después, la restitución del honor y la gloria mancillados que acompañaron inexorablemente a la saga de los Williams. Para quienes, como yo, la música de Hank Sr no cunde por anticuada, en la de Hank Jr no hemos alcanzado a vislumbrar el más mínimo rastro de una minúscula pepita de oro y del mozalbete punk mejor ni hablar, la aparición de esta chica supone una hermosa bocanada de aire puro y fresco, una redención en el más profundo sentido del término.

Gracias, bendita Holly, por este rescate vital, por convertirte en el oasis de tan vasto desierto familiar, por redimir lo que parecía irremediablemente perdido, por traernos esta nueva fuerza. Nunca duraremos lo suficiente para compensarte.

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