NI PUTA IDEA



      Ni puta idea. Sabrán, espero, mis imaginarios lectores excusar tan pobre expresión, la cual, no obstante, ajusta, cual guante ceñido, en la manaza con que deberíamos tapar la boca de cierto ministro nombrado a partir de una pesadilla horrenda. Sí, a buen seguro ya habrán adivinado que nos referimos al ministro de educación e incultura, el mismo al que recientemente se le ha catalogado, en cierto foro político, como "una amenaza en sí mismo, un desafío para la convivencia normalizada y un peligro para el modelo de educación".

      Que un sociólogo tertuliano esté -y continúe- al frente de un ministerio tan importante como Educación constituye una burla hacia la ciudadanía que debe constar ad eternum en el debe del grumetillo que se cree almirante. Grande es la torpeza de quien resulta capaz de unir en las filas del ejército enemigo a todo el abanico de fuerzas posible: profesores, alumnos, familias, rectores universitarios... Grupos que, tradicionalmente, han estado más o menos distanciados en función de sus propios intereses y que ahora, de repente, están siendo tan menoscabados que han conseguido abrazar los mismos objetivos y formar un frente común contra el despropósito. Tiene mérito el asunto, no crean.

      Ningún gobierno de ningún país europeo, de esos que tan a menudo se nos pasan por el hocico bien como modelo a seguir, bien como punto de comparación, se toma la educación tan a la ligera como el nuestro. Y ninguno se ha atrevido a dejar el asunto en manos de un patán que no tiene, como reza el título, ni puta idea. Nada más lejos de ello, posiblemente porque por allá arriba aún conservan una cualidad sobre la cual los de aquí abajo acostumbramos a aliviarnos: la dignidad. Bajo tal menosprecio por la educación sólo puede subyacer una indiferencia cruel hacia el futuro de nuestras generaciones venideras, a las que, a lo que parece, no interesa sino sumergir en la zafiedad. Desde mi punto de vista, este desdén gubernamental e institucional por el destino de nuestra sociedad desmiente el ejercicio de la tan cacareada responsabilidad, la misma sobre la que se sustentó la hipnosis colectiva con que el gran mentiroso engañó a quien se le puso por delante en la última campaña electoral. Mentira tras mentira, traición sobre traición, se nos siguen mofando y befando en pleno rostro.

Volviendo al protagonista de la historia, si al menos el ínclito hubiera mostrado trazas de pericia (sabiduría ya sería mucho pedir) podríamos apelar a la benevolencia, pero dado el rosario de dislates que acumula su persona, el mozalbete carece ya de toda indulgencia. En la desquiciada inercia de destrozo a la que se ha entregado este gañán de nombre impronunciable, le ha llegado el turno a uno de los talones de aquiles del sistema educativo: la enseñanza, o el aprendizaje, como ustedes prefieran, del idioma inglés, herramienta útil donde las haya en el mundo en que vivimos. Nos guste o no.

No atentaré contra la inteligencia de quienes acierten a leer este post emitiendo un diagnóstico sobre la calidad de la competencia comunicativa en la lengua de Shakespeare que presentan nuestros alumnos: les ofendería, sin duda, que yo les aburriera con el relato de una evidencia como esa. Permítanme, eso sí, el placer de adjudicarle a tal destreza un simple, pero no por ello inmerecido, adjetivo (placer que, habrán notado sin duda, es uno de mis favoritos): tal competencia resulta penosa. Espero, eso sí, que de verdad alcancen a comprender cuán doloroso, en mi condición de profesor de inglés,  me resulta el relato de esta situación; doloroso porque, desde que comencé mi vida docente, no ha habido ni un solo día en el que los políticos, a través de sus esbirros psicopedagógicos, hayan cejado en el empeño de impedir que, por un lado, a los profesores se nos ofrezcan las condiciones óptimas para enseñar inglés como es debido y, por otro, a los alumnos se les garantice el acceso digno a dichas condiciones. Todo ha sido acoso y derribo: los profesores, antaño de Bachillerato, hogaño de Secundaria, de esta asignatura tan importante hemos sido privados de cualquier herramienta, horaria, curricular, docente o material, propicia para ayudar a nuestros alumnos. Estableciendo una comparación futbolística, los profesores de inglés estamos en estos momentos en una situación comparable a la de un portero al que se le impide hacer uso de las manos, se le exige salvaguardar la portería de su equipo y se le responsabiliza por cada gol que encaja.

Pues bien, por si no eran bastante todas las calamidades padecidas hasta ahora, la penúltima de ellas la eliminación de cursos de perfeccionamiento en Inglaterra para el profesorado especialista de Secundaria y Bachillerato, el azote innombrable acaba de hacer pública la última: que se carga de un plumazo todas las ayudas para que los alumnos puedan asistir a cursos de verano en el extranjero (excepto en Francia). Como no podía ser de otro modo, este tipo de fechorías son exclusivas de nuestro reino y no tienen parangón en ningún otro país europeo y, me atrevería a decir, del resto del mundo, y vienen a demostrar, como decíamos en el titular, que el ministro, o lo que quiera que sea el tipo éste, no tiene ni puta idea. Ni falta que hace, porque aquí no cuenta saber de educación sino de economía y tijeretazo. Así estamos.
   
No debería sorprendernos demasiado la jugada porque ya nos dejó bien patente este señor su acérrima antipatía hacia la capacidad multilingüe de las personas, cuando la primera tarea en la que se afanó fue una cruzada de españolización, por vía lingüística, faltaría más, de catalanes, vascos y quienesquiera que se le pongan delante hablando en idiomas que él no acierte a entender. ¡Qué es eso de hablar en idiomas raros, hombre; aquí todo el mundo a rajar en la lengua de Don Miguel! 

No importa, entonces, cuán acostumbrados estemos no ya a ser el esperpento de Europa, sino incluso a revolcarnos grotescamente en las inmundicias de nuestra propia necedad: siempre perseveramos en alcanzar las más altas cotas de lo ridículo. Así, no debería resultarnos extraño el hecho de que el orate que desgobierna y destruye el sistema educativo utilice unos argumentos sumamente sospechosos para intentar tapar la vergüenza de lo injustificable: se eliminan 22 millones de euros en becas para cursos en el extranjero porque dichos cursos no son eficaces (sic). En su lugar se aumentarán los programas de inmersión lingüística en pequeños pueblos de España, cuya efectividad, afirma el mortadelo educativo, se ha probado mayor que la de aquéllos. Uno da en recordar entonces el prefacio de la anterior convocatoria de becas para esos mismos programas de inmersión lingüística en el extranjero que ahora se suprimen, en el que se decía textualmente que “la experiencia demuestra que para obtener un buen conocimiento de otras lenguas es conveniente pasar algún periodo de tiempo en los países correspondientes”, y empieza a quedársele cara de idiota, pensando si estos tipejos no estarán descojonándose de nosotros a la jeta. Y acto seguido la hiel bulle, sublima y rebosa gaznate arriba.

¿Desde cuándo se aprende más inglés en las aldeas de Viriato o de Curro Jiménez que en las urbes de la pérfida albion? A mí no se me ocurre otra respuesta que no sea que en aquéllas, en verano, los panaderos y las lecheras dominan the royal language gracias a alguna suerte de hechizo mágico tipo Mr Norrell, porque si no ya me dirán ustedes. Más aún, si el aldeanismo académico ha de ser la nueva panacea para esto de aprender lenguas extranjeras, ¿por qué se mantienen entonces los programas para asistir a cursos en Francia? La respuesta es tan obvia que da risa: porque aquí lo que cuenta es la pasta. Los cursos en los países anglófonos son caros, mientras que cruzar los pirineos es algo más sostenible económicamente. En resumen, lo de la calidad es una mera añagaza y lo peor de todo es que no hay ni asomo del más mínimo esfuerzo por mantener las apariencias en la explicación, ni rubor torero por incurrir en la incoherencia o por ofrecer excusas infumables. Para qué, si, en su incesante enajenación, el tío del cucurucho en la cabeza está persuadido de que somos todos unos garrulos y nos creemos cada una de sus bribonadas.

El tema no tendría demasiado recorrido si no fuera porque después de que amaine el temporal de imprecaciones, blasfemias y maledicencias que el cuerpo nos pide, nos asaltará, inasequible al desaliento, la duda eterna: ¿a qué sobre irá a parar toda esa catervada de millones?

Si hay que apretarse el cinto, adelante, a ello, pero robarle el futuro a nuestros jóvenes para que la joint-venture Bárcenas-PP siga siendo el contubernio más vergonzoso de la historia europea profunda es una imposición demasiado cruel que no deberíamos aguantar sin, al menos, cortar un par de testas de esas que, a lo que se ve, no sirven para otra cosa que ser uncidas por el yugo del desquicie. Y bien sabemos todos quién ha de ser el primero en subir al cadalso a que le ajusten las solapas…

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