LAS SECUELAS DE SHREK



        Lo mejor de las películas infantiles de animación es que, además de ser aptas para todos los públicos, suelen contener un mensaje interior sumamente interesante que, en la inmensa mayoría de los casos, es aplicable a las vicisitudes de nuestra vida cotidiana.

   Me ha venido a la cabeza la inigualable cinta Shrek (Dreamworks nunca ha dejado de hacer honor a su bien elegido nombre) y, en concreto, la imagen del burro que, a lomos de un dragón (o dragona, que nunca lo tuve claro del todo), entra por una ventana en la boda de la princesa Fiona con Lord Farquaad e, intentando evitar el enlace, amenaza a los esbirros del malvado con la ya celebérrima frase “¡Quietos todos! ¡Tengo un dragón y no dudaré en usarlo!"

Desde que el libro Guinness de los records abrió entrada para el penúltimo gran trincón español, ese de los apuntes con buena letra, y se desató la exacerbada campaña de auxilio en favor del individuo que se ha encaramado al timón de la nave patria, cuyo nombre aparece en esos renglones torcidos de dios, ha estado circulando estos días, en las portadas de los medios, una foto que es el vivo retrato de la misma escenita de burro y dragón de Shrek, pero esta vez con personajes de carne y hueso y nombre y apellido. Y he acertado a percatarme de que es difícil encontrar un ejemplo mejor de solapamiento entre la ficción y la realidad o un encaje más ajustado entre personajes del comic y seres ¿humanos? de esos que vemos cada día. Sí, con toda certeza mis imaginarios lectores ya habrán adivinado las identidades que en uno de mis característicos atracones de perversa maldad yo atribuiría a ese par de héroes de los dibujos animados: el Rajoy y la Merkel encajarían como piezas de puzzle en la referida escena final de Shrek, ¿verdad?, con aquél a lomos de ésta gritando, a cuantos malvados pretenden enturbiar su fingida inocencia, algo parecido a "¡que nadie se mueva, que tengo una Merkel y no dudaré en usarla!"

       Sin entrar a valorar términos como valentía, liderazgo, respeto a los ciudadanos o capacidad de convicción, convendrán conmigo en el alto grado de patetismo que trasmite la escenita: un presidente que ha rehuido las preguntas en su propio país (demostrando que lo de “gobernar desde la responsabilidad” era otra mentira más); que nerviosamente malresponde, ante una pléyade de medios extranjeros, a acusaciones muy graves; que acepta que aunque todo es falso algunas cosas no lo son; y que, como un niño travieso capturado in fraganti, corre a esconderse en las faldas de su mamá. Del “me querellaré contra todos” ni hablaremos, salvo para añorar a Valle-Inclán, quien a buen seguro bordaría un magnífico esperpento con los mimbres de tan inútil paisano. 

        Qué quieren que les diga, que a mí las similitudes con Shrek se me representan bien grandes. Sin embargo, hay una sustancial y, para nosotros, pobres súbditos, decisiva diferencia: en la escena de la película la maniobra del burro y el dragón constituía toda una operación de rescate para que la princesa no se casara con el malo y pudiéramos tener un final feliz. En la comparecencia de los dos pseudonovietes hay un enorme pasteleo (venga, vale, que acepto fingir que yo te protejo) para que los malos se salgan con la suya, amén de una velada amenaza hacia quienes protestan, plasmada en un mensaje que, como los de Capone, no tiene nada de sofisticado, un claro aviso a navegantes: como sigan tirándome mierda encima voy a hacer entrar en escena aquí a la señorita y se me van a ciscar todos por la pata p’alante. La sutileza nunca fue su fuerte.

        En suma, nada de finales felices, amados compañeros de sufrimiento, sino todo lo contrario: en la escena de este mundo real que padecemos no nos está permitido vislumbrar una salvación para nadie, más que nada porque la princesa bienestar acabará casándose, por decreto ley, por supuesto, con el feo y malvado neocon. Alea jacta est. 

      A nosotros, los siervos, nos tocará desempeñar el papel del pretendiente Shrek y nos veremos obligados a cumplir con nuestra hercúlea misión de pobres rescatadores de la economía; pasaremos innúmeras penalidades en la tarea; soportaremos la compañía del burro (y su rebaño de congéneres) inflándonos las suprarrenales; y, exhaustos, alcanzaremos el final de esta peli de terror hiperrealista totalmente desarrapados, rebozados en el barro y humillados hasta la extenuación moral. Y por si ello no fuera suficiente, nos quedaremos compuestos y sin novia con la que compartir las perdices. 

     En fin, que los de siempre han decidido que, enfangados ya en el desvalije, como dinero apenas queda de donde apañar, nos hurtarán hasta la ilusión del final feliz. En esto de trincar, ya se sabe que donde va la soga, va el caldero…

    O sea, que a la princesa bienestar no la cataremos ni en sueños, vaya. ¡Qué afortunado fuiste, Shrek!


1 comentario:

  1. Felicidades por este estupendo artículo. Genial la comparación entre Frau Merkel y la dragona (creo que es dragona)de Shrek y no menos acertada entre Rajoy y el burro, claro. Eso sí, la equiparación es más metafórica que estética (es mucho más atractiva la dragona que la Merkel).

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