LA SIN PAR DULCINEA



     En el duermevela se me aparecen héroes y monstruos, los buenos y los malos, las dos caras del alma que a duras penas endereza el rumbo en la feroz tormenta sobre el océano de la existencia. Y todos ellos zarandean mi voluntad, con tesón encomiable, sin tregua ni misericordia. Me apena saber que si acertara a enterarse del proceder de su dama, a buen seguro caería uno de aquellos, mi íntimo caballero de la triste figura, cónsul del reino de la ingenuidad, desmoralizado, muy desfondado en su valor, por la traición a la honra que acaba de perpetrar su enaltecida bienamada, la cortijera mayor de las tierras de Don Quijote, la sin par Dulcinea, gobernanta de Castilla-La Mancha, secuestradora, entre otros varios honores, del sacrosanto derecho a la representatividad de los súbditos a su cargo. Tal es su amor hacia ella que todo podría mi inseparable y generoso caballero perdonarle, desaires incluidos, excepto su reciente traición a la honestidad y al quinto y al octavo.


       Enorme resultaría entonces la decepción, de llegar a su conocimiento las manifestaciones de la emperatriz del Toboso, rostro de hormigón armado, alma negra como futuro español, desfachatez insuperable, afirmando que en el partido, ahora más impopular que nunca, están todos indignados por el asuntillo de marras. Lo de negar lo evidente no lo comentamos porque quienes trabajamos con niños adolescentes tenemos el culo ya pelado de oír las mismas excusas cuando se les pilla con los deberes sin hacer. 

    Para mis adentros doy en cavilar que derecho quizá tengan ¿por qué no? a estar indignados (razón ya es harina de otro costal), mas pérfidamente equivocan al reo: los traidores, los delincuentes, los facinerosos no son ni quienes los delatan en las portadas de los medios, ni quienes los leemos frotándonos los ojos y la conciencia, por mucho que su índice déspota se les escape a señalarnos. 

     Antes de que mi secreto hidalgo tome conciencia, acierte a disgustarse o rompa en trizas su candoroso corazón, reflexiono, intentando que mis deliberaciones no resuenen por doquier y le ofrezcan amargo y prematuro desengaño, y paso a la acción imaginaria. Si yo fuera él, mi andante oculto, te diría, infiel damisela, que no; que esta vez ni Miguel Strogoff, ni la realidad, ni Zapatero que lo fundó, tienen la culpa de vuestras malas nuevas; que ahora, vil señora de inmerecido señor, los infames a decapitar están en vuestra sala de máquinas, en el corazón de vuestras tinieblas, embutidos en vuestras mismas ropas, calzando vuestros mismos zapatos, sentados en vuestros mismos coches oficiales, rumiando la horrible vergüenza con vuestra alma misma (si es que finalmente tenéis alguna); que no olvides, reina de tu taifa, gobernadora de tu barataria, que son ellos, los salvapatrias que habitan vuestro cuerpo, piel y mente, quienes han estado enmierdando al partido de vuestros supuestos santos mártires y, de paso, a este sufrido país que, ahora más que nunca, ya no es merecedor de más gentuza de vuestra grey, embaucadores de masas, charlatanes de ferias baratas, timadores de ideas cutres. Que esta vez, querida, ya puedes expeler cuantas fullerías y paparruchas te plazcan; ya puedes negar y renegar, jurar o perjurar, decir o desdecir, patalear o zapatear, gritar o susurrar, insinuar o exclamar, que nada de todo ello te servirá de excusa porque ahora ya sabemos exactamente a qué nos atenemos, quiénes sois y de qué tipo de material estáis fabricados; ahora ya conocemos que vuestras zambullidas en los vapores religiosos no son más que un lavado moral, una pátina de cuasibondad que mudáis cual sierpe que transmuta su pellejo, por simple conveniencia. Ahora todo, como un amanecer radiante, nos ha sido revelado y está mucho más claro y diáfano. Lux et veritas. 

       Basta de falacias, dama hipócrita, que ya bien hemos entendido que no es el mundo quien se ha conjurado contra vosotros, sino al revés. Vuestra burla ha adquirido una dimensión megalítica e insoportable, el escarnio se ha tornado gigantesco como el universo mismo, el desprecio hacia nosotros contiene ya una obscenidad tal que resultaría grotesco incluso en un circo de baja estofa. ¿Osarías, acaso, decirme el nombre de qué pueblo consta en los libros de historia que se haya hecho merecedor de semejante oprobio? Y en justa correspondencia, pues donde las dan, las toman, ¿qué mereceríais vosotros a cambio? Ningún castigo justo me viene a la imaginación y, por desgracia, la redención ha dejado ya de ser una opción.

       Si él se enterase, ¡ay!, antes de extinguirse sofocado en el desaliento, a buen seguro pronunciaría sus últimas frases con la sensatez del cuerdo rescatado: haríamos bien, amigo Sancho, en albergar grave preocupación, cuando no temor, por cuanto hubiere de suceder a partir deste triste instante, sobre todo si esta larga reata de malhechores, trincadores y defraudadores no procede, de inmediato, a honroso y merecido harakiri y el populacho se abalanza de fauces a lomos de una espiral de ira. Cuanto más arriba vaya subiendo la marea, querido amigo, más difícil resultará caminar por la playa. De ahí al peligro de ahogarse apenas habrá ya un paso…

        Y yo daría entonces en imaginar, fútil utopía, que mientras prepararen las maletas, convendría que fueran actuando, y que lo hicieran, por última vez, con la contundencia que caracteriza su modo tiránico. Y dado que estamos tratando asunto de indignación (sea ésta real o de mentirijillas piadosas, que tampoco es que haga falta condenarse al infierno por un embuste más o menos), bien se hiciera necesario gestionar la situación al modo en que Cristina Cifuentes se conduce cada vez que de indignados se trata. Predicar con el ejemplo, se llama mi anhelo: que a esa hueste de falsos indignados se les envíe entonces, para su apaciguamiento, los GEOS, los antidisturbios, los SWAT, los boinas verdes o la Gestapo misma. Nihil obstat. Y que, en un ejercicio de profunda y coercitiva catarsis sociopolítica, todos ellos se empleen a fondo en el desempeño de su cometido, con profesionalidad y rigor, a semejanza de como lo hacen cuando los españoles se acercan a las puertas del Congreso. Y entonces sí, querida, que cada palo sostenga el trapo que le cuelgue.

          Si a la sin par dulcinea, maestra de ceremonias de los electos que se autoproclaman elegidos, no obstante, mi propuesta le pareciese poco digna de su alto abolengo, o de la calidad moral de sus socios, y a mi amado señor hidalgo la pena le consumiera al enterarse finalmente de la traición a la honra por parte de su amada, intuyo que en ese preciso instante, ansioso como está por conocer la piel de toro, no tardaría en hacer acto de presencia mi viejo amigo francés, el portador de tres erres en el nombre, el barbero de gaznate y sotabarba más famoso de la historia, el alter ego malvado de mi bondadoso donquijote, el Mr Hyde de mi Dr. Jekill. Sé de su interés en desfacer este entuerto porque cada noche me susurra sonriente, mientras se desliza entre mis sueños.

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