THE SILVER-TONGUED DEVIL AND I (Las lenguas viperinas)



             En plena pausa navideño-depresiva, nos hemos tenido que tragar, como un par de gruesas píldoras de hiel, de mal regusto y difícil ingesta, los discursitos patrióticos de dos de los grandes vividores por cuenta de lo ajeno. Y, como no podía ser de otro modo, al ruido de los disparos dialécticos rauda acudió a la mente la melodía de la canción de Kristofferson:  
And you know, he's the devil; 
He's everything that I ain't; 
Hiding intentions of evil; 
Under the smile of a saint. 
(Pero mira que es el demonio, que él es todo lo que yo no soy, que esconde aviesas intenciones bajo la sonrisa de un santo).


            
              Primero apareció el más listo, quien, a horcajadas innaturales sobre la esquina de una mesa, hábilmente acertó, siguiendo el dictado de los lacayos inspiradores, a desviar la atención de su controvertida presencia en tiempos de crisis y recortes, enfocando la luz hacia la inoperancia ajena con el celebérrimo mensaje clintoniano de que no todo es economía. ¡Qué bien les viene a algunos, de vez en cuando y con calculada dosis, el disfraz del izquierdismo!

            El día de los inocentes, en una mascarada poco fortuita, desde luego, emergió de su cueva el menos listo, aparentando un fingido desconsuelo por lo ineficaz de su gestión al timón de la nave a la deriva, mas satisfecho porque, en su opinión, se las ha ingeniado para sacar a España del abismo. Ya lo decíamos en entradas anteriores: the show goes on.

             Lejos de darse por aludido, y rechazando implícitamente que no todo sea economía, el tosco charlatán de feria se decidió sin rubor alguno a repetir el modelito a rayas horizontales de los tiempos del Prestige: ya saben, la metonimia de las galletitas de chapapote, la chusca imagen del calamar oscureciendo el panorama con sucia tinta. Todo un revival, vaya.

             Y sucedió lo de siempre, es decir, que cada vez que habla este gran mentiroso de los hilillos, las tripas se revuelven sin control y las preguntas se nos agolpan en todos los ámbitos de la percepción, en busca de respuestas que solo llegan en forma de dudas y más dudas, de incesantes arcanos, sin pausa alguna, sin horizonte de solución.

            Abramos la compuerta y que fluya la inquietud. Si todas las medidas tomadas hasta ahora han resultado ineficaces, ¿por qué se ha de perseverar en ellas? Si nos duele la cabeza, no tiene sentido continuar ingiriendo diuréticos en lugar de aspirinas, salvo en el supuesto de que otros intereses nos muevan a tan disparatada solución. Intereses retorcidos como, por ejemplo, que algún conocido o familiar sea propietario de una fábrica de diuréticos y nuestro consumo (así como cualquier otro que pudiéramos imponer a los demás) redunde en sustanciales beneficios para su negocio. En conclusión y desde la perspectiva de su ineficacia y la obcecada insistencia en las mismas, cabe sospechar, sin temor a yerro, que las medidas económicas tomadas por el gobierno hasta la fecha ocultan otros intereses diferentes y menos depurativos (¿un cambio de modelo social, tal vez?) que los oficialmente anunciados. De lo contrario no se insistiría tanto en ellas y se optaría por soluciones más inteligentes. Nada nuevo, supongo, para las mentes más avezadas que la de quien esto escribe. Y de esas hay a millones.

              Para cerrar la cuestión del apretón fiscal y económico, el último interrogante que nos invade es el siguiente: ¿se tomarán algún día medidas que resulten beneficiosas para el ciudadano de a pie? Detengámonos un instante a delimitar el término ciudadano de a pie: aunque diáfano, el asunto merece la pena. A mí me parece que el ciudadano de a pie es toda aquella persona que se encuentra excluida de los varios estamentos privilegiados que conforman el medievalismo social por el que actualmente transitamos y nos movemos; estos serían, a saber, los ricos, los políticos (incluidos los 300 imputados actualmente en casos de corrupción, record absoluto en todo Occidente), los grandes banqueros y el clero. Si lo enfocamos en términos numéricos, casi el 90% de la población somos ciudadanos de a pie. Mayoría muy absoluta. 
                
         ¿Cómo puede entonces el señor presidente tener la cara dura de venir a decirle a ese 90% que lleva un año imponiendo medidas ineficaces, amén de lesivas, para ellos y todo lo contrario para el 10% restante? ¿Cómo se atreve a intentar convencernos de que el regreso al Medievo es la única solución, aunque no arregle nada? ¿Cabe desvergüenza mayor? 

             Por el contrario, ¿no debería, ante la tenaz contundencia de la situación y las cifras, optar por otras decisiones más positivas como la vía islandesa, por ejemplo? Si la inmensa mayoría de los súbditos está pasándolas crudas, ¿no habría que consultarles a ellos acerca del camino a seguir, alejándose de la infructuosa unilateralidad que ha presidido hasta ahora la toma de decisiones inútiles? Más aún, ¿no sería necesario preguntarle directamente al señor presidente a qué parte de la sociedad está representando al hacer caso omiso de los lamentos ciudadanos y los reveses ante sus remedios? En este punto el silencio resultará más elocuente que cualquier posible respuesta, así que mostraré el preceptivo respeto y no diré más.

           Démonos, a continuación, un breve paseo por el abismo. Aquí la cosa se complica porque nos internamos en los piélagos de las opiniones y, como es lógico, aquel afortunado que vive de espaldas a la realidad, al día a día, quien no sabe lo muchísimo que cuesta cada alimento, cada vestido, cada medicina, cada acción, cada enfermedad, cada desplazamiento, quien se limita a contemplar el espectáculo desde el palco de honor, es incapaz de percibir lo mismo que quienes sufrimos las vicisitudes cotidianas, cual dentelladas de las fieras en la arena del circo; a menos que sufra un violento absceso de la antaño cacareada, hogaño olvidada, responsabilidad, que no parece ser el caso a estas alturas del cuento de hadas.
                  Regreso, pues, al reino del interrogante: ¿de qué abismo nos habla usted, señor presidente? ¿De qué imaginario precipicio afirma, como un demonio de lengua viperina, cual silver-tongued devil, habernos rescatado? ¿Acaso se refiere a la profunda sima que separa al albañil que se quema a lo bonzo porque no tiene ni para comer de la fervorosa presidenta del reino de Don Quijote, que gana más de 400 euros diarios y se esfuerza por ocultarlo (demostrando así su sospechosa condición)? ¿Tal vez nos habla del barranco por el que se despeñan los miles de desahuciados que día sí día también pierden hasta la dignidad, porque las hienas bancarias se la llevan entre sus fauces como vulgares carroñeros, y al que es ajeno, por ejemplo, el más calamitoso banquero de la historia, el enchufado al que nadie se planteó desahuciar (castigo bien merecido sin duda) de su puesto en Bankia a pesar del infinito quebranto que ha supuesto para el estado y para los individuos? Que me perdone el señor presidente mi sempiterna necedad, tan propia de mi condición de siervo de la gleba, pero desgraciadamente a mí no me vienen a la cabeza abismos mayores que estos. Y me temo que, además, no encajan bien en este fingido curriculum vitae con el que usted adorna su annus horribilis.

              Termino. Con la desfachatez que caracteriza a quien en modo alguno afectan las desgracias y los suicidios ajenos, el gran mentiroso ha vuelto a burlarse de nosotros al afirmar, después de pedir un perdón más falso que una moneda de dos caras, que "aunque no todos puedan notarlo, esta política ya está dando algunos frutos, tanto en términos económicos como en términos de recuperación de la confianza y el reconocimiento de nuestros socios europeos y de los mercados financieros internacionales". 

           ¡Atiza! ¿Nuestros socios europeos? ¡Cuán equivocados estábamos! ¡Qué brutos que somos! Resulta que eran socios cuando, torpes borricos de nosotros, en realidad los habíamos tomado por voraces y vampíricos acreedores. ¡Cómo habremos estado tan ciegos! ¿Los mercados financieros internacionales? Pero, escuche, ¿no fueron estos los creadores de la crisis en cuyo gaznate estamos siendo deglutidos y nos ahogamos sin remedio? Sint ut sunt aut non sint.

              Me pregunto muy inquieto si no será que el señor presidente continúa, en su condición más natural, acojonado ante esa barahúnda de cuatreros. ¿Seguirá tal vez escuchando cada mañana al oráculo De Guindos, antiguo bucanero enrolado en la goleta Lehman Brothers, saqueadora de fortunas y estados, ojo del huracán de todas las penurias occidentales de nobleza para abajo? ¿No sentirá vergüenza torera confiándose a la zorra que le cuida las gallinas? Por favor, señor presidente, ¡basta ya de una vez!, debería usted sentirse conminado, siquiera por el sufrimiento de tanta gente, a mostrar respeto hacia este pueblo que ya empieza a cansarse de los discursos falaces, en los que no caben los nombres de los verdaderos culpables ni las esperanzas reales. Debería usted, en suma, callarse a falta de mejores argumentos que su silencio. Un dato más en su debe: hace ya mucho que ustedes nos han obligado a perder la inocencia, entre otras cosas. No insista, pues, en la mofa. 
               
            En fin, como es de justicia ser justos, hay que reconocer que esta fue la única verdad que dijo el gran mentiroso: que no todos podemos percibir los frutos de su política. Lo que no sé dilucidar, querido e imaginario lector, es si la razón estriba en que somos (o se nos considera) demasiado lerdos para tal entendimiento, o si, por el contrario, esa percepción (disfrute incluido) es un derecho a disposición sólo de ese 10% de privilegiados y un lujo fuera de nuestro alcance. En todo caso, me temo que comenzamos a resultar una losa demasiado pesada para el ánimo codicioso de los privilegiados y, en consecuencia, corremos el riesgo de resultar prescindibles a corto plazo. Buena ocasión para invertir en funerarias. Menudo añito que nos espera.

2 comentarios:

  1. Navidades negras la verdad...y lo peor es mirar hacia adelante y ver lo que nos viene.
    Gran articulo

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    1. Gracias infinitas por el comentario. Es una pena que en lo triste y feo se encuentre la mejor fuente de inspiración. Quién sabe, a lo peor está en nuestra naturaleza...

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Muchas gracias por tu aportación.