LOS PALETOS DEL 87 (y II)



       Habíamos planteado en la primera parte que el asunto de la concesión indiscriminada de indultos por parte de quienes no ostentan autoridad judicial es recurso propio de una timocracia. Pues bien, retomo el hilo de la cuestión. Con el fin de ilustrar lo delicado de esta práctica, me permito rogarles, encarecidamente eso sí, que repasen, siquiera sucintamente, el listado de los indultos concedidos por el (des)gobierno Rajoy a lo largo del annus horribilis. Lo pueden encontrar en este enlace correspondiente al movimiento del 15M. Permítanme recordarles que su lectura no sólo no les dejará indiferentes sino que, si la toman demasiado en serio, puede llegar a producirles daños emocionales (ira, furia, cólera, arrebato, saña, en definitiva, cabreo del gordo).



     Yendo al terreno de los casos concretos, a mí me resultan particularmente dolorosos los premios a los conductores suicidas que se han llevado por delante la vida de otros inocentes conductores o peatones. De esos hay unos cuantos y parecen ser la especialidad de estos descerebrados superjueces de nuevo cuño (véase al respecto el artículo Un indulto en dirección contraria).



      En este caso lo grave del asunto es el desprecio brutal a las normas: cada indulto a un homicida sobre cuatro ruedas deja sin efecto moral todas y cada una de las sanciones, económicas o penales, pone en entredicho la intención de cada campaña publicitaria, desnaturaliza, en definitiva, cualquier intento de mejorar el dantesco panorama de las estadísticas anuales de muertos en las carreteras. Es una irresponsabilidad supina olvidarse de lo mucho que ha costado, en víctimas, dinero, concienciación y mil caminos más, ir metiendo en cintura a esta panda de kamikazes en que nos convertimos cada vez que nos ponemos a los mandos de un vehículo. Se consiguió penalizar con contundencia, al parecer no había otro camino, así de indómitos e irreductibles (¿o será bestias?) somos, los desmanes en la conducción -exceso de velocidad, alcoholemia, conducción temeraria-, y el tema nos llevó años de discusiones y desavenencias. Demasiado esfuerzo como para que ahora vengan estos membrillos y se lo pasen todo por el forro de los caprichos, dejen a las víctimas tiradas en las cunetas y transmuten la justicia en agua de borrajas. No, eso es inadmisible y resulta incompatible con nuestra presunta condición de ciudadanos libres y democráticos.



     En resumidas cuentas, el indulto no es más que una mofa tercermundista, más aún si se produce, como viene siendo costumbre últimamente, con los informes en contra de la Audiencia Provincial, la Fiscalía y las víctimas. Por cierto, la media anual de indultos concedidos en los Estados Unidos, en el país que legaron los paletos del 87, es diez veces inferior a la nuestra, y ello a pesar de que, como bien sabemos, aquél es un territorio con unos índices de criminalidad espeluznantes.



      Y para que no digan que soy uno de esos criticastros baratos y cobardes que tiran la piedra y esconden la mano, me van a permitir, mis queridos lectores imaginarios (si no lo digo, reviento), que haga alguna propuesta positiva que, por un lado, sirva para regenerar un poco el ambiente falazmente democrático que respiramos y, por otro, para aliviar el peso de este fardo que sostengo en mi maltrecha conciencia de malhumorado cascarrabias. Por eso, inspirado por el viejo Franklin y su pandilla de paletos coloniales, propongo reconsiderar seriamente la división de los tres poderes y hacer que cada uno de ellos sea devuelto, ipso facto, a quien de verdad ha de ser su dueño: el pueblo. Allá vamos.



      El poder legislativo. Desde el punto de vista de la democracia pura y, sobre todo, dura, mi propuesta resulta coincidente con lo que postula el nuevo (y de momento fantasmagórico, por invisible) partido X: participación ciudadana, a través de la red, en la elaboración de las leyes. De ese modo, los diputados y senadores serían menos representativos y, por extensión, menos independientes en sus actuaciones. En cualquier caso, lo ventajoso de la participación ciudadana directa radica en que buena parte de sus señorías resultarían prescindibles (con el subsiguiente ahorro en sueldos, pensiones y demás prebendas). Ni que decir tiene que tal circunstancia les llevaría  seguramente a espabilar por la vía de apremio. Esto promete, ¿verdad?



      El poder ejecutivo. Aquí el tema es más sencillo: si el gobierno de turno aspira al marchamo de la democracia, debería estar obligado a realizar consultas o referéndums sobre los temas de gran calado cuya problemática afecte a la mayoría de la población, tales como la manera de salir de la crisis (¿se imaginan que nos hubieran consultado como hicieron en Islandia, por ejemplo?), la existencia de costosísimas administraciones autonómicas, o, rabiosa actualidad, decidir si, a la vista de la corrupción galopante entre las filas del partido en el gobierno, no resultaría conveniente convocar nuevas elecciones. De ese modo, evitaríamos que una panda de desvergonzados, con un cuarenta y tantos por ciento de votos (que no de voluntad popular), gobernase de manera absolutista los destinos de muchos millones de ciudadanos. El referéndum es un vicio democrático muy saludable del que se puede abusar sin miedo (hay medios modernos para ello), cuya posibilidad, paradójicamente, suscita en nuestros gobernantes la misma inquietud que los ajos en el vampiro. Démosles taza y media.



      El poder judicial. Lo he dejado para el final a propósito, ya que era el centro temático de este largo alegato con el que estoy poniendo a prueba la paciencia de quien se haya atrevido a llegar hasta aquí. Sería muy conveniente que, con el fin de limpiar a fondo el buen nombre de la justicia, los gobernantes desistieran definitivamente de conceder indultos. Enfrentado al espejo de la verdadera justicia y del estado de derecho garante, el indulto es, por un lado, una potestad arbitraria, antediluviana y trasnochada que solo sirve para burlarse de las decisiones del sistema judicial y ningunearlas sin piedad, y por otra, un mecanismo de perdón cuya potestad debería restringirse por completo y recaer, a partes iguales, en los jueces que condenaron a los reos y en las víctimas (o sus familiares directos).



      En este tema de la justicia, me voy a permitir doblar la propuesta y plantear a los regidores de lo judicial que, en cualquier descuido del heredero del gran vigía de occidente, a la sazón ministro repeinado del gremio, aprueben una ley, de esas que no se pueden remover ni con agua hirviendo, que permita que a los políticos procesados por corrupción, o por cualquier otro delito cometido en el desempeño de su cargo, les juzgue, quid pro quo, un jurado popular. ¿Acaso no prometen y/o juran sus cargos afirmando que se entregarán al servicio del pueblo? Pues que en justa correspondencia se entreguen también a sus veredictos, que eso de “las urnas hablarán” ya nos empieza a oler a cuento chino.



      Me despido convencido de que aquellos Founding Fathers americanos, los paletos del 87, de haber podido vivir en nuestra época, habrían expulsado a patada viva a toda esta pléyade de desalmados chorizos que malgobiernan nuestros presentes y futuros, hallándolos, sin duda, convictos de infamia, traición y felonía democráticas. Imagino (soñar es gratis) que, ya puestos, habrían incluido en su Constitución medidas como las propuestas anteriormente, más que nada porque su devoción democrática era genuina y honesta, a diferencia de lo que ocurre en nuestro país con la grey política que anda transmutando nuestra democracia en un chiste de muy pésimo gusto.



     Tal y como he intentado insinuar desde el mismo comienzo de este artículo, los americanos del 87, no eran paletos más que a los ojos despectivos de los estirados e ignorantes europeos. Por el contrario, nuestros mandamases, los abanderados de la falsa responsabilidad, son necios por condición, convicción y naturaleza, y además portan consigo el gen del primitivismo, lo que los convierte en elementos muy, pero que muy peligrosos: son monos con una pistola cargada en cada mano.



     Puestos a elegir, yo, personalmente, me quedo con los paletos del 87, y me esfuerzo en honrar su memoria. Al menos, ellos sabían lo que hacían.




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