LOS PALETOS DEL 87 (I)



            En los lujosos salones versallescos de la Francia del XVIII los estirados miembros de la aristocracia, bajo sus blancos pelucones y en el lánguido fervor de su infinito minué, acuñaron el sobrenombre de le bon savage para designar, en tono jocoso y por supuesto en secreto, a un tal Benjamin Franklin, embajador de las colonias, todavía inglesas, de América del Norte. Aquel apodo nunca tuvo una interpretación literal en cuanto al significado de las palabras que lo componían y, en realidad, su traducción más ajustada al castellano debería ser la de el simpático paleto, toda vez que tal era la percepción que los remilgados  nobles franceses tenían de aquel viejo gotoso y de ella emanaban tanto la intención de dicho alias como su expresión verbal a espaldas del mencionado. Podían carecer de muchas virtudes, pero tacto no les faltaba.
       

         Cuenta la historia que unos años después, allá por 1787, un grupo de prohombres americanos, de apellidos tan conocidos como Adams, Jefferson, Washington, Hamilton y, por supuesto, Franklin, proclamaron la Constitución que plasmaba la creación de una nueva nación. Estos individuos, conocidos como Founding Fathers, seguían siendo considerados unos meros paletos entre la nobleza, la aristocracia y la realeza europeas, y sus aspiraciones nacionalistas una utópica veleidad. Quiso el destino que con la firma de la Constitución, pusieran la guinda a un proceso, que había comenzado once años antes con la Declaración de Independencia en 1776, en cuyo devenir se había incluido una cruenta guerra contra la metrópoli británica. Casualmente, dicho proceso se convirtió en una suerte de ígneo propelente para las ideas ilustradas y revolucionarias que incendiaron el antiguo régimen y que en 1789 sirvieron para que los franceses tomaran la Bastilla e instauraran un nuevo sistema social del cual desciende, políticamente hablando, la Europa democrática actual (con las excepciones que la historia ha ido señalando en rojo, ya saben, Napoleón, Bismarck, Hitler, Franco, Mussolini, Stalin, Milosevic, el Telón de Acero, etc). Así pues, en la corte de París descubrieron, de repente, que el bon savage, aquel simpático paleto americano a quien todos conocían como el doctor Franklin de Filadelfia, no había sido sino un topo revolucionario que había contagiado a sus compatriotas burgueses e ilustrados con un virus letal. Las apariencias engañan, y de qué manera.
                
           La fuente primigenia de la que bebe la Constitución Americana redactada por aquellos paletos del 87 no era sino el concepto de democracia vivido dos mil años atrás por los habitantes de la Grecia clásica, una idea que los refinados y supuestamente cultos nobles europeos no se habían dignado considerar. De la simiente plantada en suelo americano por esa misma constitución brotaron posteriormente todas las demás sociedades democráticas que hoy damos en llamar el mundo occidental. Filias y fobias aparte, somos sus deudores históricos y haríamos bien en mostrar un cierto agradecimiento.

                    A mi modo de entender, y sin ningún género de dudas, el mayor mérito de la carta magna americana, amén de su carácter prístino, radicaba en la separación de los tres poderes como germen del verdadero estado de derecho que salvaguarde los derechos de todos los ciudadanos. El resultado de aquel novedoso diseño social fue que los legisladores y, sobre todo, los ejecutores de las leyes, quedaban a partir de entonces desposeídos de la potestad de juzgar a los ciudadanos y sometidos al dictado, no solo de las propias leyes, sino también de las disposiciones judiciales. Todo un logro que se resumía en tres palabras: igualdad, libertad y justicia. Especialmente esta última.

            Resulta que ahora, en pleno siglo XXI, cuando se supone que deberíamos haber refinado y perfeccionado aquel sistema de hace tres siglos, en este país de mierda en el que vivimos, un grupo de políticos a los que se debería presumir más ilustrados y provistos de más medios ideológicos y tecnológicos que aquellos originales paletos americanos, se están dedicando concienzudamente a la doble tarea de quedar a la altura del betún en la comparación con ellos, y a desprestigiar su memoria, especialmente en el terreno de la justicia. Ya se sabe que cuando a los retrógrados se les da cuartelillo la involución hacia tiempos oscuros se abre paso a dentelladas.

            Deberíamos caer en la cuenta de que un hecho como que los indicadores de las listas del desempleo, los índices bursátiles o las primas de riesgo nos coloquen en el furgón de cola económico no deja de resultar una nimiedad ínfima en comparación con el espantoso ridículo que en materia jurídica estamos haciendo ante el vecindario europeo (Italia aparte, por supuesto). Somos el hazmerreír del viejo continente y en ese viaje ni siquiera estamos subidos al tren de la democracia.

           Encuentro paradójico que los ciudadanos no solo nos hayamos venido considerando, e ingenuamente auto-proclamando, personas libres, sino que además (donde va la soga va el caldero) no hemos cejado en el empeño de perseverar, in verba magistri, en el espejismo de nuestra ficticia presunción de vivir amparados por un sistema judicial justo. Por eso, que ahora nos veamos de súbito obligados a contemplar el bochornoso espectáculo de un gobierno que concede, a diestro y siniestro, sin control alguno y con total arbitrariedad, indultos a delincuentes convictos, supone una de las mayores humillaciones sociales que se puede infligir a una sociedad moderna.

            Reflexionemos al respecto con un mínimo de seriedad. Un indulto concedido por un político siempre resultará una maniobra sospechosa porque la sombra de la duda oscurecerá la respuesta a una diatriba necesariamente inextricable: ¿los perdones son otorgados por conveniencia política o con el noble fin de corregir un posible error judicial? ¿Después de los muchos estadios judiciales que sigue un proceso penal, de los sucesivos pronunciamientos y sentencias emitidos por sesudos magistrados, en solitario o colegiados, puede un grupo de tecnócratas (en nuestro caso liderado por un registrador de la propiedad) poner en solfa una condena firme? Hace falta mucho valor y otras cien cosas que riman con soberbia para creerse imbuido de una potestad tan grande.

            No albergo la menor duda de que ninguna otra decisión implica mayor déficit democrático que un indulto erróneamente concedido (no digamos muchos), ninguna escena debería resultarnos más ofensiva y patética que el camarote de los hermanos Marx, bajo el liderazgo de un Rajoy ciscándose en las decisiones judiciales (Supremo incluido) y un Gallardón limpiándose los bajopuentes con los informes contrarios de magistrados, fiscales y audiencias, decidiendo caprichosamente excarcelaciones de traficantes de droga, ladrones violentos, estafadores, prevaricadores, malversadores, homicidas o torturadores. No. No hay abyección social mayor y más nauseabunda.

            Con un poco de esfuerzo, uno puede llegar a entender, aunque no justificar, que las flaquezas del alma, artefacto eternamente defectuoso de fábrica, puedan conducir a los bribones a trincar bienes ajenos, comunes o particulares, y salir corriendo con ellos, al fin y al cabo, golfos apandadores los hay hasta en los cómics. Lo mismo podría ocurrir a la hora de intentar comprender a quienes se dedican a repartir cargos e influencias entre los miembros de su clan, toda vez que nunca dejamos de ser, por mucho empeño que pongamos en lo contrario, más que animales tribales, en los que la sangre tira, y de qué manera. Lo que no resulta, en modo alguno comprensible, ni digno de serlo, es que los gobernantes se imaginen a sí mismos jueces supremos omnipotentes y se pasen por la arcada a la Audiencia Nacional, al Tribunal Supremo, a la separación de poderes, al estado de derecho y a la dignidad de los ciudadanos, especialmente cuando hay víctimas de por medio. Las abominaciones deben permanecer encerradas en los libros y las películas.

            Saco el látigo y me paro a recordar el machaque insistente con que el partido impopular y la opinión pública alineada con él martilleaban nuestros oídos cada vez que un terrorista etarra salía en libertad tras cumplir su condena: que si su presencia por las calles era una afrenta para los familiares de las víctimas, que si era una traición a la memoria de las víctimas, que si las víctimas para arriba, que si las víctimas para abajo… Las víctimas y sus familiares directos eran, para ellos, la pieza clave en la aplicación de la justicia. En parte no les faltaba razón, pero solo en parte, aunque ese fondo de cuestión no es tema de este post. La mención a las víctimas, y sus familias, viene a cuento porque ahora, indultos en ristre, esos mismos vociferadores, antaño opositores, hogaño mangoneantes, andan aliviándose sistemáticamente sobre aquellos a quienes en su día consideraban tan importantes para su argumentación de acoso y derribo. La hipocresía es una bestia descarada y muy desmemoriada.

            ¿Que exagero? Por desgracia, parece ser que el partido impopular lleva tiempo esforzándose en batir todos los récords habidos y por haber en materia de indultos:

Prácticamente todos los delitos han sido en algún momento perdonados total o parcialmente por el Gobierno. Durante 2012, el que dirige Mariano Rajoy ha concedido, hasta el pasado 25 de noviembre, 468 indultos. Un número similar al de otros años y otros Ejecutivos. El de José Luis Rodríguez Zapatero, por ejemplo, perdonó a menos en 2011 (301), pero en 2007 aprobó la medida de gracia para 521 condenados.

No hay diferencias significativas en función del color del partido en el poder. Todos indultan y ninguno da explicaciones ni argumenta las razones que han conducido a cada perdón. La ley que lo regula, de 1870, no les obliga a ello —fija, por el contrario, una facultad que se ejerce sin rendir cuentas a nadie— y tampoco lo hacen por iniciativa propia. La opacidad es total. Solo el Ejecutivo de turno sabe por qué perdona en unos casos y en otros no, y no hay forma de controlar esa decisión (…)
(El País, 02/12/2012)


         

          El segundo párrafo de la noticia es particularmente esclarecedor de por dónde van los tiros. Y aunque a nadie se le escapa (o eso quiero creer) que 468 barrabases dan para muchas biblias, y sus crueles fechorías para eternidades de penitencias, estoy convencido de que rápidamente acudirán a muchas de las mentes abducidas las malévolas intenciones del y tú más, al comparar las cifras del anterior gobierno con las de éste. No es excusa, ni puede serlo en un asunto tan delicado como este del crimen, toda vez que una de las premisas ineludibles y supuestamente irrenunciables esgrimidas por el gran farsante durante su operación de hipnosis y hechizo de las masas (previa a la liturgia sainetera de las urnas) fue precisamente el distanciamiento a todos los efectos de lo hecho anteriormente bajo el pretexto y la promesa de un gobierno basado en el cambio y la responsabilidad. En otras palabras, estos botarates, habiendo tenido la oportunidad de no cometer los mismos errores que los predecesores, han optado por repetirlos, lo que implica que los suyos son yerros doblemente censurables.
(continuará)

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