LA TELE ENGORDA



Retorno en un tren de un viaje a la capital. Al final del vagón en cuya cabecera estoy sentado, una señora habla por el teléfono móvil sin que parezca necesitarlo, tal es el elevadísimo tono de su voz. De ese modo me entero, involuntariamente, de su experiencia: mientras comía en un restaurante ha visto a una conocida actriz española junto con su novio. La descripción que hace de estos famosillos se centra, irrespetuosamente, por supuesto, en los rasgos físicos de ambos: son unos escuchimiciados, especialmente ella, que, en palabras de mi coyuntural y sonora compañera de viaje, no es más que una anoréxica consumada. Fíjate, con lo guapa que sale en la tele. Y súbitamente me invaden unas ganas voraces de volver la cabeza y explicarle que yo siempre he oído decir que la tele engorda.

Y aquí es justo donde, gracias a milady vocinglera, me llega la inspiración: siempre he sospechado que tal aseveración, eso de que la tele engorda, se refería únicamente al físico de aquellos a quienes observamos en la pantalla, ya saben, a un mero agrandamiento en la lozanía de las mejillas o del cuello mismo, pero recientemente he descubierto que tal engorde también se refiere a los atributos intelectuales y, más concretamente, a la escasez de los mismos. Como lo oyen.

Resulta que hace un par de días he dado en visualizar, en un programa de La 2, una suerte de debate acerca del tema del fracaso escolar (ver video). No es que el asunto me absorba hasta el punto de dejarlo todo y tragarme 35 minutos de vueltas y revueltas sobre algo que cada día, como padre y como profesor, veo, sufro, siento, padezco y, a duras penas, entiendo. No. Confieso que fácilmente lo habría cambiado por un partido de basket o por un episodio de algún thriller de moda. Sin embargo, termino enganchándome por un interés meramente personal, ya que en la discusión interviene alguien a quien conozco y tengo por ejemplo de sensatez y sabiduría, y, en este caso además, de arrojo ardoroso, una vez se me revela la identidad y credenciales de sus counterparts. En seguida compruebo fehacientemente que, como dice la expresión arriba referida, la tele engorda, pero no ya la cara sino la jeta que se enmascara tras ella, y no la cabeza sino la insensatez que en su interior se embosca.

Al debate han sido convocados, además de la presentadora/moderadora, dos profesores de las secciones más recalcitrantemente pedagógicas de sendas universidades madrileñas y un representante del profesorado de secundaria. En mi atávico prejuicio hacia quienes, por mor de la inexperiencia, carecen del privilegio de un conocimiento serio y, consecuentemente, de la autoridad científica que del mismo ineludiblemente emana, me veo obligado, sin quererlo ni aprobarlo, a presenciar una lucha entre dos presuntos entendidos (de esos que por docenas desfilan y se solazan en el cutre mercadillo de las tertulias) y un consagrado experto, en cuyo bando ideológico, inerme, me alineo, que para eso es mi colega. Esta peculiar disposición de efectivos ya suscita en mí, de entrada, un recelo obvio: si hay dos contra uno en el campo de batalla es porque el organizador o bien quiere que las tesis de los presuntos (entiendo que la suya también, de lo contrario no habría fichado a dos para su equipo) se impongan sobre las del experto, o bien teme que la capacidad y los argumentos de este último se lleven el gato al agua con facilidad. En todo caso, el hecho de que la elección del organizador se haya basado en un criterio cuantitativo ya le deja en clara evidencia y demuestra que, en lo cualitativo, sus ideas preconcebidas son perdedoras desde el inicio. ¡Cuán incómodo parece resultar a algunos el martilleante tesón del sentido común!

El planteamiento y el desarrollo del debate discurren por la vía de la normalidad, o al menos según el guión presumible (algo lógico si consideramos que en este tema del fracaso escolar nada nuevo hay bajo el sol), con los presuntos entendidos limitándose a vomitar ex cátedra el mismo sermón marchesiano al que ya nos tienen acostumbrados los orates pedagógicos, el mantra cuya marea tantas penurias ha traído últimamente hasta la orilla educativa, y con el experto dando un curso intensivo de erudición y conocimiento, citando fuentes, teóricas y prácticas, poniendo ejemplos que los docentes que vivimos las aulas conocemos bien.  El partido está encarrilado a pesar de la inferioridad numérica, tal es la maestría de quien sabe lo que se trae entre manos y tal la estulticia de quienes no aspiran a otra cosa que a sacarle brillo a los marcos de un título colgado en un despacho. Y es en ese momento, casi al final del programa, en pleno desenlace de la lid, cuando el árbitro decide permitir el juego sucio y los presuntos se alían en una estrategia de acoso y derribo. La presentadora pide las conclusiones y los profesores de la universidad dejan caer sus caretas: la culpa del fracaso escolar es de los profesores de Secundaria porque no están bien formados. A bocajarro y con dos. ¿Datos o argumentos para apuntalar tales afirmaciones? Ninguno; bien saben ellos que en periodismo y con público español no hay vida más allá de los titulares.

En una segunda andanada, sin apartarse de su desquiciada deriva, proponen ¡banzai! que el fin del fracaso escolar pase por dos medidas ineludibles para ellos: eliminar las repeticiones de curso (es decir, premiar a los peores alumnos con el premio más alto) y formar al profesor de secundaria. Patada directa a la espinilla del rival con la peor de las intenciones. ¿Razones para estas propuestas? Ninguna, ut supra.

El disparate de la no repetición de curso es tan evidente que basta con el contundente, por simple, argumento del experto: si no entiendo algo a la primera, tendrán que volver a explicármelo, a ver si lo entiendo a la segunda. No hay peor ciego que quien no quiere ver.

En mi modesta opinión de 25 años de experiencia en las aulas (modesta porque muchos de mis compañeros me dan mil vueltas en antigüedad y sapiencia profesional), un alumno que no supera las pruebas de conocimientos se asemeja a un conductor que circula con su coche en dirección prohibida por una calle. Si le ve y detiene un policía (el profesor), ¿debe obligarle a dar la vuelta y circular como es debido o debe acaso permitirle continuar hasta el final de la calle en sentido opuesto al reglamentario? Ni siquiera merece la pena responder a algo tan obvio.

Lo de la formación del profesorado es aún más grave, pues constituye el designio, a capricho por parte de quienes no tienen los mínimos para ser jueces de una causa que no dominan, de los responsables del fracaso, la mezquina excusa con la que estos botarates acostumbran a apuntalar su misérrimo y deleznable argumentario. ¿Qué decir a semejante falacia? Que si alguna vez, víctimas del hastío y occisos de aburrimiento, cayéramos en el vicio (dios no lo quiera y la sensatez no nos lo permita) de seguir la línea del razonamiento de estos talibanes logsianos, cuya experiencia en las aulas de los institutos se me antoja inexistente, y dicha lógica la hiciéramos extensible a otros ámbitos de la vida real, ¿no deberíamos entonces imputar a los instructores de las autoescuelas por las tremendas cifras de muertos que hay en las carreteras o a los médicos por la elevada morbilidad por cáncer? Delirante, sin duda.

Hubo más, mucha más mierda expelida a través de la boca de los presuntos (como la afirmación de que para aprender contenidos no hacen falta más que unos videos), pero me van a permitir no ensuciar con la presencia de ciertas barbaridades ni las páginas de este blog ni el inmaculado respeto que hacia ustedes, mis lectores imaginarios, profeso. Nadie merece tanta saña.

Para terminar nada como felicitarse por el hecho de que aún quedan valientes que se baten, sable en mano, el cobre de la decencia educativa y profesional, que exigen, inasequibles al desaliento y armados hasta los dientes con el escaso don de la sensatez, el punto y final a esos lúgubres tugurios en los que se cuecen las maldades de los sistemas educativos basados en la ley del mínimo esfuerzo, y que capean el peor de los temporales: aquel que, en lugar de inclemencias meteorológicas, nos arroja inmundicias intelectuales desde la burda creencia del ladrón que piensa que todos son de su condición. 




Como decíamos al comienzo, la tele engorda. Sin duda. Lo que jamás sospeché es que, mejillas aparte, estimulara, hasta la obesidad mórbida, la estupidez intrínseca en los muchos cretinos marchesianos, en estos apologetas (si lo escribiéramos con j también serviría) del menos contenidos y más aprender a aprender que tan abundantemente proliferan por esas facultades de dios. Alejémonos de ellos como alma que huye del diablo, pues, como decía Erasmo, la peor cualidad de la estulticia no es sino su alto poder de contagio. No vaya a ser que, en el colmo de su infame osadía, estos iluminados nos acusen también de la propagación de un virus contra el que, al parecer, aún no se ha inventado vacuna.


2 comentarios:

  1. Agradezco, querido Manuel, tus elogiosas y sinceras palabras sobre mi persona y mi actuación en este programa. Aunque a todas luces exageradas, sé que proceden de la mejor de las intenciones y que son honestas. Y eso es mucho.

    Sí tienes razón en el resto. Es decir, en tu diagnóstico sobre el debate en TVE2. En este sentido, sólo añadir una puntualización por mi parte en lo referente a la organización y desarrollo del programa. Partiendo de la base que siempre estaremos en minoría, imagínate que sólo hubieran participado los otros dos más algún pedagogo local (los ha habido de esta guisa y muchos), por lo tanto, hubo como mínimo una cierta "pluralidad".
    En segundo lugar, he de defender a la presentadora porque en todo momento mantuvo, más o menos, el mismo tiempo para los tres participantes. Claro, mi problema era que con un tercio del tiempo (algo menos, sí) tenía que refutar a los restantes dos tercios (algo más, también). Afortunadamente (o desgraciadamente, según como se mire) ya estoy acostumbrado. Un abrazo y enhorabuena por tu blog.
    Xavier

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    1. El agradecimiento se recíproco y, en mi caso, por partida doble: por defender públicamente a quienes nos sentimos en minoría y por comentar en mi blog. Mis elogios no son tales, pues no contienen lisonja ni intención de ello: son el resultado de mi esfuerzo por relatar con exactitud lo que vi y oí y por dar a conocer a los profanos en la materia que aún quedan (quedamos) defensores de una causa que, ay, espero no se haya perdido del todo. Un saludo

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