LA MENTIRA AD NAUSEAM



        Dice el presidente (¡por fin dice algo! ¡alabado sea dios!), interrogado sobre la corrupción, que nada hay más injusto que generalizar. La respuesta a esta boludez merece las más altas dosis de adjetivos gruesos. Quien vientos siembra...

       Que quien ejerce el despotismo sistemático pretenda impartir lecciones teóricas de justicia e injusticia es un ejercicio de cinismo cutre que haría sonrojar al mismísimo Diógenes de Sinope, santo patrón de este blog, por cierto. Pero ese cinismo se eleva a niveles de impudor procaz y se torna mofa grotesca cuando se utiliza la distancia insalvable para poder desbarrar sin recibir réplica a cambio. Resulta que el ínclito se ha despachado a gusto allá por Chile, con un océano entre medias con el que enfriar la ira de su peble, a salvaguarda de tener que ver u oír la respuesta doméstica que sin duda tamaña desfachatez merece. Que nos los diga aquí, a la cara, si se atreve. Los cobardes es lo que tienen, que cuando se sienten arropados por millones de otros cobardes se hacen más y más fuertes en su cobardía. Las epidemias que no diezman, unen.


        Pero ya que nos suscita el tema el señor presi (con esto de la crisis le voy a recortar un poco su inmerecido título), explayémonos en el tema de las injusticias por generalización, y libre de pecado el que arroje el primer morrillo, centrémonos en aquellas que emanan de lo más alto.


        Resulta incontestable el hecho de que la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país (95% según encuestas) está absolutamente segura, res non verba, de que gran parte de los animales políticos no son sino unos chorizos por nacimiento, condición y convicción. No sé a ustedes, pero a mí se me antoja inverosímil que tanta gente se haya puesto de acuerdo para incurrir en yerro o dolo. Ni los lemmings, vaya. Y mientras la masa se desenvuelve, mastodóntica, en su ecumenismo pacifista, nuestro presi persevera en su obsesiva obstinación y continúa desvirtuando la verdad ad libitum -cuando le place- o ad nutum -como le sale del entrecejo- tratando de convencer, a sus ficticios borreguitos abducidos, de que las cosas son y deben ser tal y como él expresa desde su perversidad y no como los seres humanos percibimos a través de nuestros sentidos y procesamos por medio de nuestra inteligencia. Mucho me temo que si se lo permitimos, su despotismo le llevará al intento de despojarnos de nuestro raciocinio y hasta de nuestra humanidad.


        Entonces, ¿dónde está la perfidia en esta ocasión? En el intento de aparecer como víctima representativa del gremio de los trincadores, defraudadores, bucaneros y demás alipendes que abarrotan los partidos políticos, así como otros pesebres y estercoleros aledaños; en el nada inocente autorretrato del jefe como mártir que, emboscado en una burda y harapienta piel de cordero, se siente injustamente tratado por el ejercicio de la generalización. Ver para creer.


         Y aunque su parte de razón pudiera no faltarle en eso de que generalizar es injusto, constituye un escarnio infame pretender considerarse víctima de tan rastrera táctica quien la ha aplicado a sus súbditos sin pausa ni tregua desde que el ovni le posó en La Moncloa.

      Unos ejemplos ilustrativos. De este injusto gobierno, injusto hasta los mismísimos límites del feudalismo y el fascismo (piensen en la cantidad de gente que rebusca en los contendores de la basura o en la brutalidad física y económica con que se penaliza a quienes protestan en la calle y verán que no exagero ni un pelo), llevamos ya una eternidad padeciendo, sufriendo, penando, en suma, quienes en su día cometimos el error de estudiar una carrera universitaria superior y aprobar unas oposiciones para ser funcionarios del grupo A, el más alto del escalafón.


            El gobierno del dislate se ha enfrascado en la tarea de reducir el número de funcionarios, propiciando un ERE masivo en la función pública (de momento solo el personal interino está afectado, pero demos tiempo que el tsunami se llevará todo por delante), y lo está ejecutando de una manera indiscriminada, sin reparar en cuestiones tan obvias como que los funcionarios resultan más necesarios en sectores como la enseñanza y la sanidad y bastante menos en los gobiernos autonómicos, las diputaciones o los ayuntamientos, en donde mucho personal vaga mano sobre mano. En dos palabras, el gobierno ha decidido manu militari que sobran funcionarios y se ha propuesto eliminarlos a discreción; así, sin especificar, generalizando, que es gerundio. Lo grave del asunto es que el señor presi, quien tan injustamente generalizado se siente, no ha hecho el más mínimo esfuerzo a la hora de evitar que su generalización hacia los funcionarios resulte injusta. Paradójicamente sin embargo, ahora nos pide a todos que no generalicemos con los chorizos. Mira tú por dónde. Mi madre diría que eso es tener más cara que espalda…


         Otro botón de muestra. Bajo unos pocos escalones más en dirección a la arena de lo concreto y pido permiso para hacer referencia a un caso que afecta en lo personal a este fustigador de imaginarios lectores. Al gobierno le ha faltado tiempo para actuar contra aquellos trabajadores, ¡qué casualidad, funcionarios también!, que, haciendo abuso de sus derechos adquiridos, aprovechan los días estipulados al reposo de las enfermedades sobrevenidas que no requieren baja laboral (gripes, migrañas, y un extenso catálogo de similares) para holgar. Hasta ahora en mi gremio, el de los docentes de secundaria, cuando un profesor caía víctima de una enfermedad que le provocaba una indisposición física transitoria podía permanecer hasta tres días en reposo, sin verse obligado a acudir a su centro de trabajo ni tener que ver cómo le rebañan parte de su jornal. Su puesto en el instituto era (y lo sigue siendo) cubierto por un compañero en el desempeño de lo que técnicamente se denomina “funciones del profesor de guardia”. Siempre hubo caraduras que con mayor o menor frecuencia se tomaban algún día de asueto sin dolencias conocidas, pero agrupados todos ellos apenas constituían un conjunto merecedor del término excepción.


          Soy un poco duro de mollera en el tema económico por lo que me resulta inalcanzable comprender la cuantía del gasto público que se produce en una situación como esta, pero sospecho que no debe ser grande. Pues bien, con la excusa de que hay jetas y escaqueados que se toman a la ligera la esencia de su trabajo y abusan de este derecho (que la inmensa mayoría ejerce con absoluta responsabilidad) y de que así se van a ahorrar unos eurillos que a buen seguro acabarán en el fondo de sobres de color marrón, al gobierno absolutista le ha faltado tiempo para suprimir dicho derecho, haciendo pagar a justos por pecadores. Bien sabemos (y si alguno no lo sabía, ya se está encargando el partido impopular de recordárselo) que quitar derechos ya adquiridos es una de las peores características -y la especialidad favorita- de los autoritarismos. Por el humo se sabe dónde está la hoguera.


        ¿No habría resultado más eficaz aumentar las medidas de control (inspección médica rigurosa, por ejemplo) para evitar el absentismo laboral basado en la picaresca? La respuesta es tan elemental que pensar en ella produce hasta dolor.


          Retomando el hilo conductor de este escrito, ¿le parecerá justo o injusto al señor presi, que su gobierno generalice tomándonos a todos por absentistas pícaros, cuando en realidad la inmensa mayoría no lo somos? ¿Le parecerá lícito que, al amparo de semejante injusticia, su gobierno cometa otra aún mayor, y, dos por el precio de una, nos despoje de un derecho ya adquirido? Probablemente conoceremos la respuesta cuando le toque ir de viaje a Bora-Bora.

Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta incurrir en la repetición o el tedio, pero estoy seguro de que no será necesario, tan elevado es el concepto y tan alta la estima que tengo hacia mis  imaginarios lectores.


        No debería quedarnos duda alguna de que los bebedizos que alimentan la regresión, la involución y la represión rebosan las copas en el camarote de los hermanos Marx sito en Moncloa: de los poderosos sorbos con los que se embriagan las sesudas mentes del gobierno hay pruebas evidentes en las portadas de la prensa que aún tiene la decencia de militar en el bando de la independencia.

El gran farsante, el decretador compulsivo, ha dictaminado que el populacho no es digno del derecho a generalizar, y que ese es un privilegio propio y exclusivo de los políticos; el falsario embaucador ha impuesto que los siervos pueden ser generalizados, pero los políticos no pueden serlo, so pena de incurrir en injusticia. El trilero de los hilillos ha vuelto a hacer de las suyas y ha reincidido en su perpetua metedura de pata al demostrarnos que su concepto del término generalizar no parece estar a la altura del cargo que ostenta. La tormenta no cesa; la mentira persevera. Ad nauseam.

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