DOS APUNTES EDUCATIVOS



         Francia contratará 60.000 nuevos profesores para blindar la enseñanza pública frente a cualquier tipo de recortes. El gobierno del país vecino pretende restañar el enorme daño causado por las políticas de derechas de Sarkozy, que llevaron a la pérdida de 80.000 puestos de trabajo entre el profesorado funcionario.

        En España, la estrategia de desmantelamiento de la educación pública a favor de la privada nos va a llevar a la desaparición de unos 80.000 profesores en un futuro más o menos inmediato. Cuando tú vas, yo vuelvo.

        Hollande, además, se ha comprometido a reducir en 60.000 millones de euros el gasto público en cinco años, pero ha puesto a la escuela pública a salvo del austericidio. La inversión en Educación para 2013, que supera los 62.000 millones, es la única partida estatal, junto a la de Interior, que crece respecto a 2012. 

         Aquí abajo, veintiún siglos de historia a remolque del progreso, a la zaga del resto de vecinos europeos, lastrados por el duro castigo religioso (¿quién sale más beneficiado con la desaparición de la escuela pública?), y cuando por fin, conseguimos encaramarnos a la zona noble del estado del bienestar llegan los codiciosos, los que viven no ya por encima de la media, sino por encima de los límites de lo decente, en una opulencia obscena gestada, por lo general, de forma ilícita, montan una crisis y nos cuentan la milonga de que los pobres hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y que ahora hay una cuenta que pagar. Que saldaremos los pobres pero no los ricos. Somos unos borregos pastoreados por unos catetos.




 


          Las reuniones de colegas docentes se han vuelto últimamente de lo más monótonas y cada vez se asemejan más a esos grupos de terapia en los que los pacientes se sientan formando un círculo y se cuentan sus penosas experiencias. Una costumbre genuinamente americana que vemos, por ejemplo, en muchas películas y series originarias de allende Finisterre. En la forma no son así, pero en el fondo nuestros encuentros acaban como las sesiones de los alcohólicos anónimos o los drogadictos en proceso de rehabilitación: con todo el personal bastante apesadumbrado por la dificultad de evitar ser engullidos por el marasmo y el derrumbe. 

        Hoy he tenido una de esas reuniones, la cual, afortunadamente, ha terminado con una comida -menos mal que los comedores y bebedores sociales aún no se han extinguido, ni han sido prohibidos, aunque demos tiempo al tiempo- en la cual, ya libres de la pesada sombra de los problemas, hemos dado en comentar lo mal que está el gremio: burn-outs, desmoralización, indiferencia, deriva, y mil lindezas más. Alguien ha hecho la pregunta del millón (bendito vino): “al fin y al cabo, ¿desde que empezó esto de la LOGSE en 1990, cuántos incentivos ha tenido el profesorado?"

        No hizo falta ni lápiz ni papel. Y todos coincidimos en que ya nos gustaría poder disfrutar en alguna de nuestras clases de los cinco o diez minutos de silencio que siguieron a dicha pregunta.

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