CINDERELLA IS BACK (AGAIN)



Brad Stevens, entrenador de Butler
         Brad Stevens no nació para rendirse. Es uno de esos tipos insistentes que cuando ve una chica que le gusta no para hasta tenerla entre sus brazos. Aunque para ello tenga que escalar la montaña más alta o pelearse con el mismísimo diablo. El hombre lleva tiempo, sin éxito, marcando el número de la gloria con la secreta aspiración de conseguir una cita con ella y atraparla de una vez por todas. Después de muchos meses sin tono ni señal, anoche, por fin, alguien descolgó el teléfono al otro lado: era la secretaria, una tal fortuna, quien le dijo a Stevens que no se retirase pues iba a ver si la gloria podía ponerse. Eso sólo puede significar una cosa: Butler ha vuelto.

           Stevens no es un neófito en el cortejo de la dama más deseada por la humanidad, en cuyo empeño ya ha sufrido dos sonoras calabazas en las finales nacionales de 2010 y 2011. Pero, inasequible al desaliento, perseverante como pocos, tenaz como ninguno, el joven entrenador de una minúscula universidad de desgarbados blanquitos, Butler (Indianápolis, 4.500 alumnos), lleva su misión personal grabada a fuego en el entrecejo. Y no piensa parar hasta lograr su propósito. Palabra de Brad.
            
             Hace tres años, el 5 de abril de 2010, la frívola gloria le dejó plantado en el último suspiro, cuando todo parecía indicar que la presa había caído en sus brazos. Nada podrá borrarnos el bello recuerdo de aquel apasionante momento, la imagen de un grupo de jugadores de baloncesto de apariencia desmadejada, apenas musculados pero dotados de un espíritu inquebrantable, un aguerridísimo quinteto -el roster no daba para más- de flacos gladiadores (Hayward, Veasley, Mack, Howard y Nored) que puso en jaque durante cuarenta minutos a la todopoderosa Duke, la antipática dominadora del torneo del KO más famoso del mundo. En aquella emocionante final los de Carolina acabaron escapando milagrosamente de la que habría sido la mayor sorpresa de la historia de la NCAA. Poderosas y legendarias escuadras habían quedado en el camino en etapas increíblemente disputadas (Syracuse, Kansas St., Michigan St.) ante la mayor cenicienta de toda la historia del baloncesto universitario americano, la cual, bajo la magistral dirección de Stevens, se había plantado en el Lucas Oil Stadium de Indianapolis para reclamar su derecho a la gloria. Pero ésta, dama voluble y caprichosa donde las haya, seductora de bribones y chicos malos, más casquivana y enamoradiza que de costumbre en su tránsito por su habitual senda errática, decidió que los tres intentos del enorme Gordon Hayward por hacer que el balón perforase el aro de los Blue Devils, en tres jugadas rocambolescas e inolvidablemente emocionantes, resultaran infructuosos. 

Esa noche, la gloria se disfrazó de mujerzuela casposa y se echó, ante los ojos llorosos de los 70.000 espectadores que abarrotaban el estadio, en los brazos del atildado Krzyzewski. Un palo muy gordo, un soponcio del que me costó muchos meses recomponerme, y nunca del todo. Fue, para mi gusto, una de las más injustas, y mejores, finales de todos los tiempos junto con la de 2008, aquella en la que los Jayhawks de Kansas le birlaron a Memphis un triunfo que creían tener en el bolsillo cuando ganaban por nueve puntos a falta de dos minutos. Por cierto, dos curiosidades a destacar para quienes siguen de cerca el mundo de los aros: uno, la de 2010 fue la última aparición hasta ahora del coach K y su todopoderosa Duke en una Final Four, y dos, en aquel encuentro el máximo anotador fue un tal Kyle Singler.
            
            Al año siguiente, profundamente herido en su amor propio, el impenitente Stevens volvió a insuflar a sus gladiadores la fuerza del guerrero incansable y repitió la hazaña de presentarse en el momento y el lugar de la batalla definitiva, el 4 de abril, en el Reliant Stadium de Houston. Otra vez 70.000 espectadores contemplaron cómo la gloria le daba calabazas a su pretendiente. En esta ocasión lo hizo mostrando su lado más cruel y malintencionado al someter a los jugadores de Butler a un duro castigo en la segunda mitad del partido, permitiéndoles anotar sólo 6 lanzamientos de 37, lo que les hizo dilapidar la ventaja que tenían al descanso. El gris Jim Calhoun y su mastodóntica universidad de Connecticut se llevaron a la reina del baile.
           
         Después de ambos episodios hasta el más lerdo de los augures, pronosticadores, vaticinadores, críticos o apostantes deportivos volvió la espalda al joven Stevens y su tropa de cenicientas: todos dieron por hecho que a Butler se le había agotado el crédito. Todos se convencieron de que el sueño de aquella minúscula universidad del estado más baloncestístico (con permiso de Carolina del Norte, claro) no había sido otra cosa que eso mismo, un sueño, que su aparición en dos final four consecutivas, además de una casualidad de imposible repetición, no había sido más que la violenta explosión de una supernova deportiva, cuyo brillo en el universo baloncestístico había cegado a casi todo el mundo, y que irremediablemente volvería a la sima abisal a la que todos creen que debe pertenecer: la de ese ejército de pequeñas universidades que, como coristas de tercera fila, sirven para rellenar el abundante elenco de la liga. ¿Todos? No, desde luego. Brad Stevens cree ciegamente en todo lo contrario y su testarudez y tenacidad en pos del puesto más alto ni conocen parangón ni admiten discusión.

   Por eso la pasada noche todos aquellos pajarracos de tan mal agüero tuvieron que tragarse el vinagre de sus nefastos pronósticos. Con la inestimable ayuda de los 10.000 seguidores más fieles de toda la Atlantic 10 Conference, la cenicienta volvió a resurgir, augurando la cegadora eclosión de otra posible supernova cuando los idus de marzo, la frenética y feroz lucha por uno de los títulos más preciados en el deporte mundial, den paso a la archiconocida March Madness, la locura de los seis partidos que llevan a lo más alto. Algunos ya contamos los días y las horas esperando el momento.
            
         Por el vetusto Hinkle Fieldhouse de Indianapolis (la cancha en la que se rodó la famosa película Hoosiers y el parquet sobre el que el legendario Oscar Robertson ganó dos títulos estatales con su instituto) se dejaron caer ayer los estirados chicos de la universidad jesuita de Gonzaga en busca de un triunfo que se suponía relativamente sencillo. Pero, para su sorpresa, se encontraron un partido a cara de perro, y nunca mejor expresado, toda vez que ambas escuadras comparten mascota y apodo: los bulldogs.
             
        Casi nadie en Estados Unidos estaba pendiente del partido pues había otros platos más sabrosos que degustar, como el Louisville-Syracuse, donde los neoyorquinos de Jim Boeheim (recién ingresado en el exclusivo club de los entrenadores con más de 900 victorias, junto a Mike Krzyzewski y Bobby Knight, es decir, palabras mayores) asaltaron el feudo del equipo de Rick Pitino y pusieron patas arriba la competición: Louisville acababa de estrenar esta misma semana el número 1 del ranking nacional y ahora, tras esta derrota, el trono a buen seguro quedará vacante a expensas de varios contendientes (confiemos en que los entendidos no vuelvan a colocar ahí arriba a la odiosa Duke). Por cierto, ¿le servirá a Syracuse esta victoria para ser alzado desde su actual 6º puesto hasta el primero? Los lunes se revisa la clasificación. Mañana, pues, promete ser un día muy interesante.
           
         Anoche, quienes no se enfrascaban en la cruenta batalla Pitino-Boeheim andaban sumidos en otras lides no menos interesantes: la lucha entre UCLA y Oregon por dominar la Pac-12, la complicada visita a la cancha de los Longhorns de Texas de esa máquina maravillosa que Bill Self ha creado en la universidad de Kansas (repasito desde la defensa y posible número 1 para los Jayhawks), o el siempre multitudinario duelo entre dos estatales vecinas y, por tanto, acérrimas enemigas, Ohio St. y Michigan St. (acabó  siendo un tostón infumable).

 Yo, que ya me olía la tostada y soy uno de los convictos y acérrimos seguidores del no es oro todo lo que reluce, me enganché inmediatamente al Butler-Gonzaga, y, por supuesto, disfruté de un espectáculo estupendo: un ambiente enfervorizado hasta el paroxismo, público casi sobre las líneas de fondo, defensas axfisiantes, rebotes a cuchillo vivo, canastas a precio de oro, sangre a cambio de un miserable trozo de parquet sobre el que poder botar el balón, brazos gigantescos, torsos descomunales, pies raudos y ríos, avenidas, avalanchas de sudor, fuerza, vértigo, empuje y una fiereza propia únicamente de quienes se hacen llamar a sí mismos bulldogs. Todo repartido a partes iguales, por supuesto. Técnica, la justa en estos casos. Táctica, sólo una: no pasarán.
           
       Y si el Butler moldeado por Stevens (16-2 en el total nacional, 3-0 en su conferencia, ranking 13) es un digno exponente de la más recia Esparta, los de Spokane, en el extremo noroeste del país (17-2, 4-0 y ranking 8), no les van a la zaga. Por eso fue un duelo a muerte, sin prisioneros, desde el salto inicial. Al descanso, Gonzaga mandaba 32-33. El final fue digno del mejor thriller de Hollywood: a falta de tres minutos los ‘Zags logran un triple por medio de su magnífico base David Stockton (hijo del legendario John Stockton, playmaker del Dream Team de 1992) y se colocan un punto por debajo. Se entabla entonces un duelo de sucesivos ataques sin fallo alguno y con posesiones al límite, por parte de cada equipo. La emoción derrite hasta las vigas del estadio y, de repente, se produce el desenlace más inesperado posible: con 62-63 para los de Washington, y a falta sólo de 3,5 segundos, el base local Barlow comete dobles, malogra el ataque definitivo y regala la posesión y el partido a los visitantes. La oscuridad de una profunda decepción desploma al público en sus asientos. Pero, un momento, ¿el partido, decimos? Jamás. No en el equipo de Brad Stevens. Sabe que la chica-diosa le está espiando a través de alguna secreta rendija, en la lejanía de su caprichoso Olimpo, sopesando la posibilidad de atender su insistencia o despreciarle definitivamente, así que morirá en la pista antes que vagar llorando su pena otra vez.

         Tiempo muerto, caras larguísimas en la grada y Stevens desgañitándose para recordar a los suyos que ni él ni quienes le acompañan se rinden jamás y lanzando miradas conspicuas a quien hoy está siendo su hombre, Roosevelt Jones, conminándole a resolver el entuerto. El timeout se acaba y Stockton se dispone a sacar desde la línea central en medio de un ensordecedor ambiente. Lanza la bola hacia Kelly Olynyk, el melenudo pivot canadiense del equipo (esa es la táctica cuando hay que realizar saques de banda muy complicados), pero el pase no alcanzará su objetivo. Sin saber muy bien cómo ni desde dónde, Jones, sin duda embriagado por el instintivo bebedizo con que su entrenador ha alimentado su voracidad, con un simple gesto aparta hábilmente a Olynyk de la trayectoria de pase y se las apaña para robar el balón. Como si no fuera él sino su entrenador, que misteriosamente se hubiera introducido en su cuerpo, se lanza frenéticamente hacia el aro rival, y en un tiro afortunado desde el exterior de la defensa contraria logra encestar mientras suena la bocina y el marco del tablero de los Zags se ilumina en rojo fosforescente. Hacía tiempo que no veía un guión con un final tan bueno. Ya no se hacen pelis como estas.

           
       Resumiendo, Butler ha vuelto. Lleva 13 victorias consecutivas en este final de temporada, incluyendo dos sin su mejor anotador, Rotnei Clarke. Además, ha derrotado a dos de las más grandes universidades de la historia de esta competición: North Carolina (allá por noviembre, cuando los Tar Heels todavía eran ranking 9) y a la vecina Indiana (el mes pasado, cuando los Hoosiers eran número 1 de la clasificación). Y ahora se ha cargado al nº 8, Gonzaga. Por primera vez en toda su historia ha derrotado a tres equipos top-ten en la misma temporada. A eso se le llama tapar muchas bocazas. La vieja dama sonríe tras su rendija.
             
      No sé lo que harán ahora los diseñadores del ranking, quiero decir si se atreverán a poner a Butler entre las diez mejores universidades nacionales. Eso espero, ya que habitualmente  suelen conducirse con exquisita justicia a la hora de poner a cada cual en su sitio (la hipervalorada Duke es caso aparte). Tampoco me consta en qué diantres estarán pensando ahora mismo quienes arrojaron a Stevens y su banda al pozo del olvido después de sus pasados desencuentros con el éxito. Poco o nada me importa, desde luego. Lo cierto es que me resulta indiferente todo ello: cuando llegue el momento de cumplimentar el bracket de los 64 equipos que lucharán por el título, yo me cuidaré muy mucho de darle a Butler el crédito que merece, especialmente este año en que mis sempiternos favoritos, UNC y Kentucky, parecen haberme abandonado definitivamente (a veces sospecho que Roy Williams y John Callipari empiezan a chochear un poco).
    La cenicienta está otra vez entre nosotros y el terco Stevens sigue a la espera, con el auricular en la oreja, aguardando a que la dama gloriosa se ponga de una vez y le conceda una cita para el mes de marzo. Dicen que a la tercera va la vencida. Brad, que tengas mucha suerte.

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