GRACIAS, PREFIERO LA MAGIA



“El hecho de que un creyente pueda ser más feliz que un escéptico es tan cierto como decir que el borracho es más feliz que el hombre sobrio.” 
(George Bernard Shaw)

     Cualquier habitante del siglo XXI está lo suficientemente evolucionado como para darse cuenta de que la religión es un arma sumamente peligrosa, la cual ha matado a más gente a lo largo de la historia que muchas de las enfermedades que, en tanto que animales, padecemos. En mi opinión, y parafraseando a Steven Weinberg, la religión, más que un atributo ha sido una afrenta para la dignidad humana, puesto que con o sin ella, seguiría habiendo buena gente haciendo cosas buenas, así como gente malvada haciendo cosas malas. Sin embargo, para que la buena gente haga cosas malas no hace falta otra cosa que, precisamente, religión.

      Llevamos ya demasiados milenios soportando sobre nosotros este pesado fardo de escrúpulos y tabúes que insistentemente ha perseverado en obstaculizar el libre desarrollo del entendimiento humano. Nada hay, ni ha habido, más opresor de la libertad y la ciencia que la religión. Y hasta donde yo llego, siento que, como docente, estoy obligado a que mis alumnos reciban conocimientos científicos que les permitan ejercitar su derecho a la plena libertad. Sin frenos interesados ni aditivos espirituales.

       No parece aceptable entonces que se incluyan asignaturas tipo Religión (póngase el apellido que se quiera) o Educación para la Ciudadanía en ninguna de las etapas educativas, especialmente porque ambas encierran una intención peligrosa: influir en la orientación intelectual de los jóvenes, asunto en modo alguno baladí, por otra parte. Consecuentemente, no es posible hallar argumentos de peso para siquiera considerar su presencia en el ámbito de una educación en libertad e igualdad. El caso de la primera de ellas es particularmente grave y deshonroso para nuestra condición de seres humanos, salvo que pretendamos seguir manteniendo a nuestros alumnos inmersos en el oscuro mundo de los mitos y a la vez alejados de los principios racionales y racionalistas sin los cuales no nos habría resultado posible desembarazarnos de nuestro pasado animal. Ya hace mucho tiempo, demasiado como para olvidarlo sin más, que Aristóteles y compañía le pusieron una buena dosis de sensatez al trasunto de la condición humana como para que, de repente, la enajenación de ciertos iluminados nos conduzca de regreso a las cavernas.
         
     En el curriculum escolar de las últimas leyes educativas, la asignatura de Religión nunca ha dejado de ser sino el perro del hortelano, pues ni comía del plato de la ciencia y la sabiduría, ni dejaba comer de él. Sin embargo, con la llegada al poder del partido impopular, quienes llevan toda la vida intentando meter con calzador contenidos espirituales en la escuela pública han visto abrirse las puertas del cielo. Y así, de pronto, coincidiendo con la elaboración de un sinfín de borradores y anteproyectos de una presunta nueva ley educativa, los pérfidos obispos, insaciable su apetito evangelizador, se han apresurado a exigir que la asignatura alternativa a la Religión resulte lo más difícil posible, diríase infernal, para que a la hora de elegir, los alumnos se decanten por el culto y se alejen de lo culto.

           Me argumentaba brillantemente un compañero que ciertamente a ninguno se nos ocurriría jamás -porque se reirían de nosotros- exigir que los ritos y las liturgias religiosas tuvieran que ceder una parte de los mismos para la enseñanza de matemáticas, lengua o química, aunque bien es cierto que ello sería grande justicia tal y como está el asunto de la enseñanza de la religión en los centros escolares. Sin embargo, lo contrario, la religión en la escuela, no solo es posible, sino que para algunos, parapetados en fes y dogmas bastante caducados a estas alturas de la evolución, resulta incluso necesario. Y, llegado el caso, debería imponerse hasta por la fuerza, especialmente en aquellos ámbitos diabólicos en los que los sensatos se desgañitan defendiendo la modernidad. A estos últimos, la porfía en pos de la sensatez, por muy sospechosa que ésta les resulte a los elegidos para la gloria celestial, no debería parecernos batalla perdida, aunque, como decía Thomas Paine, intentar argumentar con personas que han renunciado a la lógica, es algo similar a intentar dar medicina a un hombre muerto.

           Volviendo a los advenedizos protagonistas de esta triste historia, dado que la coyuntura es propicia al cambalache fervoroso, los obispos, como buenos depredadores que saben medir bien los tiempos y olfatear el momento de debilidad de su presa, atacan precisamente ahora, cuando perciben que tienen a tiro un ministerio delirante y trasnochado, una esponja que empapará rápidamente su prédica divina. Y hete aquí que nos damos de bruces con la última (des)gracia del minotauro ministerial: pactar a escondidas, al estilo Dorian Gray o Fausto (sin duda algo inmaterial le habrán prometido a tan alucinado dirigente), con quienes bajo ningún concepto deberían intervenir en la educación de nuestros hijos y/o alumnos. Por favor, que no venga a nosotros vuestro reino.

                    Al parecer, no contentos con haber mantenido contra natura su ideología en los centros educativos, los autoproclamados gestores de almas quieren consumar la última vuelta de tuerca al ejercicio de malvada soberbia en el que sibilinamente andan siempre metidos, y por eso, codiciosos, exigen arrogarse el derecho a decidir qué tipo de alternativa ha de proporcionarse a quienes sabiamente deciden no cursar materias, como la Religión, que poca o ninguna utilidad van a tener en su futuro profesional. Más de lo mismo: misioneros indeseados mangoneando en lo suyo y en lo de los demás, pues, al parecer, para eso les ha puesto Dios en la Tierra. Saben de la sencillez de su tarea mientras siga habiendo tantos ciudadanos (¿o deberíamos decir esclavos?) aborregados los cuales, parientes próximos de los últimos exiliados del belén navideño, creen que el sistema educativo de este país debe estar en manos de las sectas religiosas…

        No obstante, de tener que impartir alguna asignatura basada en la fantasía yo me inclinaría, sin ningún género de duda, por la magia. Puestos al disparate, podríamos acudir, tras nombrar ministra de educación a J. K. Rowling, a la magnífica bibliografía de Harry Potter y explotar las aplicaciones prácticas de sus técnicas. Quién sabe, tal vez hasta podrían servirnos para hacer desparecer a las mentes retrógradas que siguen martilleando el fiat voluntas tua. En cualquier caso, además de contribuir de una manera sui generis al esperpento actual del bilingüismo forzado y forzoso, estoy seguro de que a nuestros alumnos les resultaría una materia mucho más entretenida que la religión.
       
       Si por el contario resulta que, ut supra, finalmente no hallamos ni una sola buena razón para continuar manteniendo en el curriculum educativo asignaturas carentes de contenido científico, no nos queda más remedio que concluir que, por una sencilla cuestión de honestidad intelectual, nuestras escuelas e institutos deberían blindarse contra cualquier tipo de enseñanza portadora de aspectos ideológicos. Así pues, y por nuestro propio bien y el de las generaciones futuras, los docentes quijotescos, al menos quienes aún tiramos de dignidad y diariamente nos peleamos con todos y con todo para no perder el poco juicio que nos queda, hemos de seguir exigiendo (y este escrito es mi granito de arena) que se eliminen de una vez por todas estas pseudo-asignaturas en absoluto beneficiosas para la salud mental de las generaciones venideras. 
   
      Al fin y al cabo, para enseñar ritos, cultos y espiritualidades fantasiosas nunca faltaron púlpitos.

PD.: Estimados lectores, si mi razonamiento no les ha finiquitado el interés por este tema, sino que les va la marcha y quieren más madera, les dejo el enlace a un magnífico artículo de Juan G. Bedoya (mil gracias, paisano) titulado "El analfabetismo religioso", en el que se expone el asunto con más claridad de ideas, mejor literatura y mayor abundancia de información. Una delicia, vamos. (enlace al artículo)

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