HAN ROBADO EL FIN DEL MUNDO



                Contemplo estupefacto a todo el personal dándole vueltas al tema del fin del mundo en coincidencia con fechas curiosas, ya saben, que si el 12 del 12 del 12 -día que, en modo alguno casualmente, ya pasó por delante de nuestras narices con una normalidad casi burlona- o que si el 21 del 12 como decían los mayas… A mí, que soy uno de esos pocos que, en el conjunto de toda la humanidad, habrá tenido la extraordinaria oportunidad de vivir dos años capicúas (la inmensa mayoría de la gente no llega a conocer ninguno en su vida), me hace muchísima gracia todo el asunto. Mi escepticismo respecto del sentido de estos números más o menos curiosos es total, más que nada porque me recuerda al periodo en el que nos tocó cambiar de siglo y de milenio, cuando muchos se prepararon para lo peor de lo peor, para un apocalipsis que ni siquiera se dignó asomar y dejó a todos los milenaristas con un palmo de narices. Ruido sin nueces.

               Esta misma semana muchos han estado pendientes de reloj y calendario, cruzando los dedos el miércoles a las 12 horas y 12 minutos del día 12 del mes 12 del año 12 para que nada extraordinario, ningún fin del mundo, ocurriera. (Confieso que mi única preocupación ese día era descubrir qué regalarle a mi hijo por su cumpleaños, ya que él había asomado su cabeza a esta vida precisamente doce minutos después de las doce de la noche ya entrados en el doce de diciembre. De su benevolencia, amigo lector imaginario, espero y deseo la indulgencia necesaria para excusar tan grande lío de números coincidentes). Tanto entonces, en el cambio de siglo y milenio, como ahora, el miércoles pasado, el instante ese de marras no perdió su condición de tal, duró lo que su propio nombre indica y la vida de las personas continuó siendo como era antes. Eso de las cifras es un poco como el cuento de Pedro y el lobo, cuya moraleja nos viene a decir que el lobo, lógicamente, nunca avisa de su llegada, por más que gritemos su nombre. Lo mismo sucede con el fin del mundo: llegará sin avisar. O, al menos, sin que nos dé tiempo a reaccionar.

                 Me refiero al fin del mundo físico, cuya venida nos caerá, como clavos al martillo, desde el cielo (y no es metáfora religiosa, absténganse pues los malpensados) en forma de cometa o asteroide. Por lo visto, ya hay tres firmes candidatos al acierto en la apocalíptica diana terrestre. Dos son amenazas modestas para los estándares de las catástrofes en la escala astronómica, que se aproximarán a nosotros en 2036 y 2082, a la vuelta de la esquina del calendario. Pero quien sí nos intimida muy seriamente es un tal Asteroide 2002 NT7, un global killer que se llevaría por delante un continente entero en el impacto directo y vaya usted a saber qué más con las consecuencias del mismo; y que estará llamando a nuestra puerta en la muy prosaica y nada misteriosa fecha de febrero de 2019, a la que sin duda llegaremos quienes estamos escribiendo y leyendo estas líneas. Que se nos incruste en la mollera o que pase de largo ya son cosas que habrá que negociar con él de aquí a entonces.

                Así que, en cuanto a nuestra desaparición física, yo tengo claro que no se trata ni de los mayas, ni de las encrucijadas milenarias, ni de los numeritos capicúas, ni de ningún juego cabalístico: es ciencia pura y dura. Cálculo de órbitas y trayectorias. La matemática que rige nuestras vidas y la física que las diseña. 

               A mí lo que verdaderamente me preocupa, primum vivere,  es el otro fin del mundo, el material, el de nuestro pan de cada día, ese que ya se ha producido y de cuya llegada ni nos hemos enterado, porque nos ha sido secuestrada por la caverna conspiratoria. Esto último, además de preocuparme, me indigna porque ni siquiera se nos permitió en su momento asistir a la fiesta de bienvenida de este otro fin del mundo existencial, la cual, según me comentan mis fuentes bien informadas, estuvo reservada en exclusiva para los VIP (Viles e Idiotas Peperos), resultó fastuosa, y en ella solo algunos de nosotros tuvieron la oportunidad de participar, eso sí, apenas como canapé y bebida. Los demás a seguir dormidos en la ¿bendita? ignorancia.

              Pero al final, como pasa en las películas y las series de crímenes, siempre se acaba por destapar todo el cotarro y ahora acaban de salir a la luz los detalles de este fin del mundo: según un informe de Intermón Oxfam (y otras varias oenegés) ya hay en España 12,7 millones de personas sumidas en la pobreza y la exclusión social (un 27% de todos nosotros). Y lo que es peor, la situación, con un índice de falibilidad casi nulo en tan macabro augurio, llegará en 2022 a los 18 millones, o sea, el 40% de la población, dos de cada cinco. Tropezaremos con ellos por la calle cada quince pasos. (enlace informe)



              El dato es aterrador y mete más miedo que el killer ese que vaga por el espacio. Resulta que, cayendo del árbol (aún a riesgo de estropear el dicho popular, no menciono la especie porque el nombre tradicional me da mal rollo), nos damos cuenta, ¡anda, los donuts!, de que éste era el verdadero fin del mundo (y nosotros sin saberlo): inclinar el plato social de tal manera que la sopa fluyera toda en dirección a los estómagos más agradecidos. Con menos alharacas léxicas, trincar lo de muchos pobres para repartirlo entre unos pocos ricos. Originalidad medieval. No, si bien dicen eso de que la historia siempre se repite; lo malo es que estos tienen la edición del libro ya muy caducada. Y pensar que muchos fueron como corderitos a meter el papelito en la urna, o sea, al matadero. Ya se lo decía yo (y no quisieron escucharme): que os equivocáis de agujero…

                 El informe precisa que se tardarán otros veinte años no ya en alcanzar el sueño de la desaparición total de la miseria, que debería ser el objetivo, sino simplemente en llegar a los niveles de pobreza anteriores a la crisis, cifrados en 10 millones de individuos. A ver si me aclaro: ¿a la pena acumulada hasta ahora hay que sumarle entonces lo que nos queda cuesta abajo hasta el 2022 y después otros 20 más hasta 2042 en los que por fin conseguiremos que sólo haya 10 millones de pobres? ¡Qué alivio! Podría haber sido incluso peor, caso de prosperar la idea del chiste aquel en el que un ricachón le cuenta a su esposa que deberían cobrarnos a los pobres la envidia que los ricos nos producen. Por fortuna, la mujer, que era de alma bondadosa, acaba persuadiéndole de que hay que ser generosos y de que con lo que nos cobran ya es suficiente…

             Así pues, enfrasquémonos en el ilusionante objetivo de reducir el número de pobres a tan sólo 10 millones. Se trata, no cabe duda, de un maravilloso panorama que van a tener que comerse con patatas nuestros hijos y, muy posiblemente, nuestros nietos, los cuales gracias a la gentileza de unos cuantos mierdas de banqueros y empresarios ladrones cuya codicia nos ha traído hasta aquí, con la inestimable colaboración de sus acólitos políticos y sus monaguillos votantes, habrán de arreglar el estropicio ajeno a base de impuestos (la sangre, el sudor y las lágrimas ya no nos pertenecen). Casi tres generaciones perdidas para que una panda de maleantes trajeados se pegue la gran vida y se limpie hasta la caca con billetes. ¿Pero es que no hay modo alguno de reanimar a Robespierre?

            Continúa el informe poniendo los pelos de punta a las mentes sensatas y las almas tranquilas: "las recetas que se están aplicando en España solo van a incrementar el desempleo, la pobreza y la desigualdad; […] existen diferencias entre Europa y América Latina y el este asiático, pero también hay muchas similitudes que pueden llevar a España a una situación insostenible; […] Las mismas políticas de ajuste, que sometieron los organismos internacionales a ambas zonas, son iguales que las que está padeciendo España, solo que bajo otro nombre, austeridad". La ONG que ha elaborado el informe añade que, a pesar de los evidentes abusos de poder del sistema financiero, no se han exigido las responsabilidades a quienes crearon esta situación —como sí se hizo en Islandia— y que los cambios sociales que está sufriendo la ciudadanía llevarán a una redefinición de un nuevo contrato social entre la ciudadanía y el Estado. ¿Es o no el fin del mundo a escala cotidiana y a pie de calle? En mi opinión, aunque no hayamos reparado en ello, somos, irremediablemente, muertos vivientes.

          Es en este punto y aparte, cambio de tercio incluido, cuando le toca entrar a la música. Al final de cada año acostumbra a venirme a la cabeza una maravillosa canción (L’anno che verrá) del no menos maravilloso, y cada vez más añorado, Lucio Dalla, en la que nos cuenta sus tribulaciones sobre el nuevo año que se avecina. Dalla se inventa todo un montaje de cosas nuevas que imagina ocurrirán en el año de inminente llegada (será tres veces navidad, habrá comida y luz todo el año, los mudos hablarán, etc), para al final de la canción, reconocer que todo es pura ficción, que esas invenciones no son más que una droga para seguir tirando ante la anunciada adversidad, y que lo único que ocurrirá con una certeza absoluta es que ese año que viene se habrá acabado, exactamente, al cabo de un año. Eso sí, deja una salida a la existencia de alguna posible novedad; en su caso, que ya se está preparando para lo que pueda suceder. Ironía italiana, sin duda.

              Aquí, en nuestro país, e ironías aparte, los únicos que se pueden permitir el lujazo de prepararse para lo que va a ocurrir en el año que, cual global killer, se nos avecina, son los vampiros que nos han incrustado los colmillos en el pescuezo, quienes nos han sustraído la vida tal y como la conocíamos, los botarates que se lo han llevado calentito, los que están a la cola para llevárselo calentito, y los iluminati que sientan las bases para que los anteriores sigan chupando y trincando, esos mismos que, amparados en el descaro legal, cada viernes se apretujan en el camarote de los hermanos Marx de la Moncloa y, abrigados con la manta de sentirse elegidos en lugar de electos, se afanan en erigirse protagonistas de la secuela del gran bestseller titulado “El saqueo de España”.

Lucio Dalla
              Sí, ellos, los que nos han robado todo, absolutamente todo, los que también nos han privado tanto del disfrute del fin del mundo como de asistir a su fiesta de bienvenida, son los únicos que se están preparando para el año que viene, quizá porque se han apropiado de los medios que permiten tal tarea y tal vez porque nosotros, los zombis, ya no podemos ni con los pantalones. Efectivamente, nosotros, los demás, los desprovistos del derecho a la justicia, los robados del derecho a la sanidad, los secuestrados del derecho a la educación, los desalojados de nuestras casas, los despojados de nuestros dineros, somos los que, por desgracia, ya hace mucho tiempo que, cascarones vacíos, estamos padeciendo los años que vienen. Sin embargo, en esta canción nuestra, lamentablemente, parece que no hay novedad alguna. ¿Por qué nos dejaste amigo Dalla, ahora que la cordura cotiza más que el oro?

            En fin, acabo donde empecé, que es como debe hacerse en todo buen cuento, en este caso en los números y, para ser precisos, en mi escepticismo hacia las fechas curiosas. ¿Alguien se ha percatado ya de que el fin del mundo, este del que ni nos hemos enterado, comenzó en una fecha la mar de curiosa? El 20-11-2011. Vaya, ahora resulta que me han privado hasta del escepticismo.

           Por favor, que alguien le diga al Asteroide 2002 NT7 que se dé prisa y, si le es posible, que adelante su llegada y que la misma tenga lugar en viernes. Aclárenle, por favor, que las coordenadas de impacto son 40°26’39”N 3°44’09”O y, sobre todo, suplíquenle que no falle.

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