EDUCACIÓN SIN IDEOLOGÍA

A mi edad cuando me presentan a alguien ya no me importa si es blanco, negro, católico, musulmán, judío, capitalista, comunista... me basta y me sobra con que sea un ser humano. Peor cosa no podría ser. (Mark Twain) 


              Como animales que somos tenemos muchas posibilidades de acabar muriendo por enfermedades que son intrínsecas a nuestra condición de tales. No profundizo en su enumeración por dos razones: una, por respeto al lagarto, lagarto de mis imaginarios lectores, otra, muy íntima y personal, que tiene que ver con esta fecha tan señalada para mí. Excusen, por favor, mi omisión. 

                         No obstante la referida animalidad, los bípedos hemos conseguido lo que ningún otro bicho ha sido capaz de conseguir hasta ahora: inventar, desarrollar y perfeccionar un macabro arte llamado cainismo, al que podríamos definir como el modo de hacer morir a los individuos de nuestra propia especie mediante el uso enfermizo de los zumos destilados en nuestra mente. Que se sepa, la naturaleza nos otorgó tan sofisticada herramienta con el propósito de alejarnos existencialmente de las bestias, tarea ésta en la que además de haber fracasado estrepitosamente, hemos defraudado a cualquier espectador extraterrestre que ande observándonos, y, por supuesto, a la propia naturaleza. No cabe duda que, en asuntos de fiereza, agresividad y canallismo, hemos superado con creces a cualquier acémila. Será que aún nos queda por ahí oculto algún gen recesivo de los afarensis…

               Con la progresiva sofisticación de nuestro intelecto, el cainismo dejó de sustentarse en minucias como las envidias, las ambiciones, las locuras o los caprichos -todos ellos atributos individuales más propios de starlettes bíblicas, calígulas romanos o reyezuelos medievales- y empezó paulatinamente a buscar nuevas fuentes de alimentación más colectivas hasta que consiguió encontrar el combustible perfecto: una suerte de mochila que portamos en nuestro bagaje humanoide, a la que hemos dado en llamar “ideología” y que al final no es más que un receptáculo de nuestra sesera virtual al que muchas comeduras de tarro han ido a parar a través del embudo, impelidas por fuerzas singulares, las cuales, como martilleantes gotas de agua, no han dejado de moldear las hendiduras y los recovecos de nuestro cerebro. 

          A lo largo de la historia de la humanidad, estas ideologías, religiosas inclusive, implantadas en una inteligencia que debería resultar presuntamente superior a la de nuestros compañeros de viaje en el arca, han servido, por desgracia, para exterminar por doquier y a mansalva, y si cuantificamos proporcionalmente, han llevado a la tumba a más seres vivos que cualquiera de las enfermedades animales que se encuentran escritas en el menú de nuestro destino final. 

           Al mencionar el término ideología, sin quitarme el escalofrío de la piel, se me viene a la cabeza el gran museo de los horrores ideológicos, repleto de una pandilla de maleantes y asesinos a lomos de ideas delirantes y deformes, forjadas en ámbitos educativos y culturales demasiado desérticos o, cuando menos, turbios: Hitler, Pol Pot, Stalin, el Santo Oficio, Pinochet, Idi Amín, Gadafi, ETA, Mussolini, bin Laden, Mao, IRA, las Cruzadas, Auswitz, Gulag, Balcanes… Ni los crótalos, los escualos, los alacranes, los felinos o las pirañas (juntos o por separado) han causado tantas bajas en el ejército de la humanidad. En dos palabras, para animales, nosotros mismos actuando en nombre de nuestras ideologías. 

             Constantemente vemos a nuestro alrededor batallas fratricidas, enconadas como pocas, entre bandos separados de elementos de la misma especie, justificadas por la férrea e implacable sujeción a una morralla ideológica santificada hasta la obscenidad, esgrimida con enajenación inhumana, esnifada hasta la paranoia. Por desgracia para todos nosotros, con ardorosa entrega nos dividimos implacablemente, por voluntad propia o ajena, y continuamos militando en bloques irreconciliables, patriotas y traidores, rojos y fachas, ateos de mierda y caducos meapilas, ricos y pobres, públicos y privados, leoneses y castellanos, merengues y culés, soberanistas e independentistas, y así hasta el disparate. Y ya que mentamos la bicha (o si lo prefieren más naif, ya que pronunciamos la palabra mágica: disparate), ¿acaso no hemos sido capaces todavía de comprender en toda su extensión la lección de una Guerra Civil que sufrimos como quien dice anteayer? ¿Qué combustible llenaba entonces el entusiasmo y la entrega de los contendientes de ambos bandos sino la ideología? Razones no hubo muchas para aquella barbarie, sensatez ninguna, y sin embargo, nos matamos unos a otros en un espectáculo bochornoso e indigno a causa de las ideologías, las impuestas y las adquiridas, que al final no son más que las dos caras del mismo espejo. ¿De verdad queremos embriagarnos de nuevo con tan cruel ponzoña, realmente estamos dispuestos a apurar ese amargo trago? 

            Llegado a este punto me sucede como a mi alter-ego Melville, y por ello reniego incondicionalmente de mi índole humana, de la que huyo despavorido -aún sin punto de destino concreto dado que no parece existir reino animal o vegetal que me admita como miembro (incluso he probado a llamar a la puerta de las moneras, pero ni por esas)-, sencillamente porque ya no tengo estómago para compartir el privilegio de la camaradería con el elenco de desgraciados protagonistas antes mencionado. Declino la invitación amablemente y con sumo gusto

            El motivo de tan severa autoflagelación tiene que ver con otro de los famosos ideólogos que nos azotan últimamente. Mucha náusea y grande terror, a partes iguales, me invaden cuando leo, atónito y jaw-dropped, las palabras del ministro de nombre impronunciable; sí, ese mismo que está usted pensando, el veterano polizón, muy a mi pesar, de este blog. Este personaje, que le ha hecho un flaco favor a los tertulianos radiofónicos al convertirlos en contra de su voluntad en sospechosos irrecuperables, ha deslizado, en una entrevista sin el más mínimo desperdicio y en la que no ha salido airoso de ninguna de las preguntas-trampa a las que se ha visto obligado a hacer frente, una frase aterradora: "No pretendo que la educación sea un mundo al margen de la ideología". 

             Las preguntas se apelotonan y fluyen en la cabeza a borbotones, caudalosas como un río en pleno deshielo, casi todas ellas a la espera de alguna respuesta que se antoja más bien y cuando menos inquietante: ¿a qué clase de ideología está haciendo referencia? ¿Ideología política o religiosa, (porque no hay más opciones, ¿verdad?) ¿En cuánta dosis de ideología está pensando el minotauro? Yendo un poco más allá: ¿quién se va a encargar de la presumible tarea de insuflar el veneno en las mentes y las conciencias de los pueri? Si hemos de ser los docentes los encargados de ideologizar a nuestros alumnos, ¿podremos hacerlo libremente según nuestras creencias o habremos de seguir al dictado las directrices del politburó de turno? ¿Cuál de ambas posibilidades es peor? ¿Tendremos la oportunidad, como en su día tuvieron los médicos ante el aborto, de aducir objeción de conciencia y librarnos de semejante embolado?

              La justicia y la igualdad son conceptos incompatibles con una educación trufada de ideología, por eso ningún sistema educativo de las verdaderas democracias europeas (más genuinas cuanto más cercanas al polo norte) se basa en criterios o contenidos ideológicos, antes al contrario, solo la ausencia de los mismos en las etapas del aprendizaje académico constituye una garantía para entender los términos que deben regir la convivencia pacífica de los ciudadanos. Dichos términos están escritos a sangre y fuego en el lema que nos dejaron aquellos que, hace casi 250 años, se dejaron la piel, el alma y la vida misma, asaltando La Bastilla. Sin libertad, sin igualdad y sin tolerancia (permítaseme una traducción libre, aunque opino que bien ajustada) no es posible deshacerse del medievalismo feudal ni puede existir, por tanto, la sociedad moderna. 

     La ideología no es sino un oscuro pasajero (gracias, Dexter, por el préstamo) que habita agazapado en las zonas más lúgubres de nuestras mentes y almas, a la espera de un resquicio por el que liberarse y adueñarse de nuestra voluntad, convirtiéndonos en el lado motriz de la guadaña, la pistola o lo que pillemos a mano para imponerla al prójimo; es, en definitiva, por su propio origen artificial, su desarrollo cerebral, y su virulencia contagiosa, un depredador inapelable a la espera de su oportunidad, terco e inmisericorde en la usurpación de los territorios propios de esos tres ámbitos tan imprescindibles para que podamos vivir en paz sin sobresaltos. Por esa razón, por una mera cuestión de paz, la ideología no puede ni debe tener cabida en el sistema educativo, so pena de cataclismo social irreparable. Hay abismos a los que conviene no asomarse. 

             De todos los disparates proferidos y cometidos hasta ahora por el minotauro educativo, que no han sido pocos ciertamente, este es con diferencia el más grave y el que, de llevarse a término, mayor deterioro puede infligir a nuestra maltrecha sociedad. 

   Es preciso detener este dislate, porque de continuar adelante, acabaremos por hacernos daño unos a otros. En nombre de alguna ideología, por supuesto.

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