RETORNA MELVILLE

                  Releo, como no podía ser de otro modo, a mi muy querido Melville, eterno fugitivo de la humanidad. Para ser exactos me reencuentro con el despojo que de él mismo queda al final de cada una de sus obras, fiel reflejo de su agotada y exhausta vuelta a la civilización, después de un febril y enloquecido periplo aventurero. Y vuelvo a reflexionar, como en cada ocasión en que acierto a tropezar con su presencia, cuán difícil hubo de resultar aquel regreso suyo; qué dolorosa debió ser la reincorporación a la sociedad urbana de tan insignificante pedazo de naufragio humano, perdido muchos años en las aguas de los mares del sur, desertando cada vez de un barco, uno tras otro, como siempre desertó de la vida misma, sin encomendarse a otro dictado que el de la voluntad de una subsistencia que nunca tuvo por suya. Y ese retorno silencioso, tan penoso que su rescate excedió la tristeza misma, se reveló más que difícil, decisivo, determinante para comprender, siquiera en lo más superficial, el languidecer de una existencia que se le apagaba como la tenue luz de una llama, la misma que a duras penas iluminaba su escritura.

                 Y percibo que Melville vuelve a enviar el código de la condición humana con cada línea, una fórmula clave para entender, despojados de cualquier pasión o sentimiento, y afrontar, si por un instante fuéramos capaces de ello, la crueldad de aceptar que con nuestro nacimiento comienza el largo ocaso hacia el final. Él se transmuta en el paradigma de una huida enfermiza en la búsqueda por la desconexión definitiva de todo cuanto, por un lado, nos mantiene vivos y, por otro, nos devora. ¿Cómo enfrentarse entonces a la desesperación de un final que algún día resultará irremediablemente inminente?

                   Me doy cuenta de que esa fue siempre la lucha interna que devoró a Melville, la feroz batalla que todos y cada uno de sus amaneceres se vio obligado a encarar, el combate personal que el capricho de la azarosa existencia le impuso como castigo por su esencia humana. Efectivamente, en dicha pugna radica su interna y eterna angustia: combatir la languidez o dejarse consumir por ella. No me cabe la menor duda de que Melville sabía desde el primer momento cuál iba a ser el desenlace inevitable de tan desigual batalla. Por eso se dejó llevar y se hizo desaparecer a sí mismo en cada una de sus historias, pero en una en particular lo hizo de una manera descarnada y, diríase, desmesurada: en su brillante, a la vez que tenebrosa, Bartleby, el escribiente. En ninguna otra obra quedó mejor plasmada dicha condición de fugitivo. Se trata, en mi modesta opinión, de una de las grandes joyas de la literatura universal, si mi imaginario lector me permite esta intromisión tan radical y maleducada en el reino del gusto personal.

                A mi juicio, no ha existido en toda la literatura otro personaje tan inquietante para el lector como Bartleby, ninguno nos ha hechizado tanto jamás, y ningún otro podrá hacerlo, paradójicamente más por su omisión que por su acción. Si nos atrevemos a enfocarlo de frente y lo integramos en nuestra reflexión, si le prestamos la atención debida, Bartleby  se instalará entonces en el fondo de nuestra memoria para siempre, del mismo modo que se instaló en aquella oficina de Nueva York o en la conciencia del abogado que lo había contratado: llega y después no se marcha.

                 Él constituye en sí mismo la alegoría de su propio creador renegando de la integración imposible en el paraíso miltoniano, en un mundo de inocencia perdida, irremediablemente masificado, con el que el ser humano se ve obligado a relacionarse en función de muchos factores, uno de ellos curiosamente el rechazo mutuo. Bartleby es la historia de una héjira hacia los confines de la existencia, del exilio de la razón fuera del propio cuerpo.

                Nuestra tendencia a abrazar los mitos que han ido arraigando poco a poco en el subconsciente colectivo como frutos del árbol de nuestro mutuo roce social (si viviéramos solos en este mundo no los necesitaríamos) nos impele a coleccionar los recuerdos de legendarios protagonistas simplemente por sus hazañas, sus desvaríos, sus locuras, sus manías, sus persecuciones, o por las relaciones simbióticas o parasitarias que establecen con cualquier sosias, con un alter ego o contrapunto con el que se dedican, a lo largo de una obra literaria, a la ósmosis de relaciones, fobias primero y filias después, generalmente por ese orden. Nos imbuimos de sus acciones porque en ellas se manifiesta mejor la ficción y, al menos eso queremos creer, una buena parte de la esencia de los individuos. Recordamos a los demás por lo que hacen o dicen, por sus actos, y de ellos y sus consecuencias en las relaciones que establecen con nosotros mismos extraemos el material con el que forjamos nuestra memoria. Pero Bartleby no actúa. Y apenas habla. Para él, hablar -ese es el núcleo del gran mensaje que nos transmite- no es sino la felonía de la capitulación, la traición de una alianza vergonzante con una civilización que nos engulle y nos regurgita desnudos incluso de alma. Para Bartleby, la mera existencia es una condición ignominiosa y dolorosamente insoportable a la que involuntariamente hemos llegado por designios ajenos. Por eso conocer a Bartleby supone correr el riesgo de no ser capaces de olvidarnos de él jamás, de, tal vez, no conseguir despojarnos nunca de su corrosiva presencia:

Me parece que fue el tercer día de estar conmigo, sin haber tenido previamente necesidad de examinar sus propios escritos, cuando le llamé bruscamente, ya que tenía prisa por terminar un asuntillo que traía entre manos. En el apuro, y dada la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba sentado con la cabeza inclinada sobre el original, depositado en mi pupitre, sosteniendo con la mano derecha, algo nerviosamente, la copia, de modo que, en cuanto Bartleby surgiera de su retiro, pudiese quitármela y dedicarse a leerla sin pérdida de tiempo.
Estaba en esa actitud cuando le llamé, explicándole brevemente lo que quería que hiciese, esto es, cotejar conmigo aquel pequeño documento. Imagínense mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su rincón, me contestó con voz singularmente suave, a la vez que firme:
-Preferiría no hacerlo.
Durante un rato me quedé en el más absoluto silencio, tratando de poner en orden mis atónitas facultades. Inmediatamente se me ocurrió que los oídos me habían engañado o bien que Bartleby no había entendido lo que le había dicho. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero, con la misma claridad, llegó hasta mí idéntica respuesta.
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, levantándome muy excitado. ¿Qué quiere usted decir? ¿Es usted un lunático? Quiero que me ayude a comparar estas hojas; tómelas -y las lancé hacia él.
-Preferiría no hacerlo -repitió.
Le miré fijamente. Su flaco rostro aparecía sereno; sus ojos grises estaban apagadamente tranquilos. No le inmutaba ni el más leve signo de agitación. Si hubiera habido en sus modales la menor impaciencia, cólera, irritación o impertinencia; en otras palabras, si hubiera habido en él algo normalmente humano, no hay duda de que le hubiera despedido violentamente de mi despacho. Pero tal como eran las cosas, tenía tanto motivo para despedirle como para lanzar por la ventana mi pálido busto en escayola de Cicerón. Le miré durante un rato, mientras proseguía tranquilamente sus labores de escritura y me volví a sentar ante el escritorio. «Esto es muy extraño», pensé. ¿Qué podía hacer?

                     “¿Qué podía hacer?” El láudano ya está dentro y surtiendo efecto. ¿Adónde nos conduce esta relación tan extraña, fundamentada en una estrategia nueva y disparatada? Bartleby nos induce a asumir como nuestra la turbación del narrador, y nos convierte sin darnos cuenta, en rehenes de su héjira mientras observamos cómo se apodera silenciosamente de la conciencia de su jefe, simplemente por su inmovilidad. Su primer preferiría no hacerlo es la mordedura ponzoñosa con la que se produce el inicio de la destrucción ajena: ira, lástima, compasión, remordimiento, todo tipo de sentimientos comienzan a inundar y mezclarse en el alma de aquel abogado, presa ya de un veneno que nunca le abandonará. En tal destrucción, Bartleby no necesitará pólvora, ni escudo, ni acero, le bastará con su actitud pasiva y su mantra vital. Es maravilloso contemplar y deleitarse en el alto grado de virulencia y corrosividad que se encuentra contenido en la melancólica pasividad de este escribiente desconocido, qué furioso es su ataque silencioso, qué grandes los muros que consigue derribar con la simple ayuda de tres palabras repetidas sistemáticamente. Es el arma perfecta.

                 A mitad del relato me resulta de todo punto inevitable recordar una historia hollywoodiense, plasmada en una cinta muy entretenida titulada La guerra de los Rose, en una de cuyas escenas el Sr. Rose (Michael Douglas), en plena batalla, en aquel punto todavía legal, por divorciarse de su mujer (Kathleen Turner) llama a consultas a su abogado (Danny DeVitto) para que le indique cómo quedarse con la casa en la que su mujer se había hecho fuerte: “hay dos ideas que se arrastran por la mente humana”, le instruye su abogado, “¿cómo retener a alguien que no quiere quedarse y cómo librarse de alguien que no quiere irse?”

                         ¿Cómo librarse de quien no quiere irse? El mismo Melville al que la condición humana retiene en contra de su voluntad intenta explicarnos, a través de la inacción de Bartleby, que resulta imposible liberarse de quien se limita simplemente a permanecer inmóvil, a preferir no hacerlo:

Finalmente, me decidí por lo siguiente: a la mañana siguiente le haría unas cuantas preguntas tranquilas, referentes a su historia, etc., y si se negaba a contestarlas de modo abierto y sin reservas (y yo suponía que preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de lo que pudiera deberle, y le diría que ya no necesitaba más sus servicios; pero que si de alguna manera podía ayudarle, me consideraría feliz en hacerlo, especialmente si deseaba volver a su lugar natal, sea cual fuere, pues estaría dispuesto a ayudarle en los gastos de viaje. Más aún, si al llegar a su hogar se hallara en cualquier momento necesitado de ayuda, podría estar seguro de que una misiva suya sería contestada.
Llegó la mañana siguiente.
-Bartleby -dije, llamándole suavemente.
No hubo respuesta.
-Bartleby -repetí en tono aún más amable-, venga aquí; no voy a pedirle que haga algo que usted preferiría no hacer... Simplemente deseo hablar con usted.
Con esto, surgió silenciosamente a mi vista.
-¿Quiere decirme, Bartleby, dónde nació?
-Preferiría no hacerlo.
-¿Me quiere contar algo sobre usted?
-Preferiría no hacerlo.
-Pero, ¿se puede saber qué objeción razonable se opone a que hable conmigo? Me siento como un amigo suyo.
Mientras le hablaba, no me miró, sino que fijó los ojos en el busto de Cicerón, el cual quedaba detrás de mí, a unos quince centímetros de mi cabeza, pues yo estaba sentado.
-¿Qué me responde, Bartleby? -insistí, tras esperar buen rato su respuesta, intervalo durante el cual su rostro permaneció inmóvil, si bien sus labios descoloridos temblaron levísimamente.
-De momento, prefiero no contestar -dijo, y se retiró a su eremitorio.
Confieso que fue debilidad por mi parte, pero en aquella ocasión su comportamiento me apenó. No sólo parecía ocultar cierto sereno desdén, sino que su perversidad me parecía ingrata, teniendo en cuenta la innegable amabilidad e indulgencia con que lo había tratado.
Una vez más me senté a rumiar lo que debería hacer. Mortificado como estaba por su proceder, y resuelto como había estado a despedirlo en cuanto me encontrara en la oficina, a pesar de ello sentí algo supersticioso que me golpeaba el corazón, y me impedía llevar a cabo mi propósito, denunciándome como villano si osaba decir una sola palabra amarga contra aquel hombre, el más abandonado de la humanidad.
Finalmente, llevando familiarmente mi silla al otro lado del biombo, me senté y dije:
-Bartleby, no se preocupe por revelarme su historia; pero permítame que, como amigo, le encarezca que acepte en lo que cabe los usos de esta oficina. Dígame que ayudará a examinar los documentos mañana o pasado mañana; en pocas palabras, prométame que en uno o dos días va a comenzar a ser un poco razonable... Dígamelo, Bartleby.
-De momento, preferiría no ser un poco razonable -fue su contestación, levemente cadavérica.

                           Nunca alcanzaremos a entender el significado completo y absoluto de Bartleby. Y ahí radica su belleza, en esa intangibilidad, en el acceso imposible que inutiliza nuestra voluntad, diríase ansia, por conocer, por saber: ¿qué o quién demonios es este tipo? Esa es la pregunta que acaba por desarmarnos, por mantenernos inermes ante la pasividad y el vacío. Si el vacío y la materia son entidades en fragorosa batalla por ocupar el mismo espacio, ¿cómo es entonces posible que mientras la materia que tenemos delante -la acción- nos hace reaccionar, el vacío -la inacción- nos destruye internamente?

                  Mas de algún modo todos llevamos dentro un poco de Melville enfrentándose al destino y a la inhóspita realidad, a la marea omnipotente que nos lleva de acá para allá, a ese implacable motor que empuja cada una de nuestras existencias hacia lugares que, en la inmensa mayoría de los casos, no estamos dispuestos a visitar. Preferiríamos no hacerlo, sin duda. Más aún, en cierto modo todos encerramos dentro un poco de Bartleby, en tanto que conformamos entidades rellenas de resignación, de una resignación tan apabullante que a menudo nuestra máxima protesta, nuestro único recurso ante esa corriente subterránea que nos agita, aleja y acerca sin fin y sin propósito aparente no es otra cosa que la contemplación inmóvil.

                  He devorado monumentales obras literarias, algunas con un afán encomiable -Don Quijote de la Mancha-, otras con un esfuerzo angustioso -Cien años de soledad-, y por algunas de ellas he porfiado contra viento y marea en la tarea de su conclusión -Los miserables, Ulysses-; a menudo me he limitado a coleccionarlas en el archivo como un alpinista que atesora ochomiles; con los vericuetos de muchas de sus historias he tratado de rellenar los intersticios, meras zonas grises, en los que confluyen la imaginación, los sueños y la realidad. Pero paradójicamente ninguna obra me influirá e inquietará tanto como esta pequeña joya, a través de cuyas sesenta páginas escasas un enigmático escribiente llamado Bartleby se desliza hasta lo más profundo de los sentidos y los sentimientos.

                       Por fortuna para nosotros, Melville, en la huida desesperada de su laberíntico marasmo, gestó un personaje inolvidable y absorbente, Bartleby, y quedó eternamente encerrado en él, igual que un mosquito prehistórico queda atrapado en el ámbar.

                      Nunca se fue. Y por eso, aunque preferiría no hacerlo, de vez en cuando regresa.

(Lectura online de Bartleby, el escribiente)

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