FONDOS, FORMAS Y MODOS



                Secretamente admiro y reverencio a todos esos congéneres que, día sí día también, me espetan en la cueva de las ideas, como sonoras bofetadas educativas, vigorosas lecciones de sabiduría cruda. Todo lo que duele, enseña (y lo que no mata, engorda).

                   Me hechizan todos esos brillantes genios que, intrépidos y corajudos, le dan la espalda al ruido y el glamour de la gran urbe para permanecer en la sabiduría de su pequeño pueblo y disfrutar de ese lujo excelso que supone ir caminando por la calle y que la gente te dé los buenos días, por muy extraño que seas. De esos conozco a muchos. Me encantan aquellos otros, de estos cada vez hay más, que son capaces de exhibir su elegancia en la forma de sonreír y expresarse, o en la bondad de sus maneras y actos, más que en suntuosos ropajes, engominados tupés y lustroso calzado, quizá porque para mí la elegancia no es más que una dulcinea esquiva y voluble cuyo concepto es tan retorcido que siempre lo maneja el prójimo. Me chiflan hasta la locura quienes, en estos tiempos mondo cane que nos toca vivir, exhiben, en absoluto orgullosos, el valor y la osadía de practicar el noble arte de decir siempre la verdad, así como la disciplina necesaria para poner en práctica dicha virtud. Por suerte aún son bastantes y cada día tengo el honor de convivir con ellos y gozar de su compañía.
Lo tienen jodido, no obstante, porque cantar las verdades del barquero en la situación actual, en la que el gran hermano nos vigila (y no sabemos bien hasta qué punto), es ya más un acto de valentía y arrojo que una virtud religiosa como antaño. Vamos, que tiene mérito lo suyo. En definitiva, que me vuelven loco los que reniegan de las formas y se centran obcecadamente en el fondo de las cosas. Como debe ser, ¿no?

                     Hoy leo en la prensa (Diario Montañés) las andanzas de algunos de ellos y la persecución, muchas veces infame, a la que son sometidos por quienes deberían estar amparándoles en lugar de hostigándoles. Dice la noticia que la fiscalía ha solicitado al juez de turno penas de índole económica para cinco personas que en su día insultaron en la UIMP al ex-tertuliano José Ignacio Wert, en la actualidad ministro encargado de la ardua tarea del hundimiento de la educación nacional:

               «Los acusados -dos estudiantes, un parado, una viuda con un hijo a su cargo y un miembro de la Plataforma en Defensa de la Enseñanza Pública- han declarado que los insultos que profirieron ese día contra Wert iban dirigidos no a la persona, sino al cargo que ostenta, se declararon inocentes y afirmaron que si de algo son culpables es de defender la enseñanza pública frente a los recortes del Gobierno.»

                 Como lo oyen, dos estudiantes, un parado y una viuda. Un ejército a buen seguro muy organizado y virulento y de aspecto fiero donde los haya.

                  Al parecer el crimen de este equipo tan representativo de esa pluralidad nacional que, para desgracia de los politicuchos prepotentes, acostumbra últimamente a mantener ondeante y en todo lo alto el pabellón reivindicativo, tuvo lugar durante un acto, de esos en que los vampiros mamandurriantes disfrutan del todo incluido y los gastos pagos, sin rubor alguno en medio del fregado que está cayendo. Y, como se puede imaginar hasta la mente menos imaginativa, esta banda de subversores insurrectos y ariscos, revolucionarios con ansias de sangre, plebe desbocada y transmutada en una barahúnda de feroces sediciosos, fue capaz de tenérselas tiesas contra todo un ministro parapetado de maderos. Quién sabe, tal vez incluso se acercaron peligrosamente al jaque mate y todo. Ironías aparte, que el fiscal proceda contra este díscolo grupo de choque es un episodio de naturaleza tan lamentable que mejor estaría reflejado en Luces de Bohemia o Esperando a Godot que en las páginas de los diarios.
         Parece ser que, a juicio de alguno de los polis que allí se encontraban y del fiscal que solo oye de un oído y solo ve de un ojo, a esas cinco personas, desde ya mártires honorables y honorarios de la causa que motiva y justifica este blog, aquel día, en el fragor de la protesta contra el savoir faire del ínclito ex-tertuliano, se les fue la mano y detrás la lengua en la elección de los saludos con los que recibieron a tan emblemática figura y le obsequiaron con ciertos calificativos poco edificantes. Según cita textualmente el medio:  

        «Los agentes denunciantes, integrantes del operativo que la Policía Nacional montó en el Palacio de la Magdalena con motivo de la visita de Wert para inaugurar los cursos de la UIMP y la concentración de protesta, explicaron que al llegar el ministro, los cinco denunciados profirieron "insultos graves" contra las autoridades presentes, especialmente contra el ministro, al que llamaron "hijo de puta, chorizo, ladrón”,...».

                     No voy a meterme en las once varas de la camisa del decoro: por sí mismos hablan tales epítetos meramente descriptivos. Para juzgarlos me temo que bastarían las conciencias de cada cual, que todos tenemos una y la usamos como, por y para lo que nos sale del entrecejo. Pero no puedo resistir la tentación de comentar lo apropiado o inapropiado del uso de lenguaje grueso: los adjetivos son tal vez la parte más delicada de nuestro vocabulario, dado que, al igual que sucede con los antibióticos, un uso inapropiado o excesivo de los mismos puede acarrear la disminución o incluso la pérdida de sus efectos beneficiosos. Malgastar, sobar, repetir un adjetivo una y otra vez puede causar que su fuerza y su belleza dejen de funcionar y se acaben revelando inútiles en el afán de reflejar con exactitud la impresión que queremos causar en nuestro interlocutor. 

              Ahí es donde veo yo el problema de la actuación de estos ciudadanos voluntariosos: en los modos. En su falta de educación a la hora de dirigirse al ministro ¡caramba qué coincidencia! de Educación, haciéndole ver que su labor no está resultando en absoluto fructífera para mejorar el nivel de la educación en este país. Eso es cruel y, a buen seguro, duele. Quizá hasta les apliquen el agravante de ensañamiento… 

            No obstante su pecado de falta de originalidad, creo que actuaron movidos más por la caridad que por la sinceridad misma y por eso, al ver al señor ministro sin duda confuso por el maremágnum de mentiras y medias verdades al que tiene que hacer frente cada día, al verlo azorado por la falsedad que permanentemente le rodea y de la que participa de manera incontrolada, decidieron, sin pensarlo dos veces, exhibirle un espejo algo tosco y oscuro delante. ¡A quién se le ocurre, por favor! ¡Qué crueldad tan intolerable! No me cabe la menor duda de que el señor ministro debió sentirse como quien va a la feria y entra en una de esas atracciones en las que los espejos son demasiado cóncavos o convexos y deforman grotescamente nuestras figuras. Eso es fastidioso sobremanera, fundamentalmente porque al final siempre acabamos por encontrarnos a nosotros mismos detrás de esos engendros visuales que escupen los espejos. Por otra parte, debería el Sr. Ministro mostrarse muy agradecido a sus heterodoxos oponentes, ya que tuvieron la delicadeza de hacerle llegar, lux et veritas, los sentimientos reales que la gente de la calle muestra hacia su persona. Y para un sociólogo como él, conocer el día a día de los ciudadanos de a pie no debería tener precio...
                
                  Por otro lado, se me hace absolutamente necesario despojarme de un par de inquietudes que me carcomen el alma y abrasan la entraña, al modo en que me corroería un largo trago de ácido sulfúrico: ¿cuál fue en su momento la pena solicitada por el fiscal cuando una diputada de apellido Fabra, en pleno ataque de intencionada voluntad, y en uno de los sancta santorums de la democracia y el estado de derecho, espetó a los representantes de media España aquello de “¡que se jodan!”? (expresión ésta nada descriptiva y sí profundamente narrativa). ¿Cuál fue la reacción de la fiscalía cuando el vocero oficial de cierto partido en el poder, llamó “pijo ácrata” a uno de sus propios conmilitones, a todo un representante del estamento judicial, por el mero hecho de haber dictado una resolución que no le favorecía ni a él ni al partido en el gobierno? ¿Qué proceder debería seguir la fiscalía si se diera una vuelta, bloc en mano, por las tertulias de Intereconomía y bazofias similares? Y ahora fabulando, que es gerundio, ¿qué rigurosa pena le fue impuesta a aquel chaval que, en mitad del desfile, se atrevió a proclamar alto y claro lo que los demás cobardes callaban, o sea, que el emperador iba desnudo?

                  En este país que habitamos, piel de toro llena de pulgas e infecta de gentuza con traje y corbata, se hace difícil, diríase hercúleo, el esfuerzo por hacer entender al personal que, a estas alturas de la historia, algunos –los policías denunciantes y el fiscal acusador son perfectos ejemplos de ello- se empeñan en preocuparse sólo por las formas y olvidarse del fondo de las cosas. Y que otros muchos, muchísimos, corderillos que balan por doquier, sumisos sibwanas, masa borreguil en definitiva, se despeñan por seguirles el ritmo.

          En este teatrillo de las denuncias por insultos a las orondas personalidades públicas, entiendo que el papel del fondo lo representa la verdad y el de las formas la mentira, que no es sino el retorcido ejercicio de la constatación de unos hechos imaginarios, gestado siempre en meros intereses personales, tales como el miedo a expresar algo que no guste o la siempre presente codicia hacia aquello que nunca lograremos por medio de la verdad. Dicho de otro modo, la verdad encierra la esencia de los hechos, el fondo del asunto. Por su parte, la mentira es el maquillaje malvado, la permutación perversa de la verdad. ¿Los insultos? No son otra cosa que modos o maneras de expresar lo que se piensa:

                «El fiscal sostiene que "la forma de manifestarse y luchar por lo que uno quiere no es el insulto", que "debe defenderse la protección del principio de autoridad", y que los insultos que se profirieron ese día iban contra la persona». 

         Hay muchas, desgraciadamente muchísimas, más maneras de insultar al prójimo, especialmente si éste es débil y forma parte de la plebe, que arrojarle imprecaciones. La mayoría de ellas son incluso más humillantes que un epíteto. Y en esas técnicas nuestros políticos son magníficos especialistas.

               En mi opinión, esta bienintencionada gente no merece ser colocada sobre el platillo de la balanza justiciera, sobre todo cuando en el otro plato se encuentra el contrapeso de alguien tan bien custodiado y guardado; alguien que quizá merezca más atención por parte del fiscal que los otros; alguien que, por otra parte, ya nos ha hecho saber de viva voz que no le afectan en absoluto las protestas del populacho

            Puede el fiscal pedir lo que le salga del forro -de hecho no pide mucho, con lo que viene a demostrar que el delito probablemente ni fue tal ni fue para tanto- y puede argumentarlo como le venga escrito en su libreto de la real gana; puede continuar cometiendo la torpeza de la discriminación, de exigir a estos ciudadanos lo que no acabará exigiendo a los poderosos, a los ratos y los urdangarines. Puede, en definitiva, perseverar en el, a mi entender, lamentable error de perseguir lo formal olvidándose de lo sustancial, de lo verdaderamente importante, es decir, el fondo de la cuestión. Sí, el fiscal puede hacer lo que le venga en gana, que para eso es fiscal del reino en el que manda un gobierno absolutista. Que haga, que haga, que siga haciendo y que no eche en saco roto una realidad contundente: si los ciudadanos de este país pudiéramos decirles a la cara a todos los políticos lo que realmente pensamos de ellos, ¿cuántos de nosotros acabaríamos irremediablemente en la cárcel?

               Nada de lo que suceda, sin embargo, nos privará de la clara luz que proporciona una inmensa alegría, nada nos arrebatará ese enorme consuelo de contemplar cómo hay una cosa que este fiscal, inquisidor de los modos, no va a poder hacer jamás, porque es imposible: acusar a estas personas de faltar a la verdad. Como decía Quevedo, donde hay poca justicia es un peligro tener razón.

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