EL DESAHUCIO GLOBAL


                Suena música celestial para unos, fúnebre para los más. Violines afinados si te encuentras en el lugar apropiado, timbales tenebrosos si eres la presa del león en el circo romano, baladas románticas en el bando del bien establecido por decreto-ley, himnos solemnes, de difuntos, en el lado equivocado del cañón…


       Acaba de ponerse punto y final a la ejecución del gran desahucio nacional. No, no hablamos de esa oleada general de desalojos que las entidades bancarias han estado llevando a cabo con la silenciosa connivencia del gobierno absolutista de turno. Sobre esa canallada inhumana ya nos hemos explayado a gusto anteriormente. Ahora nos referimos a una expulsión que tiene que ver más con lo humano que con lo material. Se trata de un concienzudo y muy premeditado plan para desalojarnos, en tres actos, fuera del que hasta ayer ha venido siendo nuestro hogar como ciudadanos: el llamado estado del bienestar social.

Todo comenzó cuando fuimos expulsados del edificio de la educación mediante el desmantelamiento del sistema público en favor del privado, con el oprobio de haber sido despojados del invisible tesoro de una educación integradora y en igualdad de oportunidades, garante de una sociedad justa y respetuosa, para ser arrojados al sumidero de la segregación social temprana y la universidad de acceso restringido. Educación para los ricos, envilecimiento para los pobres.

A continuación, se llevó a cabo el desalojo de la sanidad pública gratuita, universal y de calidad, con la deshonra de tener que convivir bajo la espada de Damocles de la inseguridad y la incertidumbre. Al triste espectáculo de la indignidad a la que se ven empujados muchos de aquellos a los que se les consume su llama vital, se une el temor a enfermar, so pena de vernos impelidos a padecer, amén de la enfermedad en sí, un rosario de muy vergonzosas, y en ocasiones angustiosas, incomodidades, más propias de película de los hermanos Marx que de un estado democrático europeo del siglo XXI. Salud para los ricos, agonía para los pobres.

Por fin se cierra el círculo con nuestra expulsión del reino de la justicia. Con poca gallardía y mucho gallardón, se nos despoja del más universal de nuestros derechos, la igualdad ante la justicia y el juicio justo. Al político más vanidoso el concepto de estado de derecho parece venirle demasiado grande y se limita ad libitum a ciscarse sobre él. Imposible sustraerse a la tentación de recordar el brillante pasaje literario de aquel cerdo llamado Napoléon, protagonista de la obra de George Orwell, Rebelión en la Granja, el cual demostró, haciéndose aguas menores sobre los planos del molino de viento, su desinterés hacia una obra que personalmente no le beneficiaba en absoluto. Lo mismo que ahora hacen muchos de nuestros presuntos gobernantes. El tasazo gallardoniano no deja de ser una imagen y semejanza de tan escatológica situación: los derechos de los ciudadanos acaban siendo papel mojado (nos ahorraremos la mención al líquido que los empape; allá cada cual con su imaginación). Una vez más, los ricos ganan, los pobres pierden, como siempre.

Efectivamente, nos hallamos en la línea de llegada de una operación de desahucio masivo e institucionalizado, en una espiral de confiscación de derechos a golpe de ley orgánica que muy a duras penas una inmensa mayoría de ciudadanos de este país, reconvertidos en vulgar servidumbre y abocados a una suerte de sumidero de retorno imposible, soporta en sus muy laceradas carnes. Hemos sido despojados de los tres bienes reales que hasta ahora poseíamos; formamos parte, de nuevo, del pueblo llano medieval, pues nuestros platos han sido colmados con obligaciones y nuestras vidas han quedado exentas de derechos. Pero da igual, porque ya sabemos que para muchos lo importante era echar a los otros sin reparar en gastos.

Adiós, pues, al estado del bienestar, a esa humilde y protectora morada que tardamos muchos años en construir y financiar sueldo a sueldo; ese palacio cuyos cimientos forjaron nuestros abuelos y padres con muchas, muchísimas horas de sacrificios y privaciones, para que sus hijos y nietos, y todas las generaciones futuras que les siguieran pudieran disfrutar. Gracias a ella pudimos un día sentirnos, por fin, europeos, fuimos capaces de mirar a los ojos a todos aquellos pueblos a los que tantas veces tantas cosas envidiamos. Ahora han llegado estos impresentables y, por gentileza de los millones de abducidos que participaron en la operación electoral, se lo han cargado todo en un añito justo, ni un día más ni un minuto menos. Todavía quedarán quienes le sigan echando la culpa a zp.

Lo peor es que esto no ha hecho más que comenzar y todavía nos queda largo camino que penar, y, si no lo remediamos, cada uno de los tres añitos de desierto que se avecinan acabará siendo tatuado en nuestras frentes a semejanza de las tres cruces de la canción. Como me comentaba ayer un amigo, este país carece, a día de hoy, de solución, al menos por la vía pacífica.

Yo sigo insistiendo: si de desahucios se trata, el mejor el de la Moncloa. Pero hay que darse prisa, porque ya se sabe que cuanto más se arraiga un mal más difícil resulta su extirpación.

En mi delirio continúo oyendo música celestial para unos, fúnebre para los más. Violines afinados si te encuentras en el lugar apropiado, timbales tenebrosos si eres la presa del león en el circo romano, baladas románticas en el bando del bien establecido por decreto-ley, himnos solemnes, de difuntos, en el lado equivocado del cañón… The End.

             

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Muchas gracias por tu aportación.