ACADÉMICOS DE HORROR

               Me pregunto qué pasaría por mi cabeza si un día me propusieran ingresar como miembro de honor en un organismo al que solamente accedieran destacados especialistas de una materia que yo no domino. ¿Haría acopio del suficiente valor como para aceptar el ofrecimiento y presentarme ante los doctos expertos en dicha materia a sabiendas de que yo no sería a sus ojos más que un vulgar impostor? ¿Tendría por el contrario la decencia necesaria para declinar la invitación, por mucho que la misma colmara mis más bajos deseos de un buen chute de vanidad? Por fortuna, la sabiduría es un club sumamente elitista al que sospecho me será siempre vetado el acceso, lo que me ayuda a no tener que intentar responder a ninguno de los interrogantes anteriores. Lo único que me queda claro es que, caso de que sucediera la hipótesis inicialmente expuesta, cualquiera de las dos posibles posturas ante la misma requeriría una sobredosis de discernimiento y discreción. 

                Viene al caso esta disertación porque acabo de topar con un suceso que me ha causado una honda admiración y que tiene que ver con ciertas virtudes que sospechaba ya perdidas en los tiempos tan jodidos que padecemos, tiempos vacíos de criterio propio y de independencia personal, tiempos desprovistos de valentía y de gallardía (que no de gallardón, pues de ese sobra a raudales), tiempos, en definitiva, carentes de toda seguridad en uno mismo. Y me pregunto, ¿quién no desearía ser receptor de tan altas, a la vez que escasas, cualidades, a menudo identificadas, en una mala metáfora o símil de las mismas, con cosas tan peregrinas como el arrojo, el torerío o las partes pudendas (las masculinas, claro)? 

           De todo ese elenco de bondades queda poco, cada vez menos, en el personal: nada desde luego en el yermo páramo de la gentuza política y mucha escasez en la masa de ciudadanos, los de bien y los de no tan bien. De los demás, los ni fu ni fa, si es que queda alguno, tan solo cabe esperar que, como en la mili, el valor simplemente se les suponga. 

               Quizá por eso me apetece más que nunca traer a este blog un buen ejemplo de lo que es un carácter hecho y derecho, uno de aquellos que nuestro inspirador Diógenes buscaba con un farol por las calles de Atenas, alguien con la honorabilidad en el alma y no en el traje, dispuesto a decir lo que piensa y a actuar en consecuencia. 

           El mencionado protagonista del suceso en cuestión es Don Guillermo Olagüe, a quien a buen seguro ninguno de mis imaginarios lectores tendrá el gusto de conocer, y a quien yo me apresto a presentarles para que su gesto no quede en el olvido. Se trata de un Catedrático de la Historia de la Ciencia, que ha decidido, sin el más mínimo asomo de duda y en plena hemorragia de lucidez y coherencia, renunciar a su puesto de miembro de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Andalucía Oriental al conocer que se nombraba Académico de Honor de dicha institución a alguien en absoluto versado en la ciencia médica: el cardenal Antonio Cañizares. Gloria in excelsis deo… 

           Al parecer, el esperpento que propició la renuncia de su eminencia el Señor Olagüe (el otro ni era eminencia antes ni mucho menos ahora que ha aceptado meterse donde no le llaman, como hacen siempre los de negro), fue de una cutrez tal que en él se vivieron escenas grotescas, las cuales harían sonrojar a cualquiera que tuviera un mínimo de vergüenza torera. De entrada, el propio cardenal reconoció no tener ni repajolera idea del noble y antiguo arte de la medicina, sin que mediara abucheo alguno según las crónicas; pero es que además para más inri, la persona que le dio la bienvenida (o la alternativa si les apetece ponerse taurinos) y habilitó su acceso al selecto club, basó la defensa de tan singular reconocimiento en un hecho tan rigurosamente científico como... ¡la admiración que dicho sacerdote profesa por San Lucas! 

         San Lucas (lógicamente no había nada mejor de donde agarrar) es, a la sazón, el advenedizo patrón católico de la medicina. ¡Manda güevos!, que diría Trillo. 

          Por si acaso alguno de mis imaginarios lectores anda despistado en este momento, cosa que sinceramente dudo (en tal alta estima les tengo), les recuerdo que el padre real de la medicina, entendida como profesión, fue el genial médico griego Hipócrates de Cos, coetáneo del gran Pericles, hace ya más de dos mil y muchos inviernos (unos quinientos años antes de que naciera el evangelista tan admirado por Cañizares). Estoy por completo persuadido de que ambos, Hipócrates y Pericles, o lo que los gusarapos hayan dejado de sus carcasas, se habrán retorcido lo suyo en donde quiera que reposen su sueño de justos. 

         El Señor Olagüe justificó su renuncia en que, a su entender, con la entrada del cardenal en la Academia se desvirtúa “lo que debe ser una Academia [de Medicina], [es decir] un foro de científicos y médicos que tratan y discuten asuntos relacionados con la ciencia y no con las creencias”. A eso le llamo yo tenerlos bien puestos y gordos como el caballo de Espartero. Por cierto, la preguntita de rigor que nunca falta en estas mis cuitas: si el cardenal fuera lo que tiene que ser (decente, honesto, o el calificativo que ustedes mismos le quieran adjudicar), ¿no debería haber hecho lo propio? 

            Rechina mucho eso de que los herederos de aquellos que se cepillaron a millones de díscolos en nombre del jefe (enviándolos al infierno sin que ellos mismos tuvieran que seguir el mismo destino) vengan ahora a dejarse ver como especialistas en todo lo contrario; es difícil de aceptar que quienes en su día le pusieron la antorcha en los pies a científicos como Galileo y siguen hoy día practicando ritos basados en trucos de magia, pretendan ser académicos o científicos. Son los mismos que se siguen oponiendo a que la medicina dé un paso de gigante mediante el uso de células madre. Son los mismos que, en definitiva, llevan siglos chupando gratis del frasco y metiendo la cuchara y el truco de pan en todas las salsas, propias y, sobre todo, ajenas, y que siguen, impenitentes, a lo mismo y a lo suyo, valga la redundancia. 

             Tantos milenios de evolución y algunas especies no hemos dejado de ser tan gilipollas como éramos al principio. Ahora ya voy entendiendo por qué los monos, cuando les miramos, se rascan la cabeza… 

                            Ha sido un placer, un honor y un orgullo conocerle, Señor Olagüe. Mi admiración por usted será eterna.

1 comentario:

  1. Esta visto que los valores en cierto estamento, que presumen de tenerlos y de predicarlos, no solo no están sino que ni los esperan. Siento que esta generalización toque a los que realmente no se la merecen, pero los hierbajos son taln tupidos en ciertos sitios y hay tan pocos brotes verdes (¿zapatero te los has llevado a casa?) que a veces es difícil cribar el grano de la paja.
    Gran entrada M.M. ;-)

    ResponderEliminar

Muchas gracias por tu aportación.